El 14 de abril marca una fecha simbólica para el republicanismo español, pues un martes 14 de abril de 1931 se proclamó en nuestro país la II República. Se cumplen ahora, pues, 95 años.
Se proclamó en Madrid, Barcelona, Sevilla, y en otras muchas ciudades.
En Madrid, concretamente, en el balcón del Ministerio de Gobernación de la Puerta del Sol, Maura, Largo Caballero, Alcalá Zamora, Azaña y Fernando de los Ríos, proclamaron la República, ante el clamor de las multitudes republicanas que habían invadido las calles de Madrid, con banderas tricolor, exigiendo la Segunda República, que efectivamente fue proclamada, designándose presidente del Gobierno Provisional de la Segunda República Española a Niceto Alcalá Zamora.
Dos días antes, el domingo 12 de abril, se habían celebrado elecciones municipales, en las que las candidaturas republicano-socialistas obtuvieron el triunfo en las ciudades importantes de España.
En ese ambiente de exaltación y entusiasmo popular por el resultado de las elecciones, cuenta Juan-Simeón Vidarte, primer secretario del Congreso de los Diputados, en su excelente obra sobre Las Cortes Constituyentes de 1931 – 1933 (1976), cómo le trasladó a su maestro, Jiménez de Asúa, ilustre penalista, que aun sintiéndose socialista no pertenecía al partido socialista (PSOE), su deseo de que se diera de alta en este, lo que así hizo D. Luis, con los avales del propio Vidarte y de Julián Besteiro, que más tarde sería nombrado presidente de las Cortes Constituyentes.
Muchas son las causas que provocaron este cambio tan radical en la situación política vivida hasta entonces, y que ilustres historiadores han analizado en profundidad en multitud de obras, sobre la II República, su fracaso y la Guerra Civil, como, por ejemplo, las siguientes: Gabriel Jackson, La República Española y la Guerra Civil, 1965; Stanley G. Payne, El colapso de la República, 2005; Josep Pla, La Segunda República española. Una crónica, 1931-1936 (2006); Santos Juliá, Vida y tiempo de Manuel Azaña, 2008; Eduardo González Calleja y otros, La Segunda República Española, 2015; Paul Preston, Los últimos días de la República Española, 2016; y Rubén Buren, La Segunda República, 2024.
Pero no cabe duda que entre esas causas figura el elevado desprestigio y fracaso de la monarquía borbónica, con Alfonso XIII como rey, con sus escarceos con la Dictadura de Miguel Primo de Rivera en los años 1923 a 1930, dictadura compartida por ambos, en clara connivencia de aquel con este, algo que el pueblo español no perdonó, sintiéndose traicionado por el rey, sobre el que además pesaban serias sospechas de corrupción, culminando esta situación con la huida del rey y su familia de España, rumbo a Cartagena y luego a Marsella, con gran júbilo del pueblo español.
Las elecciones municipales del 12 de abril fueron decisivas
Y el detonante, naturalmente, fueron las elecciones municipales del 12 de abril, que fueron interpretadas por los partidos políticos como una especie de plebiscito entre monarquía y república, con el resultado a favor de esta última.
La II República, como lo revelan las muchas fotografías que se conservan de ese momento histórico vivido por el pueblo español el 14 de abril de 1931, que hoy se rememora, fue un clamor popular extendido por toda la geografía española, que depositó sus esperanzas en ese prometedor cambio político radical que habían reflejado las urnas en las elecciones del domingo anterior, harto el pueblo de la dictadura, de la monarquía, de la pobreza y, en fin, de los abusos de poder.
A qué se pudo deber entonces el fracaso de un proyecto tan ilusionante como lo fue el de la II República.
Aquí también puede afirmarse que fueron muchas las causas de semejante fracaso, y muchos son los autores que lo han podido analizar, entre ellos los antes mencionados.
Por destacar algunas de esas causas, no cabe duda que entre estas hay que destacar las divisiones y conflictos entre los diferentes partidos, que aunque comprometidos con la República, sostenían distintas concepciones de esta (la de Alcalá Zamora, la del PSOE, la de los separatistas, la derecha no republicana, etc.).
Llama la atención el elevado número de partidos políticos de aquellos momentos: la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigida por José María Gil Robles; la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), anarquista; la Falange Española, fundada por el hijo del General Primo de Rivera, José Antonio Primo de Rivera; la FAI (Federación Anarquista Ibérica); Izquierda Republicana, de Manuel Azaña; Partido Carlista; Partido Comunista de España; Partido Liberal, constituido por Sagasta; Partido Nacionalista Vasco; Partido Obrero de Unificación Marxista, que seguía las orientaciones de Trotsky; Partido Radical, de Alejandro Lerroux; Partido Reformista, de Melquiades Álvarez; Partido Republicano Conservador, de Niceto Alcalá Zamora; Partido Republicano Federal, fundado por Francisco Pi y Margall; el PSOE (Partido Socialista Obrero Español), de Pablo Iglesias, constituido en 1879; el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña); Renovación Española, de José Calvo Sotelo; la UGT (Unión General de Trabajadores); y Unión Republicana, de Diego Martínez Barrio.
Demasiados partidos y divisiones, que no podían conducir sino al caos que, finalmente, tuvo lugar en los prolegómenos del inicio de la Guerra Civil, y que fue bien aprovechado por el ejército de Franco.
Algunos de los mencionados, con posiciones políticas radicales, tanto de la izquierda, como el caso de la CNT, como de la derecha, como el caso de la CEDA.
El radicalismo incrementó la distancia entre las dos Españas
Radicalismo, que incrementó la distancia entre las «dos Españas», a las que se refería Machado, en Campos de Castilla, la de la tradición y la de la modernización, que provocó una inestabilidad política insoportable, el fracaso de la República y, finalmente, la Guerra Civil.
Ese enfrentamiento de las «dos Españas», o quizá de las «tres Españas» a las que se refiere Paul Preston, en su libro Las tres Españas del 36 (1998), al referirse a ciertos personajes que intentaron mantenerse neutrales en el conflicto y que, con el transcurso del tiempo, desembocaría en la España democrática de hoy, hizo imposible que prosperara el ilusionante sistema político de la II República, como ahora también algunos grupos extremistas e independentistas, en la órbita del gobierno actual, se empeñan en acabar con la democracia.
Pero hay un aspecto que a mí siempre me llamó la atención, y es que, a pesar del fracaso de la II República, y ya iniciada la Guerra Civil, muchos españoles, especialmente jóvenes, siguieron creyendo fervientemente en el proyecto, y siguieron defendiendo la II República, hasta el punto de alistarse en el Ejército, dando su vida por la causa, actitud de tal generosidad que merecería algún tipo de reconocimiento en la tan aireada Memoria Democrática.
Uno de esos jóvenes fue el hermano de mi madre, mi tío, que a pesar de su inminente ingreso en la Facultad de Medicina, en Granada, dio un giro radical a su vida, alistándose voluntariamente, sin dar conocimiento de ello a la familia, al Ejército de la República, que reclutaba soldados para desplazarlos a Madrid, e impedir su caída en manos del ejército de Franco.
Mi madre pudo verlo, por última vez, subido a lo alto de un camión dirección a la capital para defender a la República, y nunca más se volvió a saber nada de él.
Muy probablemente, como otros muchos jóvenes, caería víctima de las muchas bombas que cayeron sobre Madrid, o a manos de los soldados de Franco, y arrojado a alguna fosa común en lugar hasta ahora desconocido.
Héroes
Unos jóvenes, auténticos héroes, que no han recibido gratitud alguna, que salieron en defensa de una España democrática, a pesar de los contratiempos que tuvo que afrontar la II República y que la llevaron al fracaso, sin importarles las consecuencias, dando su vida por tan loable propósito, que merecen el mejor recuerdo y la mayor admiración.
En mi opinión la República es ya un fenómeno del pasado.
Hoy nos va bien con la Monarquía Parlamentaria, con un buen Rey, aunque con una clase política, o buena parte de ella, siempre enfrentada, anteponiendo sus propios intereses a los generales, que no está a la altura del Estado social y democrático de Derecho establecido en la Constitución, ratificada en referéndum popular el 6-12-1978 por una aplastante mayoría de españoles.
El 14 de abril de 1931 representa el recuerdo de muchos españoles, familiares, que se echaron a la calle para festejar el final de una dictadura y el inicio de un futuro muy esperanzador, pero que los acontecimientos sobrevenidos pronto se encargaron de frustrar, llevando a los españoles al drama humano que supuso la Guerra Civil, tanto para unos como para otros.
Lamentablemente, aún hoy hay quienes se empeñan, personajes de la política principalmente, en revivir las viejas heridas y provocar enfrentamientos entre españoles, en lugar de fomentar todo aquello que nos une, no poco, y que hace posible que hoy podamos disfrutar de ese régimen democrático, que no pudo consolidarse en la II República, en cuya base radican los valores de la justicia, la libertad, la igualdad y el pluralismo político, así como el reconocimiento y garantía de un conjunto de derechos y libertades, que hoy, conscientes de su extraordinario valor, deberíamos defender, frente a posturas rupturistas, para no caer en errores del pasado.
Celebremos, pues, el auténtico espíritu del 14 de abril de 1931, en su 95 aniversario, así como la democracia que hoy podemos disfrutar, pero que no la consiguieron aquellas multitudes que, con tanto entusiasmo. salieron a la calle en aquella fecha que ahora rememoramos.