Abel Marín: «”No tendré problemas con la mujer de mi padre”. Sí, hasta 24 horas después del entierro»

24 / 10 / 2026 20:25

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Abel Marín Riaguas escribió Protege tu herencia casi de un tirón («lo vomité», dice) después de recuperarse de un infarto agudo de miocardio. La razón era tan práctica como el propio libro: si el corazón volvía a fallar, lo que sabía de herencias quedaría por escrito.

Ahora este abogado valenciano, que lleva más de 25 años entre testamentos, particiones y hermanos que dejan de hablarse, publica una edición actualizada de aquella guía, escrita para el ciudadano y no para el jurista. Su tesis cabe en una línea: las herencias no rompen familias; las rompe no planificar.

En esta entrevista con Confilegal habla de proindivisos y avales, de la viuda que puede sobrevivir a los hijos de su marido, de por qué la desheredación sigue naufragando en los juzgados, del legado como herramienta desaprovechada y de las claves de criptomonedas que nadie conoce.

Y carga contra un tópico que repiten medios de todo signo: según él, nadie renuncia a una herencia por el impuesto de sucesiones.

La idea central de su libro es que las herencias no destruyen familias; lo que las destruye es la falta de planificación. ¿Cuál es el error que más veces ha visto terminar en los tribunales?

No hacer testamento. Es el mayor, porque hay una asimetría brutal entre los derechos que la viuda cree tener y los que la ley le otorga. Y después, hacer testamentos básicos, estándar. Nombrar a los tres hijos por partes iguales es casi lo mismo que no hacer nada. Dedícale tiempo, habla con tu pareja, con los hijos, explícaselo. Y ve a un profesional que te sepa preguntar, porque la mayoría de la gente no conoce las derivadas de las cosas.

¿Y qué ocurre cuando no se planifica?

Que no se habla y se suponen las intenciones de los demás. En la inmensa mayoría de los casos el inventario de una herencia es inmobiliario. Resulta que hay tres inmuebles comprados en tres décadas diferentes, con tres valores y tres usos diferentes: la vivienda de los padres, la que fue su primera vivienda y la casa del pueblo o de la playa, donde tienes recuerdos. Hay que ponerle precio a las cosas, y ahí se produce un desfase entre la realidad económica y los deseos personales. Eso se calla y se dice: «Ya se verá. Para los tres por partes iguales».

Después, eso genera proindivisos, que son la estrella de los conflictos. Y aquí se cumple una ley universal: el que quiere adjudicarse algo lo valora bajo para no tener que compensar, y el que no se lo va a adjudicar lo valora alto para que le compensen más. Detrás siempre hay emociones. El dinero y el valor de las cosas son un factor multiplicador de lo bueno y de lo malo.

Además, las deudas se heredan, los avales se heredan. «Avalé al hijo mayor, luego la pequeña me pidió que la avalara también a ella y al novio; al otro se le ha volado el piso, me reclaman a mí como avalista y no quiero que se entere mi otro hijo». La pura vida.

Segundas parejas, hijos de relaciones anteriores, parejas de hecho… ¿Qué situaciones está generando esa realidad familiar que el Código Civil no previó?

Legalmente casi todo sigue igual. En algunos derechos forales se equiparan los derechos del viudo a los de la pareja de hecho legalmente constituida, pero en esencia el sistema de legítimas sigue igual. Lo que ha cambiado es la sociedad.

¿Cuál es el nuevo escenario? El cambio de emoción. No vas a encarar una partición de herencia lo mismo con tu madre que con la novia de tu padre, y el que diga que no es un hipócrita. La gente dice: «No, si yo no tendré problemas con la mujer de mi padre».

Sí, hasta 24 horas después del entierro. Y esa es la parte más benigna; luego hay enfrentamientos. Y va in crescendo: ¿cuántos matrimonios de 85 años se divorcian? Muy pocos. ¿Y de 50? Muchísimos. Esos, poco a poco, llegarán a la edad natural de fallecer.

Muchas parejas de hecho creen que tienen derecho a heredar por haber convivido durante años. ¿Qué les ocurre si no hay testamento?

Es una falsa creencia muy extendida, y la sigo oyendo día a día a los clientes. Les corresponde un legado que resulta ser muy pequeño: la legítima, la cuota vidual. En derecho civil común es el usufructo del tercio de mejora, y el usufructo vitalicio se valora en función de la edad: el de una viuda de 69 años vale un 20 %, y el 20 % de un tercio es un 8,3 %.

Los hijos del fallecido solo tendrán que entregarle bienes por valor de un 8 % del total. Crees que vas a vivir tranquilamente en la vivienda y te dicen que te largues.

El 85 % de las personas viudas en España son mujeres, y la viudedad dura de media unos quince años. Una mujer que enviuda y no está protegida tiene un horizonte económico muy oscuro: ya no está en edad laboral, quizá ya no tiene la misma salud y ve por delante diez o veinte años. Es pavoroso.

Pongamos que un hombre se divorcia a los 40, a los 50 conoce a una mujer diez años más joven y fallece a los 60. Sus hijos, en la treintena, ven que la viuda de su padre tiene 50 años y puede sobrevivirles incluso a ellos. Si la vivienda queda gravada con su usufructo, de facto no reciben nada en vida. «Esta señora puede vivir más que yo. ¿Qué me ha dejado mi padre?». Y estos cálculos se hacen en un segundo.

En el libro defiende que las legítimas cumplen una función protectora, pero pide más flexibilidad. ¿Hasta dónde llegaría? ¿A la libertad de testar de algunos territorios forales?

A la libertad total, como en Navarra, no. Todos los sistemas tienen sus ventajas e inconvenientes. Las legítimas tienen su razón de ser histórica, y ahora, precisamente por la desestructuración de la familia clásica, vuelve a darse.

No es infrecuente que venga una pareja y te diga: «Tenemos un niño de cinco años, pero mi marido tiene una hija del anterior matrimonio, de 25, que no llama a su padre. Queremos darle lo mínimo». Miras al padre y piensas: «¿De verdad vas a joder a tu hija?». No lo dices, pero lo piensas. Quizá, tras la ruptura de la primera pareja, aquella niña quedó desamparada. «Mi padre no le pasaba ni la pensión a mi madre, mi madre me ha tenido que sacar adelante y encima me deja sin nada». En toda la piel de toro, bajo nuestro paradigma cultural, yo creo que eso lo vemos injusto.

Las herencias son regalos (yo soy de los que creen que cada uno se merece lo que se trabaja, punto), pero negar el dolor por el agravio es de cínicos. Te puede ir muy bien la vida y no necesitar heredar nada, pero te va a doler que no te dejen nada, o solo la legítima estricta.

Otra cosa es que tengas un hermano con síndrome de Down, o una hermana a la que una enfermedad o un accidente ha llevado a la desgracia personal y económica, y tus padres cambien el testamento para proteger al más vulnerable. Eso se entiende. Y esa no duele.

¿Es hoy más fácil desheredar a un hijo por maltrato psicológico o falta de relación, tras la evolución de la jurisprudencia del Tribunal Supremo?

Llevamos más de diez años de ese cambio jurisprudencial y estamos en las mismas, porque no hay planificación ni se explica de verdad que esto es una cuestión de prueba judicial. El testador ya no puede aseverar nada porque ha fallecido, y corresponde probar a los beneficiarios. Al desheredado le basta con oponerse a las causas.

Sigue fallando estrepitosamente la preparación de esa prueba. No basta con «no me vienes a ver». Tiene que causarse un daño que pueda ser tasado y comprobado: «A consecuencia de eso tengo una profunda depresión, y aquí están los informes de mi psiquiatra o de mi médico de familia, y estos son los tratamientos que he recibido». Muchos padres lo cuentan, pero yo les digo que tienen que preparar la prueba, porque si no el resto de sus hijos no va a poder hacer valer su voluntad.

Recomienda el legado como una herramienta infrautilizada. ¿Para qué sirve y en qué casos evita conflictos?

Infrautilizada y, cuando se utiliza, mal usada, de forma muy generalista. Una herencia es un contrato en el que los herederos se reparten unos bienes que hay que valorar, y la valoración es la madre del cordero.

Si detallo mucho el reparto en el testamento, acoto superlativamente los conflictos de interpretación, porque un legado se entrega a un legatario determinado: un bien concreto, punto y pelota. Pero se siguen usando porcentajes, y volvemos a lo mismo: a ver lo que vale cada cosa. Y lo muy inusual es gravarlos o ponerles condiciones, que a veces es necesario.

Por ejemplo: tengo una casa de extraordinario valor en la zona prime de la ciudad y sé que ninguno de mis hijos va a poder compensar a los otros para quedársela. Lego esa vivienda a los tres con una condición: en uno o dos meses, cada uno la hace tasar por una compañía homologada por el Banco de España, y se abre otro periodo de 30 días para que cualquiera diga si se la queda y compensa sobre ese valor. Si nadie la quiere, a la venta a terceros.

Y si la quieren dos, sorteo ante notario, indicando incluso la notaría. Eso lo he hecho yo no pocas veces. Es puro sentido común. El derecho puede ser preventivo o paliativo, igual que la medicina. En esta materia es casi siempre paliativo, porque la gente viene con el follón montado.

Advierte de que repartir una empresa familiar por partes iguales no garantiza su continuidad. ¿Qué instrumentos recomienda?

Cuando actúo en ese tipo de asuntos es casi como hablar de un protocolo familiar. Imagina que tengo tres hijos. Dos han estado en la empresa y me han ayudado a hacerla crecer: uno trae clientes, el otro es una máquina en la producción. La tercera se ha hecho médico y no tiene nada que ver.

Pasan las décadas, la empresa va fenomenal y vale dinero. Si acaban con un tercio de las participaciones cada uno, ¿qué van a pensar los dos que están ahí currando desde chavales? ¿Y qué pensará la otra? Que eso vale millones. «Y vale millones porque lo hemos hecho nosotros».

Requiere charlar un buen rato. Horas. Esos dos tienen parejas, tienen hijos, tienen expectativas, todas muy legítimas, pero la realidad viene y te da una hostia. Si no hay un equilibrio bien pensado, con las cartas sobre la mesa, dos tienen mayoría, o la médico se alía con uno de ellos.

Y la vida da muchas vueltas. A lo mejor la hija médico se divorcia, se compra un piso muy caro y pide dividendos. Y los otros le dicen que la empresa no tiene beneficios: se han subido el sueldo por diez.

O la viuda se queda como usufructuaria. La gente entiende que eso es cobrar los dividendos, si los hay, y es muy fácil que no los haya. Además, según la legislación mercantil, el voto no lo tiene la usufructuaria, lo tiene el nudo propietario. Follón.

La nueva edición incorpora el patrimonio digital y las criptomonedas. ¿Qué ocurre con un monedero de criptoactivos cuyas claves nadie conoce, y cómo debería prevenirlo un testador?

Te puedes dar por jodido. La realidad va muy por delante de la regulación, y no solo aquí; yo creo que en todo el planeta. Lo que no hay que hacer es poner la clave de un monedero en un testamento: te lo fotocopia el administrativo, te lo vacía y luego búscalo. Una manera es indicar, por ejemplo, tal libro, tal edición, página 69, tal línea.

Eso es la mitad de la clave, y la otra mitad se la digo a alguien, pero no la escribo. Y para la mayoría de la gente lo esencial es la clave del correo electrónico matriz, la de recuperación. Esa es la que hay que anotar en la puñetera libreta de gusanillo; todo lo demás se va sacando.

En materia fiscal, ¿sigue importando la comunidad autónoma de residencia a la hora de heredar?

Siendo honestos, hay una competición entre comunidades autónomas para que ninguna se salga exageradamente del tiesto. Es un arma política y este es un impuesto muy ideológico. Las fuerzas conservadoras lo abaratan mucho, hasta el punto de que es prácticamente irrelevante. Las dos comunidades más gravosas son Cataluña y Asturias, gobernadas por el Partido Socialista, y aun así no son confiscatorias.

A nadie le gusta pagar. Pero hay algo radicalmente falso: que se renuncie a herencias por la carga impositiva. Salvo casos muy contados, como heredar de un extraño, de tu mejor amigo, que no tiene a nadie y te lo deja todo.

La gente se lo traga, y todos los medios, de distinta ideología, lo repiten. Yo hablo con los periodistas, se lo explico, y siguen diciendo lo mismo. Es como no querer cobrar el premio de la lotería porque la Agencia Tributaria te retiene el 20 %. ¿Conoces a alguien que renuncie por eso?

Lo que sí sucede es que el patrimonio heredado es mayormente ilíquido: ladrillo, sociedades. Si heredas bienes que valen pero son muy difíciles de vender, lo que tienes es una cuota que pagar sin liquidez. Pero, hostia, para no poder hacer frente, la herencia debe de ser bastante cuantiosa.

¿Cuál es entonces la raíz del aumento de renuncias?

Las deudas. Cuando hay dudas de que lo que vayas a recibir sea inferior a las deudas que te puedan venir, se renuncia por precaución. O se acepta a beneficio de inventario, que solo conviene cuando hay incertidumbre. Y cuando hay incertidumbre el margen es pequeño y hay que afinar mucho.

Casarse, divorciarse o tener un hijo cambia la situación sucesoria, pero el testamento sigue igual. ¿Cuántos de los que ve en su despacho están desfasados?

El 90 %. La mayoría hace uno o, como máximo, dos testamentos en su vida. La gente más prudente lo hace cuando sus hijos son pequeños: «Mis hijos, por partes iguales». Pero hay que hacer tantos testamentos como veces te cambie la vida de forma relevante. Tu situación patrimonial, emocional y familiar es una a los 30, otra a los 60 y otra a los 90. A los 90 puede haberte fallecido incluso algún hijo, y con sus nietos puedes tener mucha vinculación, o puede que se hayan olvidado de que tienen abuela o abuelo. Cada cierto tiempo, piénsatelo.

¿Por qué el certificado de últimas voluntades es lo primero que hay que pedir cuando alguien fallece?

Porque es el registro público, dependiente del Ministerio de Justicia, que certifica si has otorgado testamento, cuántos y cuál es el último. Y hay una curiosidad: el registro funciona fonéticamente, no gráficamente. Los típicos Iván con be o con uve provocan errores. «No, no hizo testamento». «Pero si tengo aquí la copia simple». Pero si nadie tiene la copia… Ocurre aproximadamente en uno de cada cien casos, que no es poco.

La herencia sigue siendo tabú en muchas familias. ¿Cómo debería un hijo abordarla con sus padres sin que parezca que espera su muerte?

No lo sé, porque cada uno sabe lo que tiene en casa. Lo que sí puedo decir es que hay que aprovechar los acontecimientos. Si a tu padre le han diagnosticado un cáncer y no se sabe cómo va a acabar, él lo va a estar pensando. No seas pudoroso: sácalo, porque él también lo está pensando. O se ha muerto tu tío y no lo tenía arreglado: eso hay que hablarlo. No a bocajarro, un domingo cualquiera mientras haces la paella (yo soy valenciano). Se trata de ser emocionalmente inteligente.

¿Por qué escribió este libro, y por qué para el ciudadano y no para otros juristas?

Lo escribí, lo vomité, cuando me recuperé de un infarto agudo de miocardio. Fue en el 18; lo escribí en el 20. Y ahora tocaba actualizarlo, porque han cambiado leyes. ¿El motivo? Aportar, sumar. Una sociedad bien informada puede ejercer la democracia sanamente. Y por si acaso se me repite y la casco, voy a escribirlo.

En el despacho, la primera media hora de la reunión es pedagógica. Hay que bajar al estándar lingüístico del cliente y ponerle mil ejemplos, algunos con humor, para que vea las derivadas de lo que se trae entre manos. En el momento en que lo entiende, el resto del trabajo lo hace él y no yo.

¿La vocación por las herencias se la encontró en el camino?

La vocación de ayudar, no; la forma de ayudar, sí. El derecho de sucesiones afecta a las familias, y la familia es el núcleo de nuestras vidas. Son los que más quieres y los que más daño te pueden hacer. Si sufres una decepción con un amigo, se borra. Pero el dolor por la falta de entendimiento con tus hermanos es lo que más nos importa. Ayudar en esas situaciones es muy gratificante. Pasan las horas en reuniones con mis clientes y para mí se detiene el tiempo.

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