En los últimos años parece haberse extendido la idea de que la Transición fue poco menos que un pacto entre las huestes del desaparecido dictador, Francisco Franco, y los partidos de izquierdas, que acordaron repartirse el poder a ratos y aquí paz y después gloria.
No fue así en absoluto. Fue una etapa conflictiva, tragica y sangrienta. Durante esos años, además de los atentados de ETA o del GRAPO, también se sucedieron atentados de la ultraderecha con los que algunos miembros de Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado tenían fuertes conexiones.
En muchos casos contaban con la connivencia o la inacción de jueces, que dejaban de investigar determinadas cosas o que calificaban delitos de una forma que no se correspondían con la realidad.
Uno de ellos, el que todavía pervive, por encima de todos, en la mente de los que vivieron aquello, fue el de Yolanda González, de 19 años, una joven vasca de padres burgaleses, militante del Partido Socialista de los Trabajadores -de orientación trostkista- que fue secuestrada y asesinada la noche del 1 de febrero de 1980 en un descampado de las afueras de Madrid en lo que en la guerra civil se conocía como «dar un paseo».
Un «paseo» que le dio Emilio Hellín Moro, entonces de 32 años, un ultraderechista que, en su versión de ciudadano ejemplar, regentaba una academia llamada Instituto de Estudios Electrónicos, a pocos metros de la Gran Vía Madrileña; en su lado oscuro lideraba el Grupo 41, un comando armado del partido ultraderechista Fuerza Nueva (FN).
Hellín Moro, junto con el estudiante de Químicas, Ignacio Abad, de 21 años, arrancaron a Yolanda de su casa, en el 101 de la calle Tembleque y se la llevaron «para interrogarla». Pero no hubo tal.
El líder de Grupo 41 le disparó dos tiros en la cara, a sangre fría, a una distancia de entre 70 centímetros y un metro y le quitó la vida en décimas de segundo, convencido de que era una terrorista etarra.
El caso tuvo el impacto de una bomba nuclear en la opinión pública, que superó, incluso, el atentado llevado a cabo por ETA esa misma mañana en el País Vasco en el que asesinaron a 6 guardias civiles y en el que dos de sus miembros perdieron también la vida.
Un caso sobre el que Carlos Fonseca acaba de publicar el libro definitivo: «No te olvides de mí. Yolanda González, el crimen más brutal de la Transición».
Es un trabajo consistente y muy bien armado, doy fe.
Fonseca, periodista de investigación y escritor, autor de «Trece rosas rojas», «Mañana cuando me maten» o «Tipos infames», por citar tres de sus ocho libros, relata con precisión lo sucedido contestando con creces a las cinco preguntas clásicas del oficio: qué, quién, cómo, cuándo y por qué, sobre la base de la documentación judicial y policial del asunto y de los testimonios de sus protagonistas.

En tu libro describes al asesino, Emilio Hellín Moro, de la siguiente manera: De mediana estatura y complexión fuerte, con pronunciadas entradas que propiciaban una prematura calvicie y enormes patillas, su apariencia era más bien la de un circunspecto y discreto contable que la de un adalid. Después de escribir sobre él, ¿a qué conclusión has llegado sobre su personalidad?
Es un tipo que había sido seminarista, hijo y hermano de guardia civil… Fui va verle, cuando estaba investigando el libro.
¿Y qué pasó?
Le llamé varias veces. Me dio largas. Así que un día me presenté en la empresa que tiene en Madrid. Fue super amable conmigo. Me pasó al despacho y me dijo: ‘Yo no te voy a hablar de este tema porque de este tema no se ha contado toda la verdad. Y además estoy convencido de que ni siquiera yo la sé’.
Le dije que, después de leer el sumario, había versiones cambiantes suyas y que quería conocer la verdadera. Pero no hubo manera. Pero bueno, tuvo la deferencia de recibirme. Podía haberme mandado a freír espárragos.
Luego estuve con el abogado, José Díaz Echegaray, que lo defendió de oficio. Me dijo, recordando a Hellín: ‘Uf, era un tío tan raro’ .
Hellín Moro y su joven compañero secuestraron a Yolanda en su casa, se la llevaron a un descampado y mirándola a la cara, Hellín le pegó dos tiros en la cara. Eso dice mucho de su personalidad.
Sí, porque lo normal, lo que hacía la extrema derecha, era disparar en las manifestaciones. Y a quien le daban, le habían dado. Pero ir a la casa de la chica, llevársela, interrogarla en el coche, bajarla y a menos de un metro, pegarle dos tiros en la cara, hay que tener un cuajo…
En el libro cuentas que quien le dice a Hellín Moro que Yolanda es de ETA fue David Martínez Loza, jefe de Seguridad de Fuerza Nueva, de 51 años.
Sí, Hellín Moro sostiene que quien le ha pasado esa información ha sido Martínez, y que esa información viene a su vez de un inspector de la Brigada de Información que se llama Antonio y que les han dicho que Yolanda formaba parte de un comando de información de ETA.
¿Tienes claro que la decisión de asesinar a Yolanda González, que nada tenía que ver con ETA, es una decisión de este comando ultraderechista o viene de arriba?
No tengo ninguna certeza. Pero tengo la impresión que la orden vino de más arriba, que no fue una decisión de ellos. A ellos les habían ordenado colocar un ‘petardo’ [bomba] a la empresa que distribuía la revista Interviú. Pero les dijeron, ‘ha habido un cambio de planes’.
El testimonio de Hellín no encaja. ‘Nos dicen que vayamos a interrogarla’, dice. Vale, vamos a suponer que forma parte de un comando de ETA.
Interrogas a una terrorista de ETA y luego, ¿qué haces? ¿Te vas a tu casa? ‘Oye, gracias por la información que nos vamos’. Y la dejas en libertad.
La interrogo yo y luego, ¿qué hacemos con la información? ¿Se la damos a la policía? Si sabes que hay alguien de ETA, que vayan ellos. Es evidente que van a matarla.
Ir a la casa de la chica, llevársela, interrogarla en el coche, bajarla y a menos de un metro, pegarle dos tiros en la cara, hay que tener un cuajo…
Su asesinato me ha recordado el del guardia de asalto, José del Castillo, en julio de 1936. Su crimen provocó la reacción: la muerte del diputado y líder político de la derecha, José Calvo Sotelo, al que también «pasearon». Y después vino la guerra civil. ¿Crees que estaban buscando una cosa de estas?
Es cierto que la extrema derecha estaba metida en un proceso de desestabilización del sistema democrático. Habíamos tenido la ‘Operación Galaxia’, y, un año después, tendríamos el golpe de Estado.
Dentro de ese proceso de desestabilización encajó coger a una chica de 19 años y matarla a sangre fría. Y además, dijeron ‘la matamos porque han asesinado a 6 guardias civiles y esto no se puede consentir’.
A mí esta gente me parecen unos ‘taraos’. Intentar encontrar razonamientos lógicos a estos no conduce a nada. Son patriotas. Todo por la patria.
Yolanda González se inició en las Juventudes Socialistas, luego pasó a la Liga Comunista Revolucionaria y terminó en el Partido Socialista de los Trabajadores. Era vasca pero de origen burgalés; una inmigrante de clase trabajadora. Es cierto que su novio tenía un apellido vasco, Alejandro Arizcun Cela, sobrino carnal de Camilo José Cela. La sensación, leyendo tu libro, es que la pertenencia a ETA que la ultraderecha asumía no es que estuviera cogida con hilos, es que no había hilos.
Sin duda alguna. Ella era vasca y el otro se apedillaba Arizcun. Debieron pensar que dos y dos eran cuatro.
Aunque no lo dices, eres crítico con Ricardo Varón Cobos, el magistrado instructor, titular del Juzgado Central de Instrucción 1 de la Audiencia Nacional, el competente en el caso, que calificó el asesinato de homicidio, al principio.
La causa se abre en febrero y Varón Cobos intenta cerrarla en diciembre, sin que las acusaciones tuvieran ocasión de interrogar a los detenidos.
Dos detenidos que dicen, inicialmente, que Martínez Loza es el que da las instrucciones. Martínez Loza huye. Vuelve cuando le da la gana y cuando regresa, Varón Cobos le hace un interrogatorio de amigo. ‘Oiga, que estos dicen que usted es muy malo, ¿qué le parece lo que dicen?’.
‘Señoría, eso es mentira’. Pero, ¿qué te va a decir? Y no le pregunta que por qué se ha ido.
Y a pesar de que tiene esos testimonios incriminatorios –los de Hellín e Ignacio Abad-, que no quiere decir que sea culpable, le deja en libertad.
Varón Cobos quería cerrar la causa sólo con estos, que confesaron el asesinato. No permitió preguntar a la acusación, y calificó de homicidio porque no sabía si Yolanda, cuando la dispararon, estaba intentando escapar.
Llamé al fiscal del caso varias veces. Le dije que quería hablar con él y me dijo, ‘Uy, no me acuerdo de nada’.
Le contesté que podríamos vernos, que yo le contaba. ‘Como comprenderá, es que hace tanto tiempo, que no me acuerdo de nada’, añadió.

Hay un sujeto que me ha llamado mucho la atención. El policía nacional. El que denuncia todo, cinco días más tarde. Les acompaña a la casa de Yolanda, a la calle Tembleque 101, pero no sube. No está presente en el asesinato.
Juan Carlos Rodas.
Esto ocurre un 1 de febrero de 1980 y él se presenta la tarde del 6 de ese mismo mes ante la Brigada de Información, en la Dirección General de Seguridad, sede hoy de la Comunidad de Madrid, y viene a contar la historia.
Toda la investigación y la instrucción está plagada de irregularidades. Los policías y los jueces de ahora no son como aquellos, los de la Transición.
Después del asesinato, Hellín se va a Vitoria y está con un policía amigo. Y este policía tarda meses en decir que estuvo con él y con otros colegas tomando copas. A los otros ni se los cita. No hay interés.
Este policía de Vitoria finalmente declara por escrito. Se lo manda al juez. Todo el mundo habla de que va acompañado de Emilio y de otra persona. No se hizo ninguna indagación. Ni se le preguntó a Hellín.
En el asesinato utilizaron dos pistolas que tenían borradas los números de serie. Recuperan una y sólo preguntan a la intervención de armas. Le piden al juez que indague sobre si forma parte de las dotaciones oficiales. ‘Que no, que no, que esto demora mucho las investigaciones’, contestó.
¿De quién era el arma identificada? Tampoco se pregunta. Y como eso, un montón de detalles.
No puedes decir que hubo connivencia del juez instructor, pero la instrucción dejó mucho que desear para los estándares del momento.
Desde mi punto de vista, lo que le dijeron a Emilio fue, ‘te hemos pillado no un arsenal de armas, lo siguiente. Te va a caer la del pulpo. Tú verás’
¿Por qué Juan Carlos Rodas, el policía nacional, delata a Hellín?¿Por mala conciencia?
Por mala conciencia, no. Se da cuenta de la envergadura que ha tomado la historia. ‘Si trincan a alguno, voy a terminar saliendo’. Lo mejor es que diga que yo fui allí, a vigilar, porque como decían que era un comando, pues a ver si me entero de algo y se lo digo a mis superiores.
Se muere de miedo, hace un cálculo y lo cuenta a su manera.
Cuando Hellín es interrogado, ‘canta’, confiesa.
Sí, pero le detienen un 7 de febrero y la primera declaración está fechada el 12. 5 días más tarde. ¿Qué pasa el resto de días? No sabemos que ocurre entre medias. Y es una declaración ordenadita, cronológica. Da la sensación de que está pactada.
Pero reconoce que ha asesinado a Yolanda González.
Pero fíjate que hay una diligencia que se pide a la Brigada de Información en la que contesta y dice, que ya al principio de su detención, aunque reconoce que ha sido él, también han sido otros. Es una contradicción.
Hellín reconoce los hechos y la presencia de otros dos hombres, el Chino y un policía en el lugar del crimen. ¿Por qué no constó en el interrogatorio? Y si Hellín dijo que entregó a Yolanda a otros, ¿por qué no lo investigaron?
Desde mi punto de vista, lo que le dijeron a Emilio fue, ‘te hemos pillado no un arsenal de armas, lo siguiente. Te va a caer la del pulpo. Tú verás’.
Él, seguro que pensó que si denunciaba, teniendo en cuenta de que tenía mujer y dos hijos, se le iba a poner todo más cuesta arriba.
La actuación ahí de la Brigada de Información es también muy sospechosa.
La sensación que uno tiene, al terminar el libro, es que el Hellín de 1980 era un ‘venao’. Está en prisión preventiva en la cárcel de Alcalá de Henares y varios meses después organiza una fuga de la prisión con veintitantos presos.
Sirviéndose de ‘pipas’ (armas) que metió en el ‘talego’, sí. Y cuando se le detiene en Madrid, pocas horas después, lleva en el bolsillo una nota que dice ‘Emilio, no habléis, no os preocupéis, arriba España’. Se lo escribió el abogado. Esa nota tampoco se remite al juez.
Y la termina entregando el propio Emilio mucho tiempo después.
En el sumario figura el expediente que se abrió a un montón de funcionarios de prisiones sobre esta fuga masiva, de lo que no se dijo nada. Se expedientó al director, al subdirector, pero se terminó todo soslayado con una sanción porque este fulano se movía por el ‘talego’ como Pedro por su casa.
No se entra en el fondo del asunto y se procesa a todos los que han tomado parte en la fuga, y a la hermana.
Que se supone que es la que ha metido la pistola.
Sí, pero el sumario se pierde durante años. Y cuando aparece, los hechos han prescrito. Con lo cual, aquí paz y después gloria.
El cuñado, también policía. ¿Puedes afirmar rotundamente que…? No lo puedes afirmar pero si analizas los hechos y…

¿Qué opinión tienes del juicio? A Hellín le metieron 43 años de cárcel por el asesinato de Yolanda. En la Audiencia Nacional no fueron suaves con él.
No, no lo fueron. En absoluto. Ni con él ni con Ignacio Abad. Con los cuatro restantes, Félix Pérez, un empleado de banca de 28 años, José Ricardo Prieto, un agente comercial de 43 años, Martínez Loza y Juan Carlos Rodas, que tenía 23 años, fueron más suaves.
A todos ellos les cayeron seis años y al policía, Rodas, tres meses.
A los abogados de la acusación, a José Mariano Benítez de Lugo y a José María Mohedano se lo pregunté. Aquí hay un montón de cosas raras, ¿por qué no se investigó?
Me contestaron, ‘con todas las pegas que nos estaban poniendo, consideramos que teníamos a los autores materiales y que habíamos conseguido llegar hasta el jefe de Seguridad Nacional de Fuerza Nueva. Dijimos, nos quedamos con esto, porque como pretendamos ampliarlo, a lo mejor nos quedamos sin nada. Con lo cual, vamos a condenar a los responsables directos y ya está’.
O sea, que a lo más que pudieron llegar fue a Martínez Loza.
A pesar de que Emilio Hellín, cuando se pone a hablar, les cuenta lo de las compras de armas, les dice que el dinero lo ha obtenido de tal banco, que llamen a fulano de tal, que es quien se las vendió.
¿Hellín empieza a hablar porque se siente abandonado, por parte de Fuerza Nueva?
Claro.
Nadie investiga eso, por lo tanto.
Sí, cuando recurre la sentencia, le obligan al instructor a que indague los datos expuestos por Hellín. Varón Cobos llama al sujeto citado por Hellín, y le hace preguntas del tenor de ‘es cierto que Hellín le compró…”. Y el otro contesta, es absolutamente falso. ¿Qué iba a decir?
Luego ocurre otra cosa. Cuando Martínez Loza se da cuenta de que le van a empitonar, también se desmarca de Fuerza Nueva y entrega al Juzgado una cinta que graba a uno de los de Grupo 41.
‘Oye, pero ¿a ti quién te lo dio? Cuéntame’.
Entonces tanto la Policía, la Guardia Civil, el Ejército, la judicatura, estaban trufados de elementos que no querían la democracia. Era gente connivente
Sonsacando.
Martínez Loza termina diciendo que a él le ha dado la dirección y los datos el director de la Escuela de Formación Profesional donde estudiaba Yolanda.
Y cuenta que la vio en una asamblea dirigiendo el cotarro estudiantil. Y dice, ‘esta hija de puta es de ETA’.
Yo no sé si el director de la Escuela de Vallecas sabe que está facilitando unos datos que van a desembocar en un crimen, puede que no. No lo sé. Yo creo que es el director de la Escuela el que señala a Yolanda, entregando sus datos. El lugar de su nacimiento, el DNI, la dirección de su casa.
Martínez Loza lo entrega al juez. Y no se hace ni una diligencia para conocer la veracidad de esa cita, las circunstancias que la rodean. Y este vuelve a insistir. Luego facilita documentación, incluso hacen un peritaje y demuestra que algunos de los documentos escritos son del director del Centro. Pero tampoco se hace nada.
¿Tú crees que si se repitiera un caso como el de Yolanda en nuestros días habría este nivel de connivencia policial y judicial?
No. Entonces tanto la Policía, la Guardia Civil, el Ejército, la judicatura, estaban trufados de elementos que no querían la democracia. Era gente connivente.
Hellín fue condenado a 43 años y cumplió 14. La explicación es que el Código Penal de 1973 permitía redimir condena mediante el trabajo. Hoy sería difícil de explicar que un ultraderechista mate a sangre fría a una joven de 19 años y que 7 años después, en un permiso de fin de semana huya a Paraguay. ¿O tal vez sí?
Eso también fue raro. Se intentó abrir un procedimiento al juez de Vigilancia Penitenciaria de Zamora.
Es que había antecedentes. Los periódicos hablan de que había tratado de fugarse antes también.
Otra vez la connivencia del sistema.
Lerdo de Tejada se fuga con otro permiso. Es que hay un montón de gente de ultraderecha que se fuga aprovechando permisos. Yo también creo en la reinserción, pero habría que darle un poquito de tiempo. Sobre todo cuando tienes por delante una condena muy grande.

El tipo huye a Paraguay, con su familia, y con ayuda de sus amigos. Pero con tan mala suerte de que el dictador, Alfredo Stroessner, en el poder desde 33 años atrás, es derrocado dos años después, en 1989, y huye a Brasil. Se queda sin protección.
Cuando estuve en Asunción descubrí que allí tienen el archivo del terror, que es el archivo que incautaron a la policía de Stroessner. Se encuentra en la Corte Suprema. Han hecho una base de datos digitalizada a la que puede acceder cualquiera. La gente encantadora. A base de meter nombres, empecé a sacar ultraderechistas que habían llegado allí con el beneplácito del dictador.
Allí tenía una delegación Fuerza Nueva. Los ultraderechistas iban con cartas de recomendación.
En Paraguay estuvo Mengele, no lo olvidemos. Esta gente se iba a países como Paraguay, Chile. Argentina… Donde había dictaduras anticomunistas.
Toda esa documentación, con todos los nombres, está en abierto. Es de libre acceso. Vete aquí a consultar al Archivo Histórico Nacional a consultar algo de la Brigada Político Social…
Cuando se fue Stroessner, Hellín decidió quedarse. Pero cometió un error. El sentido de la impunidad. Dio una conferencia sobre ofimática, de lo que era experto, que se publicó en un periódico con una foto suya. Ahí lo reconocen. Llaman a José Luis Morales, de Interviú, y se publica en España.
Entrevistaste al abogado que se opuso a la extradición. ¿Cuánto tiempo la demoró?
Un año.
¿Y durante ese tiempo estuvo en prisión o en libertad?
Estuvo detenido , pero no en la prisión de Tucumán. Estuvo casi todo el tiempo en una comisaría de Asunción.
O sea, que sus amigos de ultraderecha de la policía siguieron protegiéndole.
Un régimen no cambia de la noche a la mañana. Ayer éramos de Stroessner y hoy, 24 horas después, somos demócratas. Luego, al final, lo llevaron a la prisión de Tucumán. Y tuvo que ver la alta política.
Los Reyes de España tenían prevista una visita y el nuevo presidente quería lavar la cara a su país.
Cuentas que en 2013 nuestro amigo, José María Irujo, en El País, revela que se ha cambiado el nombre y que se llama Luis Enrique. Y luego nos enteramos que desde 2006 el Ministerio del Interior socialista lo contrata como formador para la Policía Nacional y la Guardia Civil.
No tiene explicación. Cuando la familia de Yolanda viene aquí y se ve con el ministro de Interior del PP, Jorge Fernández, éste les dice que ‘este muerto es de los de antes’.
Pero tampoco les da más explicaciones. No les entrega ni un papel. Sólo cuatro datos sobre el dinero que le han pagado en los últimos años. Pero nadie sabe explicarles cómo un fulano que ha estado implicado en un asesinato como ese, que sí, que ha cumplido su pena, y tiene derecho a rehacer su vida, pero ¡que termine de instructor de la Policía Nacional, de la Guardia Civil, de la Ertzaintza y de los Mossos d’Esquadra! Eso son palabras mayores.
Canta un poco, ¿no? Que sea perito, pues muy bien, pero que trabaje para el Ministerio del Interior… Y no hubo contestación.
Han habido cien mil historias, escritos… Nadie ha contestado. Ahí se ha quedado.
¿Has hablado con los padres de Yolanda?
He hablado con la hermana. El padre está muy enfermo y la madre murió de Alzheimer.
La herida sigue estando ahí, ¿verdad?
Se echan a llorar cuando hablan de ella. Han sufrido mucho. Y siguen sufriendo todavía hoy.