«There is no way, however, that he wins this war» — John J. Mearsheimer, «The Fallout from the Iran Debacle», 1 de mayo de 2026.
El próximo viernes, si nada lo tuerce, una delegación estadounidense y otra iraní volverán a sentarse en Ginebra.
Volverán: el verbo es el que importa.
En esa misma ciudad suiza negociaban Washington y Teherán en febrero, semanas antes de que empezara la guerra.
Entre aquella Ginebra y esta media un trayecto que cuesta resumir sin sentir un escalofrío: una ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel lanzada el 28 de febrero, cerca de 900 ataques en 12 horas, el asesinato de un líder supremo, el estrecho de Ormuz convertido durante meses en un nudo corredizo sobre la economía mundial, y más de 100 días de un conflicto que ningún objetivo declarado logró cumplir.
El resultado que ambas delegaciones acuden a firmar es un memorando para seguir hablando. La guerra, vista así, ha sido un rodeo sangriento de regreso a la mesa de la que se levantaron.
Un acuerdo para acordar que se negociará
El domingo, el día de su octogésimo cumpleaños, Donald Trump anunció en Truth Social que «el acuerdo con la República Islámica de Irán está ahora completo. ¡Enhorabuena a todos!», y ordenó la reapertura de Ormuz y el levantamiento del bloqueo naval con una frase de astillero: que zarpen los barcos del mundo, que fluya el petróleo.
La palabra «completo» hace mucho trabajo para tan poca sustancia. Lo que hay sobre la mesa, según el borrador de catorce puntos difundido por la agencia iraní Mehr, no es un tratado de paz: es un memorando de entendimiento que prorroga 60 días el alto el fuego, aparca la cuestión nuclear a una ronda posterior de negociaciones técnicas, prevé la liberación de unos 24,000 millones de dólares en activos iraníes congelados —la mitad por adelantado— y queda, además, pendiente de la aprobación del propio Gobierno de Teherán.
El lenguaje de la diplomacia, cuando no hay acuerdo, lo delata con precisión clínica. Antes de la firma del viernes habrá, nos dicen, «conversaciones de preimplementación» que «sentarán las bases» para las «conversaciones técnicas» que precederán al encuentro donde un acuerdo «podría» ser firmado.
Esto no es el final de una negociación: es el anuncio de que una negociación va a empezar. El propio Trump admitió que la rúbrica la pondrá él por vía electrónica o, en su defecto, el vicepresidente Vance en persona, frente al presidente del Parlamento iraní.
No es un acuerdo final sino una intención
Aunque Vance pareció no descartar la presencia del Presidente. Obviamente todo parece quedar al albur de unos acontecimientos que, por ahora, nadie parece controlar.
Se firma una intención, no un resultado. Y conviene recordar, porque la memoria pública es corta, que el marco de Lausana de 2015 —aquel que Trump dinamitó en 2018 llamándolo el peor acuerdo jamás visto— fijaba al menos números de centrifugadoras y calendarios verificables.
El de ahora fija, sobre todo, una fecha para volver a verse.
Hay, por debajo de la coreografía, una ironía estrictamente jurídica que un jurista no puede dejar pasar. Lo que se firmará el viernes no es un tratado: es un memorando de entendimiento, un instrumento de derecho blando que no pasará por el Senado, que no obliga a un sucesor y que cualquier Administración futura podría revocar con un trazo de pluma.
Es, en su naturaleza, exactamente el tipo de arreglo ejecutivo frágil que Trump esgrimió para desmontar el acuerdo de Obama: revocable, no ratificado, dependiente de la voluntad del firmante de turno.
El hombre que enseñó al mundo que un entendimiento ejecutivo no vale el papel en que se escribe pide ahora al mundo que crea en uno. Y lo pide, además, con la ONU y Europa reducidas a la condición de espectadoras, porque la mediación no la han puesto ni Bruselas ni Nueva York, sino Islamabad y Doha.
¿Llegará siquiera el acuerdo hasta el viernes? No es una pregunta ociosa. El Gobierno de Teherán no lo ha ratificado todavía; Washington e Irán han ofrecido versiones divergentes de sus propios términos y han chocado por algo tan elemental como cuándo y cómo se liberan los fondos congelados. Un instrumento que aún discute su propia letra a pocos días de la rúbrica no es un acuerdo cerrado: es una apuesta con fecha.
El estrecho que ya estaba abierto
El trofeo que Trump exhibe con mayor orgullo es la reapertura del estrecho de Ormuz y el fin del bloqueo. Es un trofeo curioso, porque Ormuz estaba abierto antes del 28 de febrero.
Por él circulaba en torno al 20 por ciento del petróleo mundial con la naturalidad de lo cotidiano, hasta que la guerra lo cerró. Reabrir lo que la propia ofensiva clausuró no es una conquista: es una reparación. Devolver el grifo al punto donde estaba antes de romperlo no figura, en ningún manual de estrategia, en el capítulo de las victorias.
Conviene decirlo sin retórica, porque es el corazón del asunto: el mejor desenlace imaginable de esta guerra, el que se va a firmar en Ginebra, no va más allá del statu quo previo al primer disparo.
El crudo que se disparó vuelve a su cauce; las sanciones que se levantan son las que la propia escalada endureció; los activos que se liberan son dinero iraní que estaba retenido.
El único cambio duradero que la ofensiva ha producido en el estrecho es de signo contrario al que buscaba: el mundo entero sabe ya, con certeza empírica, que Teherán puede cerrarlo cuando quiera. Se entró en la guerra para reducir la capacidad de chantaje de Irán y se sale de ella habiéndola demostrado.
Trump contra Trump
Para medir un acuerdo no basta con leerlo: hay que confrontarlo con lo que prometió quien lo firma. Y aquí la distancia es vertiginosa.
En marzo, Trump aseguraba que no habría pacto alguno que no fuera la «rendición incondicional» de Irán; el 24 de ese mes proclamaba que la guerra «se había ganado» y que los iraníes estaban «totalmente derrotados».
Los objetivos inaugurales eran el cambio de régimen, la desnuclearización completa, el fin del programa de misiles y la liquidación de las milicias afines. Esa era la guerra que se vendió.
El acuerdo entrega otra cosa. Irán conserva su programa —lo nuclear queda meramente «abordado» en una ventana futura de sesenta días—, recupera 24,000 millones de sus propios fondos, obtiene la exención de sanciones sobre su crudo y arranca a Washington un cese de hostilidades en todos los frentes, Líbano incluido.
El despacho de Mehr añade dos concesiones que Estados Unidos no ha desmentido: la retirada de fuerzas del entorno iraní y la presentación de un plan de reconstrucción. De la rendición incondicional a un plan de reconstrucción media exactamente la diferencia entre la propaganda y la aritmética.
Y aquí asoma la ironía más profunda, la que ninguna nota de prensa de la Casa Blanca subrayará. Trump destruyó el acuerdo nuclear de Obama en 2018 con dos reproches: que entregaba a Irán miles de millones y que le dejaba un camino abierto hacia la bomba.
El marco que ahora celebra como hazaña devuelve a Irán miles de millones de su propio dinero y deja el camino intacto. El hombre que rompió un pacto por blando termina una guerra con uno más blando todavía. No es una paradoja: es un balance.
Pongamos las dos columnas del balance una al lado de la otra, como en una contabilidad de partida doble. En el haber de la guerra: la reapertura de un estrecho que la propia guerra cerró y la promesa iraní —ya prestada en 2015— de no fabricar un arma que asegura no querer.
En el debe: el asesinato de un jefe de Estado, una región incendiada, un shock energético que disparó el crudo y castigó a media economía mundial, la arquitectura de seguridad del Golfo en ruinas y la certeza, ahora pública, de que Teherán puede estrangular Ormuz a voluntad. Ninguna victoria que merezca ese nombre arroja un saldo semejante.
Mearsheimer tenía razón antes de la firma
El realismo había leído este desenlace con semanas de antelación. El 1 de mayo, John Mearsheimer escribía que Trump mantendría el bloqueo naval «hasta verse forzado a aceptar la derrota y cerrar un trato, porque la economía mundial está a punto de despeñarse», y sentenciaba que no había modo alguno de que ganara esta guerra.
Antes, en el Arab Center de Washington, había sido aún más preciso: cualquier arreglo «reflejará la ventaja de Irán sobre el terreno»; Estados Unidos no había logrado ninguno de los cuatro grandes objetivos fijados antes de la guerra; Teherán tenía a Ormuz cogido por el cuello; y Washington había destruido, de paso, la arquitectura de seguridad que él mismo había levantado con los Estados del Golfo. Es, concluía, el tercer fracaso norteamericano en la región tras Irak y Afganistán.
No me es ajena la satisfacción de ver confirmado un análisis, aunque sea un análisis sombrío. Sostuve en estas páginas, hace meses, que el poder aéreo no produce rendiciones, que sin una invasión terrestre de cientos de miles de soldados no había desenlace militar posible, y que la resiliencia iraní era mayor de lo que la propaganda occidental admitía.
El acuerdo del viernes es la factura de aquel diagnóstico. Pero hay un punto de Mearsheimer que importa más que el marcador: su tesis de que esta guerra no la movió el petróleo ni una necesidad estratégica estadounidense, sino las prioridades de seguridad de Israel, con Netanyahu en el papel decisivo. Si eso es cierto —y todo apunta a que lo es—, entonces el final de la guerra no se entiende sin mirar a quien no la firma.
Las consecuencias que Mearsheimer apunta desbordan el campo de batalla. Una potencia que fracasa por tercera vez en la región sale de la guerra con su credibilidad militar erosionada y su disposición a intervenir en el futuro mermada; los socios del Golfo recalculan sus alianzas y los aliados europeos vuelven a tomar nota de lo que vale la palabra de Washington cuando se la examina de cerca.
La derrota no se mide solo en objetivos no alcanzados: se mide en la confianza que se evapora alrededor.
Israel no firma, y por eso puede volver a empezar
El dato más significativo del acuerdo es, precisamente, el que el triunfalismo de Trump procura mantener en penumbra: Israel no es parte del memorando. Lo ha dicho el propio Netanyahu, cuyo Gobierno considera el texto, en su forma actual, una profunda decepción.
La fractura con Washington está documentada hasta el detalle incómodo: una llamada telefónica a gritos en la que el presidente estadounidense estalló contra el primer ministro israelí, y un vicepresidente, Vance, afirmando ante las cámaras que Netanyahu «se ha equivocado en algunas cosas» y que defiende los intereses de su país con una agresividad que «no siempre coincide» con los de Estados Unidos.
El peligro de esa ausencia es estructural, no protocolario. Un acuerdo que una de las partes no firma es un acuerdo que esa parte no se obliga a respetar.
Israel siguió bombardeando objetivos de Hezbolá en los suburbios meridionales de Beirut el mismo día del anuncio, y Netanyahu lleva semanas repitiendo que la campaña no ha terminado, que mantiene el dedo en el gatillo.
En el otro extremo, los duros de Teherán desconfían con simetría perfecta: el diputado Ebrahim Rezaei advirtió de que «la probabilidad de engaño por parte de Trump es alta».
Un expediente nuclear sin cerrar, un Israel no obligado y libre para reanudar el fuego, y los radicales de ambos bandos convencidos de que el otro miente. No conozco mejor definición de cierre en falso: una guerra que todos dan por terminada salvo las fuerzas que pueden reiniciarla.
Queda el detalle del cumpleaños, que es más que un detalle. Trump quería la firma para el día 14, su 80 aniversario; la había anunciado, había organizado para esa noche un espectáculo en los jardines de la Casa Blanca y aguardaba el regalo.
No lo tuvo.
Tuvo un anuncio, no una rúbrica. Y Teherán, que no emitió declaración triunfal alguna mientras Trump y un primer ministro paquistaní proclamaban la paz, le negó incluso la fotografía compartida. La firma se le escurrió hasta el viernes, a Ginebra, lejos de la tarta.
Lo que se firme ese día no será el final de una guerra, sino su recibo. Un memorando que devuelve un estrecho al punto donde estaba, un dinero a quien pertenecía y una bomba al lugar donde siempre estuvo. Trump se presenta como el único presidente capaz de cerrar un trato con Irán.
Es posible que lo sea. Pero el trato que cierra es, punto por punto, el que podía haber tenido en febrero, en esta misma ciudad, sin disparar una sola bala.
El arte de negociar, reducido a su ridículo más puro: pagar el precio completo por lo que ya se tenía, y llamarlo victoria.