«Por España y por el Rey, Gálvez en América» (2015): Es la obra más famosa Bernardo de Gálvez de Ferrer-Dalmau. El lienzo recrea la Batalla de Pensacola (1781), mostrando a Gálvez en una posición fortificada mientras las tropas británicas se baten en retirada. Imagen: Augusto Ferrer-Dalmau.

Bernardo de Gálvez, el español que, siguiendo órdenes de Carlos III, adelantó 20 años la independencia estadounidense

5 / 07 / 2026 00:45

Ayer, 4 de julio de 2026, Estados Unidos celebró los 250 años de su independencia. Entre los fuegos artificiales y los discursos, pocos repararon en que buena parte de esa efeméride se la debe también a un político y militar español nacido en un pueblo de la Axarquía malagueña: Bernardo de Gálvez.

Sin él, según llegó a decir, el 9 de diciembre de 2014, el entonces embajador de España en Washington D.F., Ramón Gil-Casares Satrústegui, Estados Unidos habría tardado 20 años más en conseguir su independencia, lo que sucedió el 4 de julio de 1776.

Y nadie en el Capitolio se lo discutió.

Desde esa fecha cuelga el retrato de Gálvez en la sala del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, entre los retratos que América reserva a sus padres fundadores y a las grandes figuras de su historia. En este caso, junto al retrato de Dwight D. Eisenhower, el 34.º presidente de Estados Unidos (1953-1961) y, antes de eso, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa durante la Segunda Guerra Mundial.

Es el único español.

Le costó 231 años llegar a esa pared. El Congreso se lo había prometido en 1783, con la resaca todavía fresca de haber derrotado a los ingleses. Y luego, como quien mete una factura incómoda en el cajón de abajo, se olvidó.

Durante dos siglos largos. Cosas de la gratitud republicana, que dura lo que dura un comunicado de prensa.

El senador Bob Martínez, en el uso de la palabra en el Senado, junto al entonces embajador español en Washington D.F., Ramón Gil-Casares Satrústegui, el 9 de diciembre de 2014, en el acto en el que se colocó el retrato del español Bernardo de Gálvez.

Un gobernador español que se jugó el pellejo antes de que nadie firmase nada

Gálvez nació en Macharaviaya, un pueblo minúsculo de la Axarquía malagueña, el 23 de julio de 1746. Se curtió, como se curtían entonces los que valían para algo, a hostias: la guerra de los Siete Años primero, las campañas contra los apaches en el norte de México después.

En 1776 lo mandaron a gobernar la Luisiana española. Las Trece Colonias acababan de declararse independientes. España, la pícara, no había declarado todavía nada de nada.

A Gálvez eso le trajo sin cuidado. Aunque tampoco actuaba por libre, que conste: la cobertura encubierta a los rebeldes venía dictada desde Madrid, con órdenes discretas del Rey Carlos III, quien olfateaba en la revuelta americana la ocasión perfecta de darle una patada en la espinilla a Gran Bretaña sin tener que declararle todavía la guerra a las claras.

«La Marcha de Gálvez» (2018), obra del pintor, Augusto Ferrer-Dalmau, en la que al gobernador de la Luisina, entonces española, junto a sus tropas y milicias (incluyendo aliados indígenas y voluntarios) avanzando a través de los pantanos, para atacar a los británicos. Imagen: Augusto Ferrer-Dalmau.

Gálvez fue, simplemente, el filo con que Madrid cortaba desde lejos. Desde Nueva Orleans convirtió el puerto en trastienda del Ejército Continental: armas, pólvora, medicinas y dinero subiendo por el Misisipi hacia unas tropas rebeldes que no tenían ni para tabaco.

El correo de aquel contrabando patriótico era el comerciante Oliver Pollock, testigo directo de la operación y, años más tarde, el único con memoria lo bastante tozuda como para no dejar que Washington olvidase el favor.

Cuando España le declaró la guerra a Gran Bretaña en 1779, se acabó el disimulo y llegó la orden real, esta vez sin subterfugios. Gálvez dejó de mirar hacia otro lado. Empezó a atacar.

Manchac, Mobile, Pensacola: tres años dándolo todo

Un ejército de lo más variopinto —soldados españoles, milicianos criollos, afroamericanos libres, indígenas aliados, algún angloamericano suelto que se apuntó al lío— avanzó bajo su mando entre 1779 y 1781 desmontando la presencia británica en el golfo de México pieza a pieza, como quien desarma un reloj averiado.

Manchac, Baton Rouge y Natchez cayeron en 1779. Mobile, en 1780.

Y en 1781, tras tres meses de asedio y una tormenta que estuvo a punto de mandar la flota entera al fondo del mar —porque a la Historia también le gusta el melodrama—, cayó Pensacola: la plaza fuerte británica en Florida Occidental, tomada en una de las operaciones anfibias más temerarias de toda la guerra.

Mapa de las operaciones llevadas a cabo por Bernardo de Gálvez contra Gran Bretaña, en favor de los rebeldes estadounidenses.

No fue un capítulo de relleno. Cada soldado inglés desviado hacia el sur para frenar a Gálvez era un soldado menos disparando contra Washington y los franceses.

Y cada plaza tomada era, para Carlos III, una victoria propia contra su enemigo de toda la vida, no un capricho de gobernador con ganas de medallas.

El rey, que sabía reconocer el mérito cuando le convenía, lo nombró conde de Gálvez, lo ascendió a teniente general y le autorizó a grabar en su escudo el lema «Yo solo», recuerdo del día en que cruzó él solo la barra del puerto bajo fuego enemigo, obligando a sus capitanes —más prudentes, o más listos, según se mire— a seguirle o quedar como unos cobardes delante de la tropa.

Con el tiempo, la anécdota se prestó a una lectura torcida, como suele pasar con las frases bonitas: Gálvez no actuó nunca en solitario frente a la Corona. Fue, sencillamente, su brazo más audaz. El que se moja cuando los demás calculan.

Terminada la guerra, desfiló junto a George Washington por las calles de Filadelfia. No fue un gesto de cortesía diplomática. Fue el reconocimiento de un profesional a otro, de esos que ya no se estilan.

La promesa de 1783 que nadie cumplió durante 231 años

El Congreso, en mayo de 1783, aprobó colgar su retrato junto a los Padres Fundadores. Petición de Oliver Pollock, aceptada sin pegas. Y ahí se quedó el asunto, cogiendo polvo en un archivo, que es donde van a parar las buenas intenciones de los parlamentos.

Hicieron falta, más de dos siglos después, una asociación cultural malagueña fundada en 2008, un historiador jubilado con la paciencia de tirar del hilo durante años, y una española afincada en Washington, Teresa Valcarce, capaz de convertir un papel amarillento en una causa.

Con el respaldo del senador Robert Menéndez y un retrato del pintor malagueño Carlos Monserrate —copia del lienzo de 1784 atribuido a Mariano Salvador Maella—, el cuadro entró por fin en el Capitolio el 9 de diciembre de 2014.

Una semana después, el 16 de diciembre, Barack Obama firmó la resolución que convertía a Gálvez en ciudadano honorario de Estados Unidos.

La distinción más alta que el país concede a un extranjero, y de la que solo ocho personas pueden presumir en toda la historia: Winston Churchill, la Madre Teresa de Calcuta, William Penn, el marqués de Lafayette. Y él. No está mal la compañía, para un chaval de Macharaviaya.

El cuadro de Bernardo de Gálvez que hoy cuelga en el Capitolio estadounidense. Es obra de Carlos Monserrate Carreño, una réplica del original, obra de Mariano Salvador Maella, cuya propiedad es del Ministerio de Defensa.

Un legado que sigue creciendo, contra todo pronóstico

El retrato del Senado no es el único rastro que dejó. Una estatua ecuestre suya, inaugurada en 1976 por el entonces rey Juan Carlos I, preside una plaza en pleno centro de Washington.

Galveston, en Texas, lleva su apellido, aunque medio Texas ni se entera. Y en junio de 2024 la Marina estadounidense anunció que bautizaría un nuevo buque de guerra como USS Gálvez.

El reconocimiento de 2014 no cerró nada: abrió una recuperación histórica que sigue su curso, despacio, como todo lo que merece la pena.

Gálvez acabó su carrera como virrey de Nueva España, empeñado en levantar el palacio de Chapultepec —hoy Museo Nacional de Historia de México— mientras gestionaba una hambruna provocada por las malas cosechas, que también de eso iba el oficio de virrey.

Murió en 1786, en Tacubaya, cerca de la Ciudad de México. Tenía 40 años. Los que a otros les sobran para hacer carrera y a él le bastaron para cambiar el curso de una guerra ajena.

Durante generaciones, su nombre apenas asomó en los libros de texto estadounidenses. Hoy cuelga en el Capitolio.

Y el propio Gobierno de Estados Unidos, al concederle la ciudadanía, admitió por fin lo que la campaña de Gálvez ya había demostrado sobre el terreno, con sangre y con pólvora, mucho antes de que a nadie se le ocurriera colgar un cuadro: que sin aquel gobernador español de la Luisiana, la independencia les habría costado bastante más cara.

Y bastante más tiempo.

Noticias relacionadas:

Opinión | La jaula de cristal: El presidente celebró 250 años de libertad detrás de un cristal blindado

Opinión | El discurso del Rey de Inglaterra en el Capitolio: Lo que la Casa Blanca debería haber entendido

Lo último en Divulgación

6a2bd1e368444-122737

¿Cómo debe actuar el consejo de administración de un hotel español ante una posible reclamación de daños contra Booking?

Usucapion

La usucapión resucita: el mecanismo legal que transforma el tiempo en títulos de propiedad

Perro abandonado

Abandonar a tu mascota ya puede costarte hasta 50.000 euros: así lo castiga la ley de bienestar animal

Carga_de_los_mamelucos_restaurado

2 de mayo de 1808: el Ejército permaneció acuartelado mientras Murat aplastaba Madrid y provocaba la guerra de la Independencia

Apertura

El Cristo de la Buena Muerte: la imagen religiosa que habita en el alma de La Legión y se conmemora cada Semana Santa