El 30 de abril de 1789, en el balcón del Federal Hall de Nueva York, un hombre de 57 años juraba el cargo que inauguraba la historia presidencial de Estados Unidos.
Vestía un traje marrón de paño americano, llevaba una espada al cinto y proyectaba la gravedad que se esperaba del primer mandatario de una nación recién nacida.
Lo que pocos de los presentes sabían —o preferían no comentar— es que, tras esos labios apretados, George Washington apenas conservaba un diente natural.
No fue una anécdota menor ni un capricho biológico aislado. Fue el desenlace de casi tres décadas de un deterioro dental implacable que había comenzado cuando Washington rondaba los veinte años y que lo acompañó, cada vez más agresivo, hasta la Casa de Gobierno.

Una boca en ruinas
Los historiadores que han reconstruido el historial médico de Washington —a partir de sus propias cartas, de los registros de sus dentistas y de las prótesis conservadas en Mount Vernon— coinciden en que la caries no fue, ni de lejos, la causa principal de aquella pérdida.
El cuadro es más complejo: una enfermedad periodontal crónica que fue minando las encías y el hueso que sostenía cada pieza; el uso reiterado de calomelanos, un compuesto de mercurio recetado en la época para tratar desde la disentería hasta la simple indigestión, con un efecto corrosivo severo sobre dientes y tejido bucal; y un hábito tan cotidiano como dañino, el de partir nueces y huesos de fruta directamente con la dentadura.
El resultado fue una sangría silenciosa. Washington perdió su primer diente antes de cumplir los veinticinco años.
Para cuando comandaba el Ejército Continental durante la Guerra de Independencia, ya recurría a dentistas de campaña y a incómodas prótesis improvisadas.
El día de su investidura como presidente, la cifra había llegado a su extremo: un solo diente natural, un premolar inferior, sostenía por sí solo el peso simbólico de la primera gran sonrisa presidencial de la historia estadounidense.

El mito de la madera y la verdad, más incómoda
Durante generaciones circuló la idea de que Washington llevaba dentaduras de madera. Es falso, aunque comprensible: el marfil de las prótesis, con el roce constante y las manchas de vino y té, adquiría un tono oscuro y una textura agrietada que a simple vista podía confundirse con la veta de la madera.
La realidad documentada es distinta y bastante más incómoda desde la mirada actual. Las dentaduras que Washington usó a lo largo de su vida combinaban marfil de hipopótamo y de elefante, metal, y dientes humanos genuinos, engarzados sobre una base de metal o hueso tallado.
Algunos de esos dientes procedían de compra directa a otras personas; los registros de Mount Vernon documentan pagos por dientes que, según el consenso historiográfico actual, salieron con alta probabilidad de la boca de personas esclavizadas en su propia plantación.
A lo largo de su vida, sus dentistas le fabricaron numerosas dentaduras postizas, aunque muchas le resultaban incómodas.

Su dentista de confianza se llamaba John Greenwood
Solo uno consiguió elaborar una prótesis que podía llevar con cierta comodidad: John Greenwood, quien se convirtió en su dentista de confianza.
Greenwood le confeccionó cuatro dentaduras con dientes tallados en marfil de hipopótamo y elefante, sujetos a una estructura de oro provista de resortes que mantenían unidas las piezas superiores.
Washington no podía desplazarse a Nueva York, donde John Greenwood tenía su consulta, debido primero a sus responsabilidades como general y después como presidente. Por ello, se veía obligado a enviar sus dentaduras por correo para que el odontólogo las reparara o ajustara.
En ocasiones, el propio Washington realizaba pequeños arreglos. En las cartas que enviaba a Greenwood explicaba los problemas que padecía y le solicitaba herramientas para ajustar las prótesis, raspadores para limpiarlas y tenazas con las que sujetar los alambres.
Incluso llegó a pedirle material para tomar una impresión de su boca y poder fabricar una nueva dentadura.
Cuando fue elegido primer presidente de Estados Unidos, en 1789, únicamente conservaba un diente natural. Durante sus dos mandatos utilizó varias dentaduras confeccionadas por Greenwood.
En su segunda toma de posesión pronunció un discurso inaugural de apenas dos párrafos, posiblemente debido a las molestias que sufría en la boca.
Es una faceta que la historiografía más reciente ya no elude y que complica, y mucho, el retrato idealizado del primer presidente.
Una presidencia ejercida con mucho dolor
El impacto no se quedó en lo anecdótico. Las prótesis que Washington usó como presidente —construidas por el dentista franco-estadounidense Jean-Pierre Le Mayeur, entre otros— eran voluminosas, se ajustaban mal y le distorsionaban la forma de la cara, empujando el labio inferior hacia fuera.
El dolor era una constante que Washington menciona, con la parquedad que lo caracterizaba, en su correspondencia privada.
Esa incomodidad física dejó huella incluso en la memoria visual que hoy tenemos de él. Cuando Gilbert Stuart lo retrató en 1796 —el cuadro inacabado que terminaría reproducido en el billete de un dólar—, el pintor tuvo que rellenar con algodón el interior de las mejillas de su modelo para compensar el hundimiento que le provocaba la dentadura.

La expresión seria, casi hierática, que asociamos con la efigie fundacional de Estados Unidos tiene tanto de temperamento personal como de estrategia para disimular una boca que le dolía y que apenas podía controlar al hablar.
Washington, se sabe por testimonios de la época, evitaba sonreír en público y limitaba sus intervenciones más de lo que su cargo hubiera exigido.
El hombre que hoy preside la iconografía del poder estadounidense gobernó, en realidad, conteniendo el gesto y administrando el dolor, con un solo diente propio sosteniendo el resto de una boca ajena.
George Washington falleció en 1799 y fue enterrado con una de las dentaduras fabricadas por John Greenwood.