Esta mañana ha muerto, a los 79 años, Andrés de la Oliva Santos, catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Complutense de Madrid y una de las figuras más sólidas y respetadas del Derecho español.
Su fallecimiento pone fin a una carrera que combinó el rigor académico, el compromiso institucional y la defensa de los principios esenciales del Estado de Derecho.
Nacido en Madrid en 1946, se licenció y doctoró en Derecho en la Universidad de Navarra, donde comenzó a forjar una trayectoria marcada por la excelencia. En 1974 ganó por oposición la plaza de profesor agregado de Derecho Procesal en la Universidad Complutense, y dos años después accedió a la cátedra en la Universidad de Santiago de Compostela.
Pasó también por las universidades de Zaragoza y Alcalá de Henares antes de regresar definitivamente a la Complutense en 1984, donde ejerció la docencia hasta su jubilación.
De la Oliva fue un reformador del proceso civil español. Su nombre quedó vinculado a la Ley 1/2000, de 7 de enero, de Enjuiciamiento Civil, en cuya fase preparatoria participó activamente como experto.
Aquella norma —que sustituyó a la de 1881— supuso un cambio estructural en la justicia civil, introduciendo principios como la oralidad, la concentración de actos procesales y una visión más moderna de la tutela judicial efectiva.
Entre 1990 y 1996 fue vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), donde defendió con firmeza la independencia de los jueces y la necesidad de modernizar la administración de justicia. También dirigió el Departamento de Derecho Procesal de la Complutense entre 1996 y 2008, etapa en la que consolidó una escuela de pensamiento jurídico reconocida dentro y fuera de España.
Autor de más de 180 publicaciones, su “Curso de Derecho Procesal Civil” se convirtió en manual de referencia para generaciones de estudiantes y profesionales. Abordó con precisión temas como la cosa juzgada, la prueba o el acceso a la jurisdicción, siempre desde un enfoque técnico, claro y útil.
Su producción académica se complementó con conferencias en Italia, Francia y América Latina, donde era considerado un procesalista de referencia.
Más allá de la Academia, De la Oliva fue un jurista con voz propia. Desde su blog “Por Derecho”, analizó la actualidad judicial y universitaria con una mezcla de erudición, ironía y sentido crítico.
Su escritura —directa, argumentada y sin concesiones— reflejaba la misma independencia intelectual que guiaba su vida profesional. En 2006 publicó Días libres, un libro de poesía que mostraba su vertiente más personal.
Recibió, entre otros reconocimientos, el Premio del Colegio de Abogados de Madrid a la excelencia académica y fue académico correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.
Sus alumnos y colegas lo definen como un profesor exigente, brillante y honesto, comprometido con el rigor metodológico y con la idea de que el Derecho debía estar siempre al servicio de la justicia.
Andrés de la Oliva representó una forma de entender la universidad como espacio de libertad y responsabilidad. Su legado perdura en sus libros, en sus discípulos y en una concepción del Derecho procesal que sigue marcando la práctica jurídica actual.