Opinión | La Europa chavista: cuando el libre mercado se rinde ante la geopolítica

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, hace un análisis crítico del caso Nexperia, donde Holanda expropia una empresa china bajo presión de EE.UU., revelando cómo Europa sacrifica el libre mercado en nombre de la geopolítica.

23 / 10 / 2025 05:44

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El despertar incómodo: Holanda expropia a China (y nadie lo llama por su nombre)

El 30 de septiembre de 2025, mientras el mundo dormía, Holanda protagonizó un golpe de Estado corporativo que debería hacer temblar a cualquier inversor internacional.

En menos de 24 horas después de que Estados Unidos cambiara una regla burocrática sobre sanciones, el gobierno holandés arrancó el control de Nexperia —un fabricante de semiconductores de propiedad china— de las manos de sus legítimos propietarios.

La velocidad fue tan fulminante que ni siquiera dio tiempo a que la tinta se secara en el decreto estadounidense. La narrativa oficial habla de «deficiencias de gobernanza» y «protección de la cadena de suministro».

Pero arranquemos el velo de eufemismos: lo que sucedió fue una expropiación blanda, un nuevo modelo de confiscación en el que el Estado no te roba formalmente la propiedad, pero sí te arranca el volante mientras sigues pagando el seguro del coche.

Wingtech Technology, la empresa matriz china, conserva nominalmente sus acciones, pero perdió toda capacidad de dirigir, gestionar o incluso comunicarse con su propia filial. Es tuya, pero no puedes tocarla. Es el equivalente corporativo de un zombi: legalmente vivo, funcionalmente muerto.

Chavismo con Toga Judicial: cuando Ámsterdam imita a caracas

La comparación con la Venezuela de Hugo Chávez no es casual ni exagerada —es una radiografía de una mutación del poder estatal que Europa está experimentando—. Chávez convirtió «¡Exprópiese!» en su grito de guerra, estatizando más de 1.000 empresas entre 1999 y 2013.

Su método era brutal, ideológico y transparente en su autoritarismo: intervenía militarmente las fábricas, despedía a los técnicos cualificados, reemplazaba directivos con leales al régimen y raramente pagaba compensaciones.

El resultado fue el colapso productivo de Venezuela, transformando la economía con mayores reservas petroleras del planeta en un Estado fallido donde la gente hurga en la basura para comer.

Holanda, en cambio, ha perfeccionado el modelo. La expropiación europea es quirúrgica, judicializada y vestida con la legitimidad de los tribunales comerciales.

Un juez holandés suspendió al CEO chino Zhang Xuezheng, transfirió los derechos de voto a un administrador designado por el Estado y prohibió cualquier decisión estratégica sin aprobación gubernamental. Todo con actas notariales, audiencias de emergencia y lenguaje legal impecable.

Chávez usaba la Guardia Nacional; Holanda usa la Cámara de Empresas. Chávez expropiaba con decretos presidenciales; Holanda, con órdenes judiciales. Pero el resultado es idéntico: un propietario extranjero pierde el control de sus activos porque su nacionalidad dejó de ser políticamente conveniente.

La diferencia no es de naturaleza, sino de packaging. Venezuela destruyó su reputación internacional con cada expropiación chavista, enfrentándose a veintenas de arbitrajes internacionales que le han costado miles de millones en compensaciones.

Europa, astutamente, conserva la apariencia de Estado de derecho mientras perpetra la misma sustracción de control. Es chavismo con corbata y sin ritmo caribeño: expropiación con procedimiento judicial, confiscación con cobertura legal.

El padrino estadounidense: cuando Washington mueve los hilos desde las sombras

Aquí está el corazón de esta historia: Holanda no actuó por voluntad propia, sino bajo presión directa de Estados Unidos. Documentos judiciales revelaron que funcionarios estadounidenses exigieron en junio de 2025 —cuatro meses antes de la intervención— que el CEO chino «tendría que ser reemplazado» para que Nexperia pudiera optar a una exención de sanciones.

No fue una sugerencia diplomática, fue un ultimátum disfrazado de reunión técnica.

El mecanismo fue diabólicamente simple: el 29 de septiembre, Estados Unidos implementó la «regla del 50%», extendiendo automáticamente las sanciones a cualquier subsidiaria controlada en más del 50% por una empresa en la Lista de Entidades.

Nexperia, como filial al 100% de Wingtech, quedó atrapada de la noche a la mañana. Y Holanda, entre su aliado de seguridad (EE. UU.) y su socio económico (China), eligió la lealtad atlántica sobre el libre mercado.

Estados Unidos logró proyectar extraterritorialmente su legislación sobre una empresa europea, operando en suelo europeo, sin disparar un solo misil ni imponer una sola sanción directa a Holanda. Simplemente movió una ficha regulatoria en Washington, y los Países Bajos —como un vasallo obediente— ejecutaron la orden.

Esta es la verdadera subordinación de Europa: no militar, sino regulatoria. No con tanques, sino con amenazas de desconexión del sistema financiero y tecnológico estadounidense.

La represalia china: cuando el dragón muerde de vuelta

Pekín no se quedó de brazos cruzados. Su respuesta fue tan sofisticada como brutal: el 4 de octubre, China impuso controles de exportación específicamente sobre las instalaciones chinas de Nexperia.

No un bloqueo general, sino un golpe quirúrgico dirigido a demostrar una verdad incómoda: más del 70% de los chips de Nexperia fabricados en Europa se envían a Dongguan, China, para su empaquetado final.

Sin China, las fábricas europeas se quedan con semiconductores a medio terminar, inútiles para el mercado.

Mientras tanto, la unidad china de Nexperia declaró su independencia, instruyendo a sus empleados para que ignoraran cualquier orden de la sede holandesa y operaran exclusivamente bajo legislación china.

La empresa quedó literalmente partida por la mitad, con una facción europea controlada por La Haya y una facción china respondiendo a Pekín. El resultado es una corporación frankensteiniana, paralizada por la geopolítica, incapaz de funcionar como una entidad global.

Y los mercados lo entendieron perfectamente: las acciones de Wingtech se desplomaron un 20% en dos días, alcanzando el límite de caída diario del 10% en la Bolsa de Shanghái durante dos sesiones consecutivas.

Los inversores chinos recibieron el mensaje alto y claro: tus activos en Occidente pueden evaporarse sin aviso previo, no por mala gestión, sino por el capricho de Washington.

El pánico automotriz: Europa al borde del colapso industrial

Mientras políticos y diplomáticos intercambiaban comunicados, la industria automotriz europea entró en pánico existencial. Nexperia no fabrica los chips más avanzados, pero produce los semiconductores «heredados» que son la columna vertebral de los vehículos modernos: desde unidades de control de motor hasta sistemas de seguridad e infoentretenimiento.

Estos componentes no son fácilmente reemplazables debido a los largos ciclos de certificación en la industria automotriz.

El 10 de octubre, Nexperia notificó a los fabricantes de automóviles que ya no podía garantizar la entrega de sus productos. La Asociación de Constructores Europeos de Automóviles (ACEA) emitió una advertencia desesperada: con inventarios que durarían solo unas pocas semanas, las líneas de producción de toda Europa enfrentaban paradas inminentes.

El fantasma de la crisis de semiconductores de la pandemia volvió a acechar, pero esta vez causada no por un virus, sino por la estupidez geopolítica.

La paradoja es grotesca: para «proteger» la seguridad económica europea, Holanda y Estados Unidos desencadenaron precisamente la crisis que supuestamente querían evitar. La intervención destinada a salvaguardar la cadena de suministro terminó por sabotearla. Es como incendiar tu casa para protegerla de los ladrones.

El mensaje a los inversores: se acabó la fiesta del libre mercado

Para cualquier inversor extranjero con dos dedos de frente, el caso Nexperia envía tres mensajes brutalmente claros:

Primero: la debida diligencia financiera es obsoleta. Ya no importa cuán sólida sea tu empresa, cuán rentable sea tu inversión o cuán impecable sea tu cumplimiento regulatorio. Lo que importa es el pasaporte de tu propietario final. Si tu empresa matriz está en el lado equivocado de la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China, tus activos en Europa son rehenes políticos en potencia.

Segundo: la «autonomía estratégica europea» es una farsa. La Comisión Europea se limitó a emitir declaraciones anodinas sobre mantener «estrecho contacto» con las autoridades holandesas.

«La tragedia es que Europa está destruyendo precisamente aquello que la hacía atractiva para el capital global: la previsibilidad jurídica, la estabilidad regulatoria y la neutralidad geopolítica».

Mientras Bruselas habla de soberanía tecnológica y lanza la European Chips Act con miles de millones de euros, la realidad es que cuando Washington presiona, Europa obedece. La supuesta independencia estratégica se evapora ante la primera llamada telefónica desde el Departamento de Comercio estadounidense.

Tercero: las reglas del juego pueden cambiar de la noche a la mañana. Wingtech adquirió Nexperia legalmente en 2018, operó durante siete años sin problemas, cumplió con todas las regulaciones europeas, pagó sus buenos impuestos… y aun así perdió el control de su inversión en 24 horas. No hubo aviso, no hubo período de transición, no hubo negociación. Solo un martillazo judicial y un «gracias por jugar».

Europa frente al espejo: ¿socios o satélites?

El caso Nexperia obliga a Europa a enfrentarse a una pregunta brutal que prefiere evitar: ¿sigue siendo un bloque económico regido por el libre mercado y el Estado de derecho, o se ha convertido en un satélite regulatorio de Estados Unidos?

Holanda tenía a su disposición la Wet Vifo, una ley moderna y predecible para revisar inversiones extranjeras en sectores sensibles. Pero en lugar de usarla, recurrió a la arcaica y draconiana Ley de Disponibilidad de Bienes, una reliquia de la Guerra Fría diseñada para emergencias nacionales.

La elección del instrumento legal fue deliberada: enviar la señal de que esto era una «crisis» que justificaba medidas extraordinarias. Pero la crisis fue fabricada en Washington, no en Nijmegen.

La tragedia es que Europa está destruyendo precisamente aquello que la hacía atractiva para el capital global: la previsibilidad jurídica, la estabilidad regulatoria y la neutralidad geopolítica.

Al subordinar sus decisiones económicas a los imperativos de seguridad estadounidenses, Europa se está convirtiendo en un lugar inhóspito para cualquier inversor que no tenga el sello de aprobación del Pentágono.

El precedente tóxico: manual de sabotaje corporativo para la era de la guerra fría 2.0

Quizás el legado más venenoso del caso Nexperia sea el precedente de sabotaje corporativo interno que establece. Los ejecutivos europeos de la empresa utilizaron el sistema judicial holandés y la presión geopolítica para arrebatar el control de los activos europeos a sus propios jefes.

Simultáneamente, la unidad china declaró su independencia y rechazó órdenes de la sede holandesa. La empresa quedó destrozada desde dentro, con facciones compitiendo por el control mediante la instrumentalización de tensiones geopolíticas.

Esto crea un manual de operaciones para futuros conflictos corporativos en multinacionales atrapadas entre China y Occidente: los directivos locales ahora saben que pueden recurrir a sus gobiernos nacionales para dar un golpe corporativo interno, invocando la «seguridad nacional» como justificación.

Cada empresa china con operaciones en Europa es ahora potencialmente vulnerable a este tipo de guerra civil corporativa patrocinada por el Estado.

Escenarios de futuro: bifurcación, desinversión o limbo perpetuo

El futuro de Nexperia —y, por extensión, de cualquier empresa en situación similar— se reduce a tres escenarios, ninguno de ellos halagüeño:

Escenario A: Bifurcación permanente. La empresa permanece dividida indefinidamente, con la entidad europea operando bajo supervisión holandesa y la china funcionando independientemente. Ambas pierden sinergias, competitividad y escala global. Nexperia se convierte en dos empresas mediocres en lugar de una grande.

Escenario B: Desinversión forzada. Bajo presión de Estados Unidos y Holanda, Wingtech vende los activos europeos a un comprador occidental «amigo». Esto replica el precedente de la fábrica de obleas de Newport, que Nexperia se vio obligada a vender a la estadounidense Vishay Intertechnology por motivos de «seguridad nacional». China pierde sus activos europeos, Europa se felicita por «proteger su soberanía tecnológica» y el comprador occidental adquiere activos a precio de liquidación.

Escenario C: Limbo jurídico-diplomático. Las partes se enzarzan en una batalla legal prolongada, arbitrajes internacionales y negociaciones diplomáticas interminables, dejando a la empresa en estado vegetativo operativo. Este es el peor resultado para la cadena de suministro, causando máxima interrupción y estableciendo un precedente desastroso.

Ninguno de estos escenarios restaura la confianza del inversor. Todos confirman la misma lección: invertir en sectores estratégicos de Europa como entidad no occidental es apostar contra la casa en un casino donde las reglas cambian a mitad de partida.

Conclusión: la hipocresía europea y el fin del orden liberal

El que suscribe estas líneas siempre ha sido, y es, un firme defensor del mundo occidental, de su democracia y de su economía de mercado. Al fin y al cabo, no cabe otra cosa que esperar de un alma profundamente liberal.

No escribo precisamente desde el convencimiento de que China sea una potencia inocente. Pero lo cierto es que la lucha de titanes que se está desencadenando en nuestro mundo tendrá como primeras víctimas la democracia y el libre mercado.

La verdadera obscenidad del caso Nexperia no es la intervención en sí misma —los Estados siempre han protegido intereses estratégicos—, sino la hipocresía monumental con la que Europa pretende que esto es diferente al chavismo venezolano.

Al menos Chávez era honesto sobre sus intenciones: quería destruir el capitalismo y construir el «socialismo del siglo XXI». Europa, en cambio, se envuelve en la retórica del Estado de derecho mientras perpetra exactamente el mismo tipo de confiscación selectiva y políticamente motivada que condenaba en América Latina.

La diferencia entre Ámsterdam y Caracas no es de principio, sino de sofisticación burocrática.

Europa está descubriendo, dolorosamente, que no puedes tener libre mercado e imperios geopolíticos al mismo tiempo. No puedes predicar el respeto a la propiedad privada mientras confisques empresas por el pecado de tener dueños chinos. No puedes proclamar «autonomía estratégica» mientras ejecutas órdenes de Washington con la sumisión de un vasallo medieval.

El caso Nexperia marca un punto de inflexión: el momento en que Europa eligió la geopolítica sobre la economía, la lealtad atlántica sobre el libre mercado y el nacionalismo tecnológico sobre sus propios principios fundacionales.

Es, en esencia, el nacimiento de la Europa chavista: un continente que habla de libertad económica, pero practica expropiación selectiva; que celebra el Estado de derecho, pero lo instrumentaliza para fines políticos; que condena el autoritarismo, pero adopta sus métodos cuando le conviene.

Y el mensaje a los inversores globales no podría ser más claro: bienvenidos a la nueva Guerra Fría, donde tus activos son munición. Entre tanto, India se frota las manos, pero eso es ya harina de otro costal…

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