Opinión | Bambi contra Godzilla

Jorge Carrera. abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional analiza el resultado de la cumbre EE.UU.-Rusia que han protagonizado los presidentes Donald Trump y Vladimir Putin, con Ucrania sobre el tapete. Una cumbre que ha dejado esta idea expresada por el conocido politólogo estadounidense John Mearsheimer. Foto: EP.

17 / 08 / 2025 00:31

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El pasado jueves, el juez Andrew Napolitano publicó en su canal de YouTube una entrevista al reconocido politólogo John Mearsheimer.

El afable y siempre irónico profesor se refirió a las últimas declaraciones de Trump sobre la guerra de Ucrania y, a propósito de su reflexión, afirmó: «I mean, you just have to understand that this is amateur hour, right? I mean, you put Vladimir Putin up against Donald Trump and, again, it’s Bambi versus Godzilla. You just have to understand that».

Es decir: «Hay que entender que esto es cosa de aficionados. Es como enfrentar a Vladimir Putin con Donald Trump: Bambi (Trump) contra Godzilla (Putin). Hay que entenderlo».

Y ciertamente, lo que acabamos de ver en Anchorage es sin duda digno de la punzante reflexión de Mearsheimer.

Trump recibió a Putin en la misma pista de la base aérea, con alfombra roja y un apretón de manos visible para las cámaras, en un marco altamente coreografiado. El gesto incluyó breves palmadas en el brazo y el traslado inmediato hacia el recinto de la cumbre dentro del complejo militar.

Es un protocolo pensado para mostrar control del anfitrión y, a la vez, cierta cercanía personal entre los dos líderes.

Tras casi tres horas de reunión y las declaraciones de rigor sobre lo “productivo” del encuentro, ninguno de los dos ofreció detalle alguno que permita pensar en una salida al conflicto que no pase por el campo de batalla.

En el plano sustantivo, Trump situó como prioridad un alto el fuego “rápido” y dejó abierta una cumbre trilateral si hubiera avances mínimos. Putin volvió a sus líneas rojas: garantías de seguridad para Rusia, freno a la vía OTAN para Ucrania y el estatus de los territorios ocupados, aspectos que Kiev rechaza. No hubo calendario ni mecanismo de verificación anunciado.

«La cumbre en sí misma fue la victoria más significativa para el Kremlin. Rompió de manera espectacular el aislamiento diplomático y económico que Occidente había intentado imponer a Rusia desde la invasión de 2022».

TRUMP Y PUTIN NO PUEDEN RESOLVER SOLOS EL CONFLICTO DE UCRANIA

La conclusión es cruda: ni Trump ni Putin pueden hoy por hoy resolver solos el conflicto. Sin Kiev, Bruselas y una opinión pública que hoy no dominan, será el campo de batalla quien dicte los próximos capítulos.

Pero la cumbre no puede entenderse sin su contexto de política interna estadounidense.

La prueba más clara de ello fue el envío de un correo electrónico de recaudación de fondos por parte de la campaña de Trump mientras se desarrollaba la reunión a puerta cerrada, con el lema «¡Nadie en el mundo sabe cómo hacer tratos como yo!».

Este acto demostró que la cumbre era tanto un evento de política exterior como una plataforma de campaña. Incluso sus adversarios políticos reconocieron el potencial. Hillary Clinton llegó a decir que nominaría a Trump para el Premio Nobel de la Paz si lograba un acuerdo que pusiera fin a la guerra sin que Ucrania tuviera que ceder territorio, un comentario que el propio Trump recibió con agrado, mostrando ser consciente del capital político en juego.

Para Moscú, el encuentro no fue estéril: Putin capitalizó la cita en términos políticos.

El principal objetivo de Putin se alcanzó en el momento en que el Air Force One de Trump aterrizó en Alaska.

La cumbre en sí misma fue la victoria más significativa para el Kremlin. Rompió de manera espectacular el aislamiento diplomático y económico que Occidente había intentado imponer a Rusia desde la invasión de 2022.

La imagen de Putin siendo recibido con honores en suelo estadounidense y negociando cara a cara con el presidente de EE.UU. invalidó fundamentalmente la narrativa de que Rusia era un «estado paria».

Para el Kremlin, el proceso de la cumbre fue el premio. Validó el estatus de Rusia como una gran potencia indispensable con la que Estados Unidos debe negociar directamente, socavando así toda la política occidental de aislamiento y seguridad colectiva.

FISURAS EN LA ALIANZA OCCIDENTAL

Un objetivo estratégico más sutil, pero igualmente crucial, fue explotar y profundizar las fisuras dentro de la alianza occidental. Como analizaron expertos del Carnegie Endowment for International Peace, una de las metas principales de Putin era crear una brecha entre Washington y sus aliados en Kyiv y Europa.

Al negociar directamente con Trump y plantear temas divisivos como las concesiones territoriales, Putin buscaba aprovechar las diferencias de percepción y urgencia entre Estados Unidos y Europa.

El temor europeo a un acuerdo a sus espaldas era precisamente el resultado que el Kremlin esperaba fomentar. Un Occidente dividido sería menos capaz de mantener una presión unificada sobre Moscú, lo que le daría a Rusia una mayor libertad de maniobra tanto en el campo de batalla como en la mesa de negociaciones.

Quizás la consecuencia más profunda y a largo plazo de la cumbre de Anchorage es su contribución al intento de normalización de un modelo de política internacional del siglo XIX, donde las grandes potencias determinan bilateralmente el destino de naciones más pequeñas. Algo sin duda deseado no solo por Putin, sino por China y sin duda por Trump.

Este enfoque, basado en esferas de influencia, socava el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, fundamentado en la seguridad colectiva, el derecho internacional y la soberanía de los estados, principios consagrados en la Carta de la ONU.

Así pues, el impacto duradero de Anchorage podría no sentirse tanto en las líneas del frente del Donbás, sino en los cimientos mismos del sistema global, señalando un posible giro desde un orden basado en reglas hacia un concierto de potencias con implicaciones profundamente desestabilizadoras para la seguridad mundial.

Entre tanto, la promesa de una futura cumbre trilateral, aunque es el siguiente paso lógico en la narrativa de Trump, sigue siendo una perspectiva incierta, dependiente de una resolución diplomática que el encuentro en Alaska dejó tan lejana como siempre.

En cualquier caso, justo al bajar el telón, Putin nos recordó a todos que siempre nos quedará Moscú.

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