El alzamiento no empezó el 18 de julio de 1936, sino 24 horas antes en Melilla. El general Franco no lo lideró: el elegido había sido Sanjurjo que murió en un accidente aéreo por ir cargado con un pesado baúl con sus uniformes.

La guerra civil española no comenzó el 18 de julio de 1936

18 / 07 / 2026 05:40

Todos los años se repite el mismo error. El 18 de julio ocupa portadas, editoriales, discursos. Se le llama el día del alzamiento. Pero la fecha está mal. La sublevación empezó 24 horas antes, el 17 de julio de 1936, en Melilla.

Durante los 36 años que siguieron a la contienda —que terminó el 1 de abril de 1939—, el 18 de julio fue fiesta nacional. Se conmemoraba el «Alzamiento Nacional».

La fecha quedó grabada en la memoria colectiva española con la fuerza de un dogma. Y como todos los dogmas, no resistió el contraste con los hechos.

Aquella madrugada del 17 de julio, el general de Brigada Emilio Mola, gobernador militar de Pamplona y al mando de la 12.ª Brigada de Infantería, confirmó el golpe mediante telegramas cifrados.

Los destinatarios: el exteniente general José Sanjurjo, exiliado en Portugal desde su intentona de 1932; el teniente coronel Juan Seguí Almuzara, jefe de la conspiración en Melilla; y el general Francisco Franco, entonces capitán general de Canarias.

Ese mismo día los sublevados tomaron Melilla. Arrestaron al delegado del Gobierno. Destituyeron a los jefes leales a la República. Ocuparon Capitanía y los edificios oficiales. Fusilaron al alcalde.

No hubo ambigüedad en la secuencia: el golpe ya estaba en marcha cuando el resto de España aún no lo sabía.

La noticia llegó a Madrid a las 18.30 horas. El coronel Hernández Saravia entró en el despacho de Santos Martínez Saura, secretario del presidente de la República, en el Palacio de Oriente —rebautizado entonces Palacio Nacional—.

Manuel Azaña, que no estaba en el edificio sino en el Palacio de El Pardo, regresó a toda velocidad. Dos horas después se reunió con el presidente del Consejo de Ministros, Santiago Casares Quiroga, y con los líderes de los partidos fieles a la República: Indalecio Prieto y Largo Caballero por el PSOE, y Diego Martínez Barrio por Unión Republicana.

El episodio lo recoge Juan Eslava Galán en «Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie». Azaña, según ese relato, le espetó a Casares: «¡Te advertí del cuartelazo! ¡Ya lo tenemos!».

Franco no dirigió la conspiración: el elegido fue José Sanjurjo

El nombre que la historia asoció al golpe no fue, al principio, el de Franco. Mola —«el Director»— había elegido como líder al exteniente general José Sanjurjo.

Y la elección tenía lógica: Sanjurjo había sido máximo mando militar en Marruecos durante la guerra de África, director de la Guardia Civil y director del Cuerpo de Carabineros.

Poseía una autoridad moral que ningún otro militar rebelde podía igualar.

Ocupaba ese último cargo cuando se sublevó, sin éxito, contra la República en Sevilla, el 10 de agosto de 1932. Fue juzgado en un consejo de guerra sumarísimo catorce días después, el 24 de agosto, en el Salón de Plenos del Tribunal Supremo —el mismo en que décadas más tarde se celebraría el juicio del procés—.

Siete magistrados lo condenaron a muerte por un delito consumado de rebelión militar. El Gobierno conmutó la pena por cadena perpetua. El 28 de agosto de aquel año un decreto lo expulsó del Ejército y le suprimió sueldos, pensiones, honores y derechos pasivos.

Sanjurjo cumplió apenas 23 meses de condena. Salió en libertad el 25 de abril de 1934 por una ley de amnistía. Se exilió a Estoril, en Portugal, desde donde siguió conspirando.

El 20 de julio de 1936 se disponía a volar a España para asumir el mando de la rebelión. Quiso llevarse un baúl cargado con sus uniformes.

Fue el error que le costó la vida: la avioneta Puss Moth, pilotada por el falangista Juan Antonio Ansaldo, no soportó el peso y se estrelló minutos después de despegar. Sanjurjo murió en el acto, de una fractura de cráneo. El piloto sobrevivió.

Franco tardó dos meses en ser designado

Franco no lideró la rebelión desde el primer momento, aunque se sumó a ella en los primeros días. Ni siquiera formó parte de la Junta de Defensa Nacional constituida en Burgos el 24 de julio, integrada por los generales Miguel Cabanellas —republicano y masón— como presidente, Andrés Saliquet, Miguel Ponte y Manso de Zúñiga, Emilio Mola y Fidel Dávila Arrondo, junto a los coroneles Federico Montaner Canet y Fernando Moreno Calderón.

Su designación llegó el 21 de septiembre, en el aeródromo de San Fernando, cerca de Salamanca.

Se plantearon varias fórmulas, incluido un directorio colegiado, pero la mayoría de los generales sublevados —Kindelán, Orgaz, Queipo de Llano, Saliquet, Cabanellas, Dávila, Mola y el propio Franco— se decantó por un mando único.

Cabanellas y Queipo quedaron descartados por su pasado republicano; Cabanellas, además, por su condición de masón. Mola, por el fracaso inicial del golpe y por ostentar un grado —general de Brigada— dos escalones por debajo del de Franco, teniente general. Alejandro Amenábar reconstruyó esa escena en «Mientras dure la guerra».

La elección, sin embargo, no se hizo pública de inmediato. Franco aprovechó el silencio para un golpe de efecto: la liberación del Alcázar de Toledo, el 27 de septiembre.

Al día siguiente, con los ánimos exaltados por la repercusión del episodio, la Junta volvió a reunirse en San Fernando y ratificó a Franco como jefe del Estado y Generalísimo de las Fuerzas de Tierra, Mar y Aire.

Se alzaron bajo la bandera republicana

Un último dato desmonta otro lugar común. Los sublevados combatieron bajo la bandera tricolor de la República desde el 17 de julio hasta el 15 de agosto de 1936.

Ese día, festividad de la Virgen de los Reyes, Franco pronunció un breve discurso y ordenó, por decisión personal y sin consulta previa a la Junta de Defensa Nacional, arriar el tricolor e izar la rojigualda —la misma enseña, por cierto, que había usado la Primera República—.

Fue un gesto unilateral: recuperar los símbolos monárquicos para marcar distancia frente al bando republicano.

Franco hizo capitán general a José Sanjurjo a título póstumo

El general Franco fue el gran favorecido de la muerte de José Sanjurjo. Por ello, como jefe del Estado restituyó -a título póstumo- el cargo, los honores y derechos pasivos que la República había despojado a Sanjurjo con la sentencia del Tribunal Supremo por la asonada del 32.

El exteniente general José Sanjurjo era el líder de la rebelión, pero se mató al regresar a España vía aérea. Franco lo reconoció después.

A su viuda, María Prieto Taberner, le concedió, en marzo de 1937, el 50 por ciento de la pensión que le habría correspondido a su marido, una vez que hubiera pasado a la reserva, y las pensiones por las dos Cruces Laureadas de la Orden de San Fernando que Sanjurjo había ganado.

Pero no fue su última decisión.

El 20 de octubre de 1939, seis meses después de acaba la contienda, Franco elevó a capitán general del Ejército -a título póstumo- a Sanjurjo, con fecha retroactiva de 20 de julio de 1936. Es decir, el mismo día en el que perdió la vida en el accidente de avión.

Así se escribe, a veces, la historia: no el día que dicta el calendario oficial, sino el que confirman los telegramas, los consejos de guerra y los baúles que nunca debieron subir a un avión.

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