Manuel Tuero marcó una época en la historia reciente de la abogacía. El próximo jueves por la tarde, a las 20.15, se celebrará una misa funera por su alma en la Iglesia de Santa Bárbara, en Madrid. Foto: Cedida.

Fallece el abogado Manuel Tuero, la voz jurídica que no rehuía las zonas oscuras donde se prueba la verdadera justicia

23 / 11 / 2025 12:03

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Siempre llega un momento —inevitable como la caída del telón en las tragedias antiguas— en que la vida de un hombre se vuelve un pliego concluso, un memorial de actos que ya no admite enmiendas; y sólo entonces, cuando la luz se retira y deja al descubierto la trabazón moral de una existencia, podemos calibrar el verdadero peso de sus obras, así como las sombras que las escoltan.

Tal es el caso de Manuel Antonio Tuero Madiedo, abogado asturiano de rancia cepa, cuya muerte en Madrid el pasado viernes, a los 88 años, no es mero suceso biográfico, sino ocasión propicia para escrutar un tiempo y un oficio que, en su persona, se encarnaron con tesón casi épico y con las ambigüedades propias de quienes se atreven a caminar por los linderos más fragosos de la justicia humana.

Tuero, natural de Villaviciosa, Asturias, abrió bufete en Madrid en 1981 provisto de ese temple septentrional que conjuga la sobriedad con una irrevocable querencia por la verdad —o al menos por esa verdad procesal, esquiva y mudable, que los tribunales persiguen con la obstinación de un cazador antiguo—.

Y casi sin proponérselo, se convirtió en figura insoslayable del foro madrileño cuando logró la absolución de Laureano Oubiña y de su esposa, Esther Lago, en la celebradísima operación Nécora. En el ejercicio del sagrado derecho de defensa, piedra angular del ejercicio de la abogacía.

Aquel juicio, que los periódicos transmutaron en espectáculo y el público en romería morbosa, le serviría para demostrar que la abogacía, ejercida con rigor y acometividad, es arte que no rehuye el lodo del mundo, antes bien se revuelca en él para rescatar, si no la inocencia, al menos las garantías que preservan al hombre de los excesos del poder.

Y no fueron ésos los únicos lances que lo situaron en el ojo del huracán. Marcial Dorado, Mohamed Ghaleb Kalaje o incluso Mustafá Setmarian, el siniestro “demonio rojo”, fueron representados por él.

A cada uno lo defendió con la obstinación del jurista que sabe que su deber no es embridar conciencias sino someter pruebas al escrutinio implacable de la ley. Tal vez por ello acumuló amigos y detractores con la misma facilidad con que los hombres de antaño acumulaban cicatrices.

Pero la figura de Tuero no se agota en las paredes de los juzgados. Antes de entregarse por completo a la toga, fue juez, profesor universitario y directivo del INI, y antes aún —en su mocedad ardorosa— participó en la guerra de Sidi Ifni, lanzándose en el primer salto paracaidista de aquel conflicto ya relegado a los anaqueles polvorientos de la historia; experiencia que, sin duda, imprimió en su alma una conciencia dramática del destino humano, tan expuesto al azar como a los devaneos de la fortuna.

En los años sesenta y setenta desempeñó cargos en la estructura del llamado sindicato vertical, esa maquinaria paternalista y herrumbrosa del Estado franquista que pretendía armonizar lo inarmonizable.

Y, como tantos hombres que creyeron encontrar en la política un cauce para servir a una idea, acabó desencantado y expulsado de Falange en 1984, tras su candidatura catalana de 1980. Sólo entonces, desprendido de ambiciones públicas, se consagró a la abogacía sin otro propósito que el de ejercerla con la rectitud de un artesano celoso de su herramienta.

Sus colegas del foro madrileño lo quisieron bien y lo temieron un poco, como suele ocurrir con quienes poseen la rara aptitud de sostener la mirada ante el poder y recordarle que incluso los poderosos deben someterse al yugo de la razón jurídica.

Su hijo José Antonio, también un reputado abogado penalista en la actualidad, lo recuerda como un hombre profundamente asturiano, fiel a sus raíces, que cada verano buscaba la brisa natal para templar el alma fatigada.

En los últimos compases de su carrera aún acudió a prisión para visitar a Dorado, donde el narco gallego le desmintió haber tenido contacto con Alberto Núñez Feijóo desde 1998.

Dorado era aquel narco con el que Feijóo aparecía en una foto a bordo de una embarcación. Pero Tuero, acaso por pudor ancestral, nunca pareció abrigar afición por el escándalo, y sólo se ciñó a aquello que podía sostener ante un juez sin rubor ni titubeo.

A fin de cuentas, su vida entera fue un combate —a veces noble, a veces áspero— contra las sombras que anidan en los márgenes del Estado y en el corazón mismo del hombre. Y es justamente ahí donde radica su legado: en haber afrontado, sin aspavientos pero sin claudicaciones, los dilemas que otros prefieren sortear con la ligereza de un prestidigitador.

Seguramente, en el invierno de su vida si le hubieran preguntado cuál era la canción que reflejaba el curso de su existencia, sin duda habría sido «My way» («A mi manera»), compuesta por Paul Anka y convertida en un himno mundial por Frank Sinatra.

La estrofa final resume muy bien lo que fue la vida de Manuel Tuero: «¿Qué es un hombre? ¿Qué le queda? / Si no se tiene a sí mismo, no tiene nada. / Para decir las cosas que realmente siente. / Y no la voz de quien se arrodilla. / La historia prueba que soporté los golpes. / Y lo hice a mi manera».

Porque, al cabo, lo que distingue a los hombres no es el brillo momentáneo de los casos que defienden ni el tamaño de las sombras que los circundan, sino la firmeza con que avanzan por ese estrecho pasillo donde la justicia y la vida se disputan, como fieras antiguas, la obediencia del alma.

Y Manuel Tuero, con todas sus contradicciones, supo caminarlo hasta el final sin perder el paso. A su manera.

La misa funeral por su alma tendrá lugar el próximo jueves, 27 de noviembre, a las 20.15 de la tarde, en la Iglesias de las Salesas Reales, también conocida como la Iglesia de Santa Bárbara, en el número 2 de la calle General Castaños, en Madrid. Descanse en paz.

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