No suelo seguir las redes sociales. Sin embargo, y gracias a un sugerente artículo de Rebeca Argudo en el ABC del pasado día 16 de noviembre del 2025, “La manía de abolir”, supe de una sorprendente polémica sobre la conveniencia o no de abolir las bibliotecas privadas, originada por un tuitero, con casi cuatro mil seguidores, que escribió “Las bibliotecas privadas son una aberración. Fetichismo y coleccionismo estúpido”.
Afortunadamente, quedó en absoluta minoría, y recibió cientos y cientos de descalificaciones e insultos, llegándose a una polarización ideológica propia del momento actual de España. Reproduciré la réplica más esperanzadora, “Las bibliotecas privadas serán la razón por la que mucho del conocimiento actual sea conservado en el futuro”
Otras apasionadas defensas de las bibliotecas públicas como exclusivas me llevaron a pensar en la reciente novela de Víctor Lapuente, “Inmanencia”, que presenta un 2086 para el mundo occidental que, en aras de una absoluta igualdad entre todos los seres humano, se vería gobernado por una dictatorial inteligencia artificial, capaz de todo.
Quedé preocupado, y decidí acudir al encuentro cultural que iba a tener lugar en una recientemente creada Biblioteca Diplomática Ochoa Brun del ISDE.
Pude así escuchar, rodeado de libros, una sesión académica con dos ilustres juristas, Urquiola de Palacio y José Iturmendi, que sirvió de homenaje a uno de nuestros grandes especialistas en Derecho Internacional Privado, José Carlos Fernández Rozas.
Además, celebré escuchar, aquella tarde, un ´mensaje de adhesión´ al acto del actual Decano del Colegio de la Abogacía de Madrid, al que la nutrida audiencia correspondió con grandes aplausos de agradecimiento y felicitación.
Ciertamente, Eugenio Ribón ha contribuido, y mucho, a esa sentencia firme de inhabilitación del Fiscal General del Estado, anunciada ese mismo día, por haber violado sus obligaciones de ´no revelación de secretos´ en el ejercicio de sus funciones oficiales.
Pude disfrutar además de una pequeña exposición sobre la breve trayectoria de la citada Biblioteca, en la que figuran homenajes a distintas personalidades, aún con nosotros o ya fallecidas.
Aprendí también que los primeros mil libros habían sido donados al mencionado Centro de formación universitario, hacía casi un año, por su entonces propietario, Miguel Ángel Ochoa Brun, un Embajador de grado y Académico de número de la de Historia, que los había ido adquiriendo y manejando durante su larga existencia para la necesaria redacción y publicación de más de cuarenta obras sobre la diplomacia española a lo largo de los siglos.
Comprobé que la inicial colección donada se había enriquecido con ulteriores aportaciones de compañeros de cuerpo y de otros profesionales amigos, dando lugar a una Bibliotheca Amicorvm Ochoa Brun, con otros mil libros, que contaba ya con distintas secciones temáticas: ´Marruecos y España´, ´Huella de España en USA´, ´Mediación, Arbitraje y Derecho Internacional´, ´Cooperación al Desarrollo´, ´Unión Europea´ y ´Seguridad y Defensa´, más otra, muy numerosa, que incluía obras literarias, históricas, políticas y poéticas, escritas por autores diplomáticos en su mayoría.
Me agradó leer en las páginas correspondientes de la breve Guía puesta a disposición del visitante, el elogioso recuerdo que se dedica a otras bibliotecas, alguna aún privada, como la de Pedro Calvo-Sotelo, y otras –semi públicas las llamaría-, como la de Ricardo Díez-Hochleitner en la UAM, la del ministro Fernando María Castiella en la Escuela Diplomática, o la más antigua y prestigiosa del ICAM.
Volviendo al riesgo, más mediático que real, de la abolición de las bibliotecas privadas, me doy cuenta de que, en todo caso, las semi públicas o institucionales estarían excluidas. Significan, en mi opinión, lo mejor dos mundos, -lo privado y lo público-, que no deben dejar de colaborar y respetarse recíprocamente.