Colombiana de nacimiento, española y catalana por decisión propia, Érika Torregrossa es el «alma mater» de Diplocorp, consultora especializada en diplomacia corporativa que asesora a empresas e instituciones en sostenibilidad, derechos humanos, diligencia debida y reputación, integrando ética y estrategia para generar impacto social positivo. Foto: Confilegal.

Érika Torregrossa, Diplocorp: tender puentes como método, la diplomacia corporativa como propósito

30 / 12 / 2025 00:33

Actualizado el 31 / 12 / 2025 00:25

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Por momentos, Érika Torregrossa habla como jurista; en otros, como funcionaria vocacional; y, casi siempre, como alguien que cree profundamente en la idea de puente. Puente entre territorios, entre sectores, entre empresa y derechos humanos.

No es una metáfora casual: es el eje de su trayectoria vital y profesional.

Socia directora de Diplocorp, consultora especializada en diplomacia corporativa, Torregrossa ha convertido la ética, la sostenibilidad y la diligencia debida en herramientas estratégicas para empresas e instituciones que quieren operar —y perdurar— en un entorno cada vez más exigente.

Pero antes de llegar ahí, hubo un recorrido largo, personal y político, que explica el porqué de su mirada.

El puente Madrid-Barcelona: normalizar, no sanar

La conversación arranca con uno de los proyectos que mejor simbolizan su forma de entender las relaciones institucionales: el Puente Madrid-Barcelona, un foro concebido para reconectar dos ecosistemas que nunca dejaron de necesitarse, pero que durante años convivieron desde la desconfianza.

“El puente Madrid-Barcelona es un vehículo para unir y recoger relaciones entre sectores muy diversos”, explica. Empresas catalanas con presencia en Madrid, organizaciones madrileñas con fuerte implantación en Cataluña, el sector jurídico, el cultural, la administración pública. “No solo a nivel empresarial, también jurídico, cultural e institucional”.

El término “sanar” no le convence. Prefiere hablar de normalizar. Reconocer que hubo fracturas —especialmente tras el «procés»—, pero también asumir que el desarrollo económico de un territorio no se entiende sin el otro. “No se puede concebir Madrid sin las empresas catalanas, ni el progreso de Cataluña sin inversiones que también provienen de Madrid”.

Tras dos ediciones y una tercera en preparación, el puente se ha consolidado como un espacio de sinergias reales. La presencia de figuras como el ministro de Industria y Turismo, Jordi Hereu, en la primera edición reforzó ese mensaje: tender puentes no es ingenuidad, es diplomacia.

Erika Torregrossa creó el puente Madrid-Barcelona, a través de Diplocorp, para reconectar dos sistema que nunca dejaron de necesitarse. Foto: Confilegal.

Diplomacia corporativa: más allá de las relaciones públicas

Ese concepto —diplomacia corporativa— es el núcleo de su proyecto empresarial y, probablemente, su principal aportación conceptual. Torregrossa es tajante: no se trata de relaciones públicas ni de lobby tradicional.

“La diplomacia corporativa es el puente entre las organizaciones, las empresas y los derechos humanos”, afirma. Se construye con diálogo, escucha, ética y transparencia, pero con una condición irrenunciable: generar impacto social positivo.

Diplocorp ha nacido precisamente de esa convicción. Una consultoría que acompaña a empresas y entidades públicas en la gestión de relaciones institucionales, reputación corporativa, estrategias ESG y procesos de diligencia debida, alineados con la Agenda 2030 y los estándares internacionales.

¿Negocio o vocación?

La pregunta es inevitable: ¿dónde termina la vocación y dónde empieza el negocio?

Torregrossa no esquiva la cuestión. Reconoce que hay clientes, que hay actividad económica y que no se trata de filantropía. Pero insiste en que el motor no es el ánimo de lucro. “No lancé este proyecto para ganar dinero. Lo hice para construir algo que perdure y que tenga impacto”.

Su trayectoria avala esa afirmación. Funcionaria de dos cuerpos —entre ellos, el de instituciones penitenciarias—, con una carrera sólida en la administración pública, podría haber optado por la comodidad. Sin embargo, decidió dar el salto. Un salto que ella misma define como un acto de fe.

El punto de inflexión llegó en diciembre de 2023, cuando recibió en la misma semana el Premio de Derechos Humanos y el reconocimiento como colombiana destacada del año. “Lo interpreté como una señal. Como si mi origen y mi trayectoria vital se unieran para decirme que tenía que hacer algo más”.

Su «secreto» –que no lo es, afirma– está compuesto de tres cosas muy simples: paciencia, prudencia y perseverancia. Así de simple y así de difícil. Foto: Confilegal.

Cumplimiento, reputación e impacto social

Su visión de la diplomacia corporativa se sostiene sobre tres pilares muy concretos.

El primero es el cumplimiento normativo, especialmente en materia de diligencia debida. Torregrossa trabaja activamente en la divulgación de las directivas europeas que obligan a las empresas a respetar los derechos humanos y el medio ambiente en toda su cadena de valor, también cuando operan fuera de Europa.

“Las empresas latinoamericanas que quieran operar en Europa deben cumplir estos estándares, y las europeas no pueden mirar hacia otro lado con sus proveedores”, afirma.

El segundo pilar es la reputación. Para ella, es el patrimonio más valioso de personas y organizaciones. “La reputación te puede encumbrar o te puede hundir”, subraya.

No se construye con campañas, sino con políticas internas coherentes: condiciones laborales dignas, respeto a los derechos, entornos saludables. Lo interno siempre acaba proyectándose hacia fuera.

El tercer pilar es el impacto social: “Hoy el éxito empresarial ya no se mide solo en beneficios”.

Se mide en percepción social, en legitimidad, en contribución al bien común. De ahí la importancia de la responsabilidad social corporativa y de los criterios ESG, entendidos no como marketing, sino como estructura.

Una biografía atravesada por la escucha

La capacidad de escuchar aparece una y otra vez en su relato. La aprendió en la función pública, en la política y también en lo personal.

Llegó a Cataluña con 13 años, procedente de Colombia, en un contexto complejo. Se esforzó por integrarse, aprender el catalán, no parecer diferente. “El idioma es un puente”, asegura.

Nieto de un abogado catalán exiliado tras la Guerra Civil, hija de una familia marcada por el arte, el derecho y el compromiso, Torregrossa entiende la vida como un ciclo. Ida y regreso. Generaciones que se completan unas a otras.

Esa biografía explica su obsesión por conectar mundos que no siempre dialogan: empresa y derechos humanos, economía y ética, Madrid y Barcelona.

Cuando se le pide que revele su fórmula «secreta» para construir diplomacia corporativa —y, en realidad, casi cualquier proyecto con sentido—, responde con una sonrisa. «No es secreta. Se necesitan solo tres cosas: paciencia, prudencia y perseverancia. Nada más».

Y nada menos. Es su método. Y funciona.

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