Hubo un tiempo, hace casi un siglo, en que el mundo miraba a Europa no solo por su pasado, sino por su futuro. En el caos fértil de la República de Weimar, en Gotinga, Berlín y Viena, el aire vibraba con ideas que cambiarían para siempre la percepción humana de la realidad.
La relatividad y la física cuántica fueron la última gran creación de la civilización europea en solitario. Era el pináculo del intelecto.
Esa era, sin embargo, fue brillante pero trágicamente breve.
La grandeza de Europa, entendida como su primacía intelectual y científica indiscutible, no terminó con las bombas de 1945. Terminó, con una precisión quirúrgica, en 1933.
Cuando el totalitarismo inició la «negra historia» del continente, no solo se encendieron las hogueras para los libros; se abrieron las puertas de salida para las mentes que los escribían. Lo que siguió fue el suicidio intelectual más profundo de la historia moderna.
Llamamos a esto «fuga de cerebros».
Fue un término demasiado suave. Fue un trasplante de civilización.
El éxodo de Albert Einstein, Enrico Fermi (huyendo del fascismo italiano), John von Neumann, Leo Szilard, Hans Bethe, Edward Teller y tantos otros no fue solo una pérdida para Europa; fue la transferencia de la antorcha del poder.
¿Hacia dónde se dirigieron? Hacia la única potencia emergente con los recursos, la libertad y la voluntad de acogerlos: Estados Unidos. América no tuvo que conquistar el genio europeo; simplemente tuvo que abrir sus puertos.
Estados Unidos no se convirtió en la superpotencia del siglo XX únicamente por su propio mérito industrial. Lo hizo porque, en el momento decisivo, los refugiados intelectuales de Europa le entregaron las llaves del universo.
El Proyecto Manhattan, el arma que redefinió el poder en la Tierra, fue el testamento final del genio europeo, financiado por el poderío industrial americano.
El centro de gravedad del mundo cruzó el Atlántico en esos barcos de vapor y nunca regresó.
¿Y qué fue de Europa después de 1945? Nos contamos una historia de recuperación. Y fue real: el Wirtschaftswunder alemán, los Trente Glorieuses franceses. Reconstruimos nuestras ciudades y creamos los Estados de bienestar más prósperos y justos que el mundo haya conocido.
Pero esta prosperidad se construyó sobre un pacto tácito. La Europa Occidental de la Guerra Fría no fue plenamente soberana. Fue, seamos honestos, un protectorado. Un protectorado cómodo, necesario y, en gran medida, exitoso. Con el Ejército Rojo estacionado en el Elba, la devastada Europa no tenía capacidad de defenderse.
Estados Unidos proveyó el escudo. La OTAN y el paraguas nuclear americano nos permitieron externalizar nuestra seguridad. Fue un trato pragmático que definió al continente: América se encargaría del mundo (la guerra, la paz, la estrategia global), mientras Europa se dedicaría a perfeccionarse a sí misma (la economía, la cultura, el bienestar).
No fue tanto una subyugación maliciosa como una alianza profundamente asimétrica, una división de tareas aceptada por ambas partes.
Cayó el Muro de Berlín y Europa tuvo su segunda oportunidad. El fin de la Guerra Fría nos dio la ocasión de despertar de este cómodo letargo. Se suponía que la Unión Europea sería el vehículo para recuperar esa soberanía perdida, para unificar nuestra fuerza y volver a ser un polo de poder autónomo.
Visto en retrospectiva, el proyecto parece haber tomado un camino diferente.
LA UNIÓN EUROPEA PROMETÍA SER UNA POTENCIA GEOPOLÍTICA
La UE, que prometía ser una potencia geopolítica, ha derivado en algo muy distinto. Se ha convertido en un gigante regulatorio, una maquinaria burocrática de una complejidad asfixiante, obsesionada con el proceso y el consenso.
Bruselas ha perfeccionado, no sin graves errores, el arte de gestionar el mercado único, pero ha fracasado estrepitosamente en crear una voluntad política única.
Es un pozo de inoperancia estratégica. Mientras debatimos durante años las minucias de las directivas agrícolas o los fondos de cohesión (a menudo perdidos en la burocracia o algo peor), el mundo real, el mundo del poder duro, ha seguido girando sin nosotros.
La UE ha demostrado ser incapaz de actuar con decisión ante crisis reales en sus propias fronteras, ya sean financieras, migratorias o militares. Y, por si todo ello fuera poco, hemos tenido que asistir a fenómenos de corrupción insoportables.
Y así llegamos a hoy.
La historia vuelve a golpear nuestras puertas, esta vez en el Este. Y la cruda realidad ha hecho añicos la ilusión de la «autonomía estratégica».
El protectorado de la Guerra Fría nunca se fue; simplemente se había vuelto menos obvio. Hoy, la dependencia es absoluta. Europa descubre que no puede defenderse sin el apoyo masivo de Estados Unidos.
Nuestra seguridad no descansa en un inexistente ejército europeo, sino en la logística, la inteligencia y el músculo industrial de Washington. Mientras tanto, cualquier cosa es posible desde Bruselas, incluso los tanques eléctricos, ¿por qué no?
No se trata solo de culpar a Estados Unidos. Todo lo contrario. Una gran potencia actúa en función de sus intereses; llena los vacíos de poder que otros dejan. El liderazgo de Washington no es tanto una imposición como la consecuencia directa de una persistente abdicación europea.
Pero esta abdicación no es un fantasma. Tiene rostros y nombres. Es la decisión política, renovada cada día, de una generación de líderes europeos que confunden la alianza con la servidumbre.
Estamos gobernados por una clase política de vista corta, cuya máxima ambición parece ser evitar problemas durante su mandato. Para ellos, someterse a la voluntad de Washington no es un fracaso, sino una estrategia: es la forma más fácil de defender su posición, de externalizar las decisiones difíciles y de eludir el enorme riesgo que implica la verdadera soberanía.
No ven, o no quieren ver, que esta comodidad táctica es una catástrofe estratégica. Pasarán a la historia por el profundo daño que están infligiendo a las generaciones venideras. Al renunciar a la autonomía en un mundo multipolar que se redefine por el poder duro, están condenando a Europa a la irrelevancia definitiva.
Europa necesita desesperadamente despertar. Necesita, como nunca antes, gente con coraje. Líderes que entiendan que ser socio no significa ser vasallo, y que la única grandeza posible empieza por atreverse a tomar las riendas del propio destino.
Mientras ese coraje no aparezca, seguiremos viviendo la cómoda, próspera y muy, muy larga postdata de una historia de grandeza que terminó en 1933.