Opinión | Ecos de Davos II: El mercado de la paz, ¿revolución liberal o el triunfo del corporativismo autocrático?

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, hace un análisis crítico del “Board of Peace” de Donald Trump y de lo que supone: privatización del orden global, liberalismo, poder corporativo y el futuro de Gaza y la geopolítica mundial. Sobre estas líneas, el presidente estadounidense fotografiado el pasado 23 de enero en la constitución de esta nueva organización. Foto: Wikipedia.

27 / 01 / 2026 09:04

Actualizado el 27 / 01 / 2026 09:05

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I. El escenario: El fin del «Viejo Orden»

Enero de 2026. En los pasillos de Davos, entre el aroma a café caro y el murmullo de las élites, se ha oficializado una ruptura tectónica en el orden mundial. Donald J. Trump ha presentado su «Board of Peace» (Junta de la Paz).

Para cualquier observador con sensibilidad liberal, el anuncio despierta una reacción bifronte: una fascinación inicial por la audacia de sustituir la ineficaz burocracia internacional por la agilidad del sector privado, seguida inmediatamente por un escalofrío ante la estructura de mando que lo sustenta.

Estamos ante la privatización del orden global. Lo que comenzó como una propuesta para gestionar la reconstrucción de una Gaza devastada tras años de conflicto ha mutado en una plataforma de resolución de conflictos que compite directamente con el Consejo de Seguridad de la ONU.

II. La promesa liberal: riqueza frente a asistencia

Desde una óptica liberal coherente, hay un punto que es irreprochable: la implicación de la iniciativa privada en la reconstrucción de tierras devastadas no solo es deseable, sino necesaria.

Durante décadas, el modelo de «ayuda al desarrollo» en zonas de conflicto ha sido un pozo sin fondo de subvenciones fáciles y asistencialismo acomodaticio.

Estos fondos, a menudo gestionados por agencias internacionales hipertrofiadas, han servido más para capturar voluntades y perpetuar la dependencia que para empoderar a los individuos, así como para pagar jugosos y atractivos salarios.

El «Board of Peace» propone un cambio de paradigma radical: la paz como un proyecto de desarrollo infraestructural masivo.

La presencia en el Consejo Ejecutivo de figuras como Marc Rowan, CEO de Apollo Global Management, o Steve Witkoff, magnate inmobiliario, sugiere que la reconstrucción de Gaza se abordará con una lógica de inversión y retorno de capital.

Desde el paradigma liberal, las verdaderas necesidades sociales no se cubren con cheques de ayuda humanitaria que se evaporan en la corrupción local, sino con la creación de riqueza.

Si Gaza ha de ser estable, necesita hoteles que den empleo, puertos comerciales que conecten con el mundo e infraestructuras energéticas eficientes.

El enfoque de Jared Kushner, describiendo la costa de Gaza como una «propiedad frente al mar muy valiosa», puede sonar crudo, pero encierra una verdad liberal fundamental: el valor económico es el mejor antídoto contra el nihilismo de la guerra.

III. El veneno en la estructura: ¿libertad o monopolio?

Sin embargo, aquí es donde la aproximación liberal debe ser vigilante. El liberalismo no es solo «mercado»; es, sobre todo, la limitación del poder para garantizar la libertad. Y el diseño institucional del «Board of Peace» es la antítesis de la dispersión del poder.

La estructura del organismo rompe con cualquier pretensión democrática. Está diseñado alrededor de la figura de Donald Trump, quien no actúa como un presidente sujeto a límites constitucionales, sino como el «Chairman» inaugural y vitalicio del «Board».

«Si permitimos que el orden internacional se convierta en una junta corporativa sin frenos ni contrapesos, habremos cambiado una burocracia ineficiente por una tiranía eficiente. Y eso, para cualquier liberal que se precie, es un precio demasiado alto para la paz».

La Carta Fundacional le otorga la «autoridad final sobre el significado, interpretación y aplicación» de todas las normas.

Es, en términos jurídicos, un soberano absoluto dentro de su propia organización.

¿Cómo puede un liberal defender la entrada de capital privado si este capital está subordinado a una presidencia vitalicia con poder de veto total? Un mercado sin instituciones democráticas que lo equilibren no tiene nada que ver con la aspiración liberal; es corporativismo autocrático.

El riesgo es que la «creación de riqueza» no sea el resultado de la competencia y el derecho de propiedad, sino del favor político del Chairman.

IV. La membresía del billón de dólares: El estatus como mercancía

La innovación más controvertida es el modelo de membresía. Trump ha diseñado una organización que funciona con la lógica de un programa de fidelización corporativo de alto nivel.

Para obtener un asiento permanente y evitar la incertidumbre de la renovación, un Estado debe realizar una contribución de 1.000 millones de dólares.

Este mecanismo de «pago por acceso» transforma la diplomacia en un mercado de estatus. Los países que no pueden pagar quedan relegados a la «membresía temporal», cuya renovación queda a la entera discreción del Presidente.

Esta dinámica incentiva un comportamiento de sumisión política para asegurar la permanencia. Esto es una distorsión absoluta: las reglas del juego internacional deberían ser universales y basadas en el derecho, no en la capacidad de comprar influencia en un club privado que centraliza el poder de decisión global en un solo individuo.

V. El laboratorio de Gaza: ¿prosperidad o gentrificación de guerra?

Gaza es el escenario donde este experimento se pondrá a prueba. El plan de 20 puntos de la administración Trump propone una transición hacia una «gobernanza tecnocrática».

Es una apuesta por la eficiencia. Pero, ¿eficiencia para quién?

Expertos en derechos humanos ya advierten sobre el riesgo de una «gentrificación de guerra». Al priorizar proyectos que sean «invertibles» para grandes fondos de capital, existe el peligro de que la reconstrucción se utilice para reconfigurar la demografía del territorio, desplazando a la población local de áreas estratégicas para dar paso a desarrollos de lujo o zonas de seguridad.

La falta de representación palestina significativa en los órganos de decisión refuerza la percepción de que el futuro de la región se está decidiendo en salas de juntas de Davos y Nueva York, sin el consentimiento de quienes han de vivir allí.

Pero no nos engañemos, un liberal sabe que la riqueza solo es legítima y sostenible cuando nace del respeto a la propiedad privada y la agencia individual, no cuando se impone desde una junta corporativa externa.

VI. Una geopolítica fracturada

La respuesta internacional ha sido el reactivo que ha revelado las nuevas líneas de falla del mundo. Por un lado, vemos al bloque de los «entusiastas», como Javier Milei u Viktor Orbán, que ven en el «Board» una validación de sus modelos de poder y una vía directa al círculo íntimo de Washington.

Para ellos, la eficacia justifica la opacidad.

Por otro lado, la «resistencia constitucional» de Alemania e Italia, y el rechazo de Francia, defienden el viejo multilateralismo basado en reglas compartidas y control parlamentario.

Incluso potencias como India mantienen una distancia prudente, recelosas de una estructura que exige subordinación a una presidencia vitalicia estadounidense. China, insiste en el rol de Naciones Indias e invita a otros países como Brasil a defender esa posición.

Especialmente astuta ha sido la maniobra de Vladimir Putin, quien ofrece unirse al club si la cuota de 1.000 millones se paga con los activos rusos congelados, una jugada que pondría a Washington en la tesitura de romper sus propias sanciones para financiar su «proyecto de paz».

VII. Conclusión: El desafío del Siglo XXI

El «Board of Peace» no es una excentricidad; es un experimento radical sobre si el dinero y el poder crudo pueden comprar la estabilidad que la diplomacia tradicional ha perdido.

Desde nuestra óptica, debemos celebrar el entierro del asistencialismo ineficaz y la bienvenida a la inversión productiva.

La creación de riqueza es, sin duda, el camino hacia la dignidad social. Pero no debemos caer en la trampa de creer que el mercado puede florecer bajo la sombra de un autócrata vitalicio.

La libertad es indivisible: no hay libertad económica duradera sin libertad política y control al poder. El «Board of Peace» nos ofrece eficiencia a cambio de sumisión; nos ofrece reconstrucción a cambio de centralismo.

Si permitimos que el orden internacional se convierta en una junta corporativa sin frenos ni contrapesos, habremos cambiado una burocracia ineficiente por una tiranía eficiente. Y eso, para cualquier liberal que se precie, es un precio demasiado alto para la paz.

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