Opinión | El ocaso del individuo soberano: de Westfalia a Beijing

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional hace un análisis sobre el colapso de la primacía del individuo en Occidente, la crisis filosófica del liberalismo y el surgimiento de un modelo colectivista liderado por China que redefine la geopolítica y la naturaleza humana en el siglo XXI. Sobre estas líneas, Xi Jinping, líder chino. Foto: Confilegal.

15 / 11 / 2025 05:43

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Sentimos que el suelo se mueve bajo nuestros pies. El orden internacional que definió el siglo XX, y que pareció triunfar de forma absoluta en 1991, se está fracturando a una velocidad vertiginosa. Analistas y editoriales buscan la causa en los sospechosos habituales: la política comercial, los ciclos hegemónicos o el auge de los populismos.

Pero estos son solo síntomas.

La verdadera crisis es más profunda, más antigua y de naturaleza puramente filosófica.

Lo que estamos presenciando no es solo el declive de una superpotencia, sino el colapso de una idea de quinientos años: la primacía del individuo soberano.

Pero para entender este colapso, debemos recordar de dónde venimos.

Antes de que el individuo fuese el sol del universo político, existía una cosmología muy diferente: la del mundo hispánico católico. Este orden, articulado por pensadores de la Escuela de Salamanca, no veía la sociedad como un contrato de individuos, sino como un «Cuerpo Místico».

El fin no era la propiedad privada, sino el «bien común» trascendente. En esta visión, el poder no emanaba del individuo, sino de Dios a la comunidad —al pueblo— que luego lo transfería a un gobernante.

Esto no borraba al individuo, pues fue la cuna de un profundo humanismo, pero lo anidaba: la economía estaba subordinada a la moral, y la persona encontraba su propósito sirviendo a un fin colectivo y trascendente.

El mundo moderno que conocemos se construyó precisamente en rebelión contra esa visión. Fue una doble revolución que entronizó al individuo.

Primero, una revolución teológica: la Reforma protestante, con su Sola Fide, rompió la intermediación de la Iglesia y convirtió la salvación en un asunto radicalmente individual.

Como afirma Max Weber, esto generó una «ética del trabajo» donde el éxito material individual se convirtió en una señal de gracia divina.

Segundo, una revolución política: John Locke tomó esta individualización y la convirtió en ley secular. El individuo, con sus derechos naturales a la vida, la libertad y, crucialmente, la propiedad, es anterior al Estado.

La sociedad existe no para ese «bien común» trascendente, sino como un contrato pragmático para proteger esa propiedad individual.

Este fue el motor de la modernidad. Esta cosmología —el individuo racional, propietario y maximizador de beneficios— impulsó el capitalismo, dio forma al orden de Westfalia, se consolidó en Bretton Woods y pareció alcanzar su apoteosis con la caída del Muro de Berlín.

Era el «Fin de la Historia».

EL MODELO SE ESTÁ DEVORANDO POR DENTRO

Hoy, esa historia ha vuelto para vengarse. El modelo se está devorando desde dentro por dos razones.

Primero, la promesa económica se ha roto. El pacto social del liberalismo —que el esfuerzo individual conduce a la prosperidad— se ha vuelto estadísticamente insostenible. En los propios centros del orden liberal, la movilidad social se ha estancado mientras la desigualdad de resultados se dispara. El «sueño americano» ya no es una promesa; es una excepción estadística.

Pero la crisis más profunda es antropológica. El individuo, supuestamente liberado de toda atadura colectiva (Dios, comunidad, tradición), no ha encontrado la libertad, sino una profunda alienación.

Nuestro demos —la esfera pública de debate racional— ha sido reemplazado por la «polarización afectiva». Ya no somos ciudadanos; somos tribus digitales definidas no por lo que creemos, sino por el odio visceral al «otro».

Filosóficamente, hemos caído en lo que Byung-Chul Han denomina «la sociedad del cansancio». El individuo soberano se ha convertido en su propio tirano. Sin un opresor externo, internalizamos la opresión y nos autoexplotamos voluntariamente.

La libertad de «poder hacerlo todo» se ha convertido en la tiranía de «deber hacerlo todo». El resultado no es la autorrealización, sino el burnout, la depresión y la ansiedad. El individuo, liberado de todo, ha colapsado bajo el peso de su propia libertad.

En este vacío existencial y político, emerge un modelo alternativo que retoma la idea que Occidente abandonó: la primacía de la colectividad. El ascenso de China no es una simple historia de éxito económico; es el desafío civilizatorio más formidable en siglos.

El modelo chino es una síntesis pragmática y potente. Es un híbrido que fusiona una metodología marxista (el desarrollo de las fuerzas productivas como prioridad estatal) con un «software» cultural neoconfuciano (la «armonía social» y la subordinación del yo a la familia y al Estado).

Aquí, el individuo no se perfecciona para sí mismo, sino al servicio de la colectividad. Es la antítesis filosófica directa de Locke.

Lo que hace a este modelo un competidor tan formidable no es que rechace la modernidad, sino que la secuestra. Utiliza las herramientas más potentes del individualismo weberiano —la racionalidad instrumental, la eficiencia capitalista, la innovación tecnológica— para un fin radicalmente antiliberal: el bienestar colectivo definido por el Estado.

China no teme subordinar al capital privado a la «prosperidad común» ni usar el Big Data para crear un «crédito social» que mida la conformidad. Es un colectivismo tecnocrático. Es, si se quiere, un «Cuerpo Místico» premoderno gestionado por un algoritmo hipermoderno.

La gran batalla geopolítica del siglo XXI no será, por tanto, entre democracia y autoritarismo en los términos que entendíamos, ni siquiera entre capitalismo y comunismo. Es una batalla de antropologías.

La contienda es entre el Individuo Soberano, hoy roto y exhausto, y la Comunidad Armoniosa, ahora tecnológicamente empoderada.

El «Fin de la Historia» ha terminado. El verdadero debate sobre la naturaleza humana y el propósito de la sociedad no ha hecho más que empezar.

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