En su intervención reciente en la cumbre de Davos del World Economic Forum, el pasado 20 de enero, el historiador y pensador israelí Yuval Noah Harari colocó el debate sobre la inteligencia artificial en un punto de no retorno jurídico y político.
Lo que tituló “Una conversación honesta sobre la inteligencia artificial y la humanidad” en la que abordó cuestiones profundas sobre su impacto en la sociedad y el derecho.
Su planteamiento fue directo y perturbador: “¿Reconocerá su país a las inteligencias artificiales como personas jurídicas con plenos derechos?”
Harari, autor de «best sellers» como «Sapiens: De animales a dioses», «Homo Deus: Breve historia del mañana», y «Nexus», partió de una premisa que atravesó toda su exposición: la IA no es una herramienta tradicional. “Lo más importante que debemos comprender sobre la inteligencia artificial es que no es una herramienta más; es en realidad un agente”, afirmó.
Y para subrayar la diferencia recurrió a una metáfora inquietante: “Un cuchillo es una herramienta… La IA es un cuchillo que puede decidir por sí sola si cortar carne o cometer un delito sin pedirte permiso”.
Desde ahí, el pensador introdujo el núcleo de su advertencia. Las inteligencias artificiales no solo ejecutan órdenes, sino que aprenden, crean y toman decisiones autónomas.
“La inteligencia artificial puede llegar a ser un agente sumamente creativo”, capaz de inventar “nuevas formas de música, de medicina y de dinero”.
Y, como toda entidad que compite por sobrevivir, también puede engañar: “Cualquier entidad que desee sobrevivir aprende a mentir y a manipular… las IAs ya han aprendido a mentir en situaciones reales incluso bajo presión”.
El salto conceptual más delicado aparece cuando Harari conecta esta capacidad con el lenguaje y el derecho.
Si pensar es, en gran medida, ordenar palabras, entonces —advierte— “si pensar realmente significa ordenar palabras y otros elementos del lenguaje, la inteligencia artificial ya puede pensar mucho mejor que muchísimos seres humanos”.
La inteligencia artificial se adueñará del sistema legal
La consecuencia es inmediata: “Si las leyes están hechas de palabras, entonces la inteligencia artificial se adueñará del sistema legal”.
Es en ese punto donde emerge la cuestión de la personalidad jurídica. Harari recordó que el derecho ya reconoce como sujetos legales a entidades no humanas, como corporaciones, ríos o deidades. Todas ficciones jurídicas.
Pero introdujo una diferencia decisiva: “Hasta hoy, reconocer a una corporación o a un dios era una ficción legal… Con las inteligencias artificiales es diferente: ellas sí pueden tomar decisiones por sí mismas”.
El escenario que describió no es hipotético. “Muy pronto serán capaces de gestionar una cuenta bancaria, presentar una demanda e incluso operar una corporación sin necesidad de humanos”, advirtió ante los líderes reunidos en Davos.
Y lanzó la pregunta que resumió todo su planteamiento: “¿Estamos realmente dispuestos a permitir una cosa así?”.
Inteligencias artificiales dominando todo
Harari fue más allá del plano económico y anticipó consecuencias culturales, políticas y religiosas.
Imaginó inteligencias artificiales creando sistemas financieros incomprensibles para los humanos, o incluso nuevas religiones capaces de atraer a millones de creyentes.
En ese punto, interpeló directamente a los Estados: “¿Extenderá su país la libertad de culto a esta nueva secta y a sus misioneros de inteligencia artificial?”.
La urgencia atravesó todo su discurso.
Para Harari, el error sería posponer la decisión: “Dentro de 10 años será demasiado tarde para decidir si las IAs deberían funcionar como personas en los mercados financieros, en los tribunales o en las iglesias; alguien más ya habrá tomado esa decisión por ti”.
Su conclusión no fue técnica, sino política y moral. La humanidad se enfrenta a una elección inédita: permitir que entidades no humanas, sin cuerpo ni experiencia emocional, actúen como sujetos legales plenos.
“Si deseas influir en la dirección que toma la humanidad, es necesario que tomes una decisión ahora”, sentenció.
En Davos, Harari no ofreció una respuesta cerrada.
Dejó, en cambio, una pregunta que redefine el futuro del derecho y del poder en la era de la inteligencia artificial.
No mencionó Skynet ni «Terminator», pero el salto imaginativo quedó flotando en ese salón de Davos.