El cine negro está plagado de historias de los denominados crímenes pasionales, donde mujeres fascinantes, peligrosas y ambiciosas, utilizan su sensualidad y sexualidad como armas para lograr sus objetivos.
Desde El cartero siempre llama dos veces, de Tay Ganett, a Niágara, de Henry Hathaway, pasando por Perdición de Billy Wilder, La dama de Shangai, de Orson Wells, o Fuego en el cuerpo de Lawrence Kasdan, por citar sólo algunas de las películas más representativas en las que se representa la figura del asesino ocasional que cae en las redes de una bella mujer y mata por amor. Es ya un clásico.
Sin embargo, pese a lo cinematográfico de este tipo de delitos, la realidad es otra. Puesto, que por norma general, esconden un crimen premeditado, planificado de antemano.
Popularmente, la expresión “crimen pasional” se emplea para hacer referencia al crimen ocurrido entre personas que tienen entre sí vínculos afectivos. Sin embargo, la ley lo entiende de otra forma.
Para entendernos, el “crimen pasional” es un delito que se realiza en un estado de obcecación, o de ira que hace disminuir la capacidad del autor para comprender los hechos que realiza, en el caso en el que su ceguera le permita aún visionar la realidad, pero sin negar por ello la realidad del delito cometido.
Uno de los denominados “crímenes pasionales” que todos recordamos, aunque ocurrió hace ya años, a finales de los noventa, fue el intento de asesinato contra el abogado Emilio Rodríguez Menéndez, encargado por su entonces mujer, Laura.
Según nos cuenta Joseph María Loperena, en su libro “El circo de la Justicia”, Laura, la mujer de Rodríguez Menéndez, contrató los servicios de un asesino a sueldo al que pagó 50 millones de las antiguas pesetas, un reloj de oro y un favor sexual, para que acabara con la vida del malogrado letrado.
El crimen salió mal y el guardaespaldas de Rodríguez Menéndez consiguió evitar la muerte de su cliente. Por eso, Laura fue condenada a 11 años y seis meses de prisión como inductora -con la agravante de parentesco- del intento de asesinato de su ex marido.
Crímenes como este nos demuestran que la realidad no es como la ficción y el mal denominado “crimen pasional” es severamente castigado por la Justicia.
Además, está comprobado que tras estos tipos de crímenes se esconde un profundo odio y rencor hacia otra persona o ansias de conseguir su dinero.
Vamos, que no hay nada del romanticismo cinematográfico de las heroínas clásicas y menos aún del apasionamiento.