La imagen es ineludible: vastas extensiones de infraestructura, desde carreteras y ferrocarriles hasta puertos y presas, emergen a lo largo y ancho del continente africano y el corazón de Asia Central.
La pregunta, «¿Por qué África está llena de puentes chinos?», se alza no solo como un punto de partida, sino como el epítome de una de las dinámicas geopolíticas más trascendentales de nuestro tiempo: la formidable expansión de la infraestructura china en el extranjero.
Este fenómeno, a menudo simplificado, es en realidad la manifestación más tangible del «hardware power» de China, una estrategia que va mucho más allá de la mera influencia cultural o diplomática para redefinir el equilibrio de poder global.
El «hardware power» es la columna vertebral de la estrategia de Beijing: una inversión deliberada y a gran escala en infraestructura física en el extranjero, utilizando activos tangibles para alcanzar objetivos geopolíticos y geoeconómicos.
Lanzada formalmente en 2013 con la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), esta ambiciosa empresa global busca invertir en infraestructura en más de 150 países y organizaciones internacionales.
No hablamos solo de puentes; la BRI abarca centrales eléctricas, ferrocarriles, autopistas, puertos e infraestructura de telecomunicaciones.
La escala es sobrecogedora: desde 2013, el compromiso acumulado de China a través de la BRI ha ascendido a la asombrosa cifra de 1.175 billones de dólares. Solo en 2024, la BRI generó 70.700 millones de dólares en contratos de construcción y aproximadamente 51.000 millones de dólares en inversiones.
Esta inversión empequeñece los esfuerzos occidentales; entre 2013 y 2021, la inversión china en infraestructura global fue de 679.000 millones de dólares, frente a los 76.000 millones de dólares de Estados Unidos en sectores clave en el mismo período.
OMNIPRESENCIA DE CHINA EN ÁFRICA
La omnipresencia de China en África es particularmente reveladora: participa en proyectos de infraestructura en 35 países, y su inversión se estima en 2.5 veces mayor que la de todos los países occidentales combinados.
En Asia Central, la situación es similar, con al menos 112 proyectos financiados por China desde el lanzamiento de la BRI, impulsando principalmente el transporte y la conectividad.
Esta expansión no es un acto de filantropía desinteresada; es una estrategia sofisticada y dirigida por el Estado para reconfigurar la geografía económica global, colocando a China en su epicentro.
La brecha de infraestructura global, estimada en más de 40 billones de dólares, ha sido una oportunidad estratégica clave que China ha sabido explotar con una disposición y capacidad inigualables para invertir rápidamente y a precios competitivos.
Este «hardware power» no opera en el vacío; es el corazón de una competencia geopolítica global, especialmente con las potencias occidentales. Los proyectos de infraestructura se han transformado en arenas cruciales de rivalidad por la influencia, el establecimiento de estándares y la configuración de futuras alineaciones económicas y políticas.
«China ha superado al Banco Mundial como el mayor acreedor oficial a nivel mundial, y las investigaciones sugieren que aproximadamente el 50% de los compromisos de préstamos oficiales de China a países en desarrollo no se informan en las estadísticas de deuda, creando una ‘deuda oculta’ que ascendía a más de 200.000 millones de dólares a finales de 2016».
MOTIVACIONES DE CHINA
Las motivaciones de China son multifacéticas, abarcando desde la seguridad energética y el acceso a materias primas hasta la expansión de su influencia política y geoeconómica.
El control de las empresas chinas sobre las concesiones en puertos africanos y su gestión logística militar son ejemplos claros de cómo el desarrollo económico puede servir a fines de doble uso, con el Puerto de Doraleh en Yibuti, que alberga la primera base militar china en el extranjero, como el ejemplo más palmario.
La BRI también resuelve un problema interno: el exceso de capacidad industrial de China en sectores como el acero y el cemento, estimulando la demanda de estos bienes excedentes y asegurando el empleo para empresas chinas a través de la estipulación de que contratistas y materiales chinos sean utilizados en proyectos financiados con préstamos chinos.
Sin embargo, el modelo de financiación chino, fuertemente dependiente de préstamos de gobierno a gobierno y a menudo opaco, ha generado serias preocupaciones sobre la sostenibilidad de la deuda.
China ha superado al Banco Mundial como el mayor acreedor oficial a nivel mundial, y las investigaciones sugieren que aproximadamente el 50% de los compromisos de préstamos oficiales de China a países en desarrollo no se informan en las estadísticas de deuda, creando una «deuda oculta» que ascendía a más de 200.000 millones de dólares a finales de 2016.
Esta falta de transparencia dificulta la evaluación precisa de la carga de la deuda para los países receptores y otras instituciones financieras internacionales. Además, los préstamos chinos suelen garantizarse mediante los ingresos por exportaciones de productos básicos o los ingresos de los proyectos financiados, lo que, en caso de impago, puede traducirse en un control económico directo y un apalancamiento sobre activos estratégicos, como se vio con el puerto de Hambantota en Sri Lanka.
Esto no es un mero tecnicismo financiero; es una estrategia deliberada para maximizar el apalancamiento de China, aumentar la vulnerabilidad del país receptor y afianzar su dependencia económica a largo plazo.
Para los países africanos y centroasiáticos, la dualidad de los impactos es innegable. Si bien los proyectos de infraestructura china han impulsado el crecimiento económico, mejorado la conectividad y creado empleo a corto plazo, también han contribuido a una deuda insostenible.
Más de dos docenas de países deben ahora más del 10% de su PIB a acreedores estatales chinos. El cambio, donde China ahora recauda más en reembolsos de deuda de lo que extiende en nuevos préstamos, amenaza el gasto crítico en salud, educación y reducción de la pobreza. Esto implica que, si bien los países receptores obtienen infraestructura vital, pueden estar intercambiando el desarrollo a corto plazo por una fragilidad financiera a largo plazo y una mayor dependencia de China.
OCCIDENTE LLEGA TARDE «A ESTA FIESTA»
Frente a esta marea, Occidente ha lanzado iniciativas como la Partnership for Global Infrastructure and Investment (PGII) del G7 y la Global Gateway de la UE, con el objetivo de ofrecer alternativas «impulsadas por valores, de alto nivel y transparentes».
Sin embargo, a pesar de estas loables intenciones, Occidente sigue llegando «tarde a esta fiesta» y lucha por igualar la velocidad, el menor costo y la voluntad de China de operar con menos condicionalidades.
La brecha cuantitativa en la inversión sigue siendo significativa, lo que significa que para muchos países en desarrollo, China sigue siendo la opción más viable y, a menudo, la única para la financiación de infraestructura a gran escala.
En última instancia, la estrategia de China no se limita al «hardware power»; es una manifestación de «smart power», una sinergia deliberada de poder duro y poder blando.
La infraestructura física proporciona pruebas concretas que respaldan la narrativa de China como un «buen vecino» y un «líder global responsable», un contraste sutil pero efectivo con el legado colonial de Occidente.
Esta estrategia integrada, donde los proyectos de infraestructura amplifican el poder blando y el control narrativo de China, hace que las críticas occidentales, a menudo centradas en la transparencia o la deuda, sean difíciles de calar si los beneficios inmediatos y tangibles de la infraestructura son claramente visibles y constantemente promocionados por el vasto aparato de diplomacia pública de China.
En el gran tablero geopolítico, la inversión china en infraestructura no es meramente una transacción económica; es una geoingeniería global que reconfigura las cadenas de suministro, los puntos de estrangulamiento estratégicos y, en última instancia, el equilibrio de poder. La pregunta ya no es solo por qué África está llena de puentes chinos, sino qué futuro están construyendo esos puentes.