Opinión | El kilo y el barril: la mayor salida a bolsa de la historia llega el mismo verano en que al mundo se le acaba el colchón energético

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, analiza las implicaciones geopolíticas, energéticas y financieras que podrían convertir el verano de 2026 en uno de los periodos más decisivos para los mercados globales, con SpaceX, el estrecho de Ormuz y la seguridad energética mundial como protagonistas.

3 / 06 / 2026 05:41

Hay dos números que esta primavera viajan en direcciones opuestas, y de su cruce depende buena parte de lo que ocurra en los mercados durante el verano.

El primero lleva medio siglo cayendo: el coste de poner un kilogramo en órbita. En la era del transbordador espacial rondaba los 54.000 dólares; hoy, con el Falcon 9 reutilizable de SpaceX, ha bajado de los 3.000 dólares —una reducción 95 por ciento, un factor de 20 — y la nave Starship promete acercarlo a los 100.

El segundo número sube: el precio del barril de petróleo y, con él, la prima de riesgo de un sistema energético que se sostiene, literalmente, vaciando sus reservas.

La abundancia y la escasez se han dado cita en el calendario. El punto de cruce tiene fecha: junio de 2026.

Ese desplome del coste de abandonar la Tierra no es una curiosidad de ingeniería. Es la premisa económica de la mayor colocación bursátil jamás concebida.

Porque cuando salir del planeta deja de ser un lujo de Estados y se convierte en un negocio escalable, alguien acaba poniéndole precio en bolsa.

Y el precio que se prepara estos días es de los que hacen historia.

Cotizar el cielo

SpaceX presentó el pasado 1 de abril su expediente confidencial ante la SEC, el regulador bursátil estadounidense, bajo el nombre interno de Project Apex, y apunta a debutar en el Nasdaq hacia el 11 o 12 de junio con el ticker SPCX.

La valoración que persigue ronda el billón y medio de dólares —rebajada en las últimas semanas desde los casi dos billones iniciales—; la captación, hasta 75.000 millones de dólares.

Para medir la cifra conviene un punto de comparación: la salida a bolsa de Saudi Aramco en 2019, hasta hoy la mayor de la historia, levantó unos 25.000 millones de dólares.

SpaceX aspira a triplicarla. Si lo consigue, Elon Musk se convertiría en el primer hombre que dirige simultáneamente dos compañías cotizadas valoradas por encima del billón —Tesla y SpaceX—, un lugar que ningún capitán de industria ha ocupado jamás.

La narrativa es seductora: cohetes que aterrizan y vuelven a volar, una constelación de satélites —Starlink— que ya aporta más del 60 por ciento de los ingresos, una incursión en inteligencia artificial a través de xAI.

El relato perfecto para una época que paga por el futuro antes de que llegue. Pero conviene leer la letra pequeña, que es precisamente lo que un mercado eufórico tiende a no leer.

La compañía ingresó 18,700 millones de dólares en 2025, un tercio más que el año anterior; y, sin embargo, pasó de ganar 791.000 millones a perder casi 5.000 millones.

La gobernanza tampoco es asunto menor: Musk conservaría alrededor del 85 por ciento de los derechos de voto con apenas el 42 por ciento del capital, una arquitectura de control que ha llevado a un fondo de pensiones danés a vetar la inversión por considerarla, sin eufemismos, «catastrófica».

Más de un analista ha recordado el precedente de WeWork, aquella otra promesa que el mercado adoró hasta el día en que dejó de hacerlo.

Hay, además, una cuestión de fontanería que rara vez asoma a los titulares y que el sentido común financiero impone. Una colocación de este tamaño no se absorbe sin consecuencias.

Para comprar 40 o 75.000l millones en acciones nuevas, alguien tiene que vender otra cosa: rotar carteras, hacer hueco, drenar liquidez de mil sitios hacia un único activo.

La mayor oferta pública de la historia no es solo una fiesta de fundadores y aseguradores; es también, mecánicamente, una succión colosal de capital en un momento en que el capital empieza a estar nervioso. Y las succiones, cuando el ambiente se enrarece, dejan de llamarse oportunidad.

El embudo que no se mueve

Aquí es donde el cielo se encuentra con el subsuelo.

Vengo advirtiendo desde febrero, en estas mismas páginas, de que la verdadera vulnerabilidad del orden energético global no está en el Pacífico ni en los grandes titulares nucleares, sino en una franja de agua de apenas unas decenas de kilómetros de anchura: el estrecho de Ormuz, por donde transita en torno al 20 por ciento del petróleo y del gas natural licuado del mundo.

Lo escribí cuando lo describía como el talón de Aquiles de Pekín, que recibe por esa vía cerca del 40 por ciento de su crudo importado.

El error era pensar que la trampa de Ormuz era un problema chino.

Es un problema de todos.

Y dejó de ser hipotético el 28 de febrero, cuando los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán abrieron una guerra que ya entra en su cuarto mes y que, en represalia, cerró de facto el estrecho.

Desde entonces asistimos a una coreografía agotadora. Trump exige por su red social que Teherán «abra el maldito estrecho»; Irán lo reabre a medias, lo vuelve a cerrar y en mayo lo redefine como una «vasta área operacional» sometida a una nueva «Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico»; Washington bloquea, a su vez, la costa iraní.

El pasado fin de semana, apenas hace unos días, los negociadores de ambos países alcanzaron un memorando de entendimiento para prorrogar 60 días el alto el fuego, reabrir Ormuz y levantar parte de las sanciones.

La noticia hundió el crudo y empujó las bolsas a nuevos récords. Pero el documento no lleva todavía la firma de Trump, Israel no es parte aunque actúa como si fuera “la parte”, y los propios analistas que lo celebran lo describen, con crudeza, como un «juego de faroles».

El derecho internacional reconoce en Ormuz un régimen de paso en tránsito que ningún Estado ribereño puede suspender unilateralmente; la geopolítica, que no lee la Convención del Mar, lleva tres meses suspendiéndolo igual.

El posible cierre de esta ruta estratégica amenaza el suministro energético mundial y añade incertidumbre a unos mercados que afrontan la inminente salida a bolsa de SpaceX, explica Jorge Carrera.

El colchón que se vacía

Y llegamos al dato que, a mi juicio, explica la sensación de irrealidad que tantos observadores describen estos meses: la de unos mercados que se mantienen casi mágicamente en máximos mientras el subsuelo arde.

No hay magia. Hay colchón.

Lo que ha contenido el precio del barril no es la abundancia, sino el consumo acelerado de las reservas estratégicas, ese seguro que Occidente se inventó precisamente tras el embargo de 1973 para no volver a quedar nunca a merced de un grifo ajeno.

Medio siglo después, ese seguro se está gastando a un ritmo que asusta.

Las cifras son inquietantes. Estados Unidos retiró en una sola semana de mayo cerca de 10 millones de barriles de su Reserva Estratégica de Petróleo, la mayor extracción semanal de su historia; sus inventarios de crudo encadenan seis semanas consecutivas de caída.

El director de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, advirtió desde la reunión del G7 en París que las reservas comerciales se agotan «muy rápidamente».

UBS calcula que los inventarios globales podrían rozar a finales de mayo mínimos históricos, en torno a los 7.600 millones de barriles, con un déficit estructural de oferta de entre 10 y 11 millones de barriles diarios.

Y en el corazón del problema, una imagen que vale por mil informes: más de 1,000 millones de barriles atrapados tras el cuello de botella de Ormuz, esperando una salida que la guerra no garantiza.

El truco, en suma, consiste en sostener el precio quemando el seguro. Funciona hasta que el seguro se acaba.

El Brent, que superó los 115 dólares en marzo, ha seguido moviéndose con fuerte volatilidad —entre los 30 y los 110 dólares— al compás de cada titular sobre el acuerdo. E

sa volatilidad no es serenidad: es un pulso entre la esperanza diplomática y la aritmética física. Y la aritmética física no negocia.

El verano como cuello de botella

Reunamos ahora las piezas sobre el tablero.

De un lado, una bolsa estadounidense en máximos históricos: el S&P 500 encadena nueve semanas consecutivas de subidas —la racha más larga desde 2023, una rareza estadística que apenas se ha visto desde 1985— y acumula cerca de un 20 por ciento de revalorización desde los mínimos de la guerra, impulsado por la euforia de la inteligencia artificial y por la apuesta a que el alto el fuego aguante.

De otro lado, la realidad que esos máximos prefieren no mirar: la inflación estadounidense repuntó en abril a su mayor ritmo en tres años, empujada por la energía, mientras el producto interior bruto del primer trimestre se revisaba a la baja hasta un raquítico 1,6 por ciento anualizado.

Sobre ese suelo —euforia arriba, grietas abajo— está a punto de aterrizar, en junio, la mayor colocación de la historia, que para ser absorbida exigirá al mercado vender para poder comprar.

Y todo ello con una ventana de apenas 60 días para que un preacuerdo sin firmar se convierta en paz o se desmorone.

El verano de 2026 es, en el sentido más literal, un cuello de botella: el punto estrecho por el que tienen que pasar a la vez demasiadas cosas. Si la tregua resiste, el crudo se relaja, la inflación cede, la Reserva Federal recupera margen para bajar tipos y la liquidez que SpaceX necesita fluye sin sobresaltos: el relato gana.

Si la tregua descarrila dentro de esos 60 días, el barril se dispara sin colchón estratégico que lo amortigüe, la inflación se reaviva, la Fed queda maniatada y la misma liquidez que la mega-colocación reclama se evapora justo cuando más se la necesita.

Dos finales opuestos separados por la firma de un hombre imprevisible y por la voluntad de un régimen acorralado.

Nuestro vaticinio es que el debut de SpaceX seguirá adelante y, a corto plazo, probablemente brille: el relato del espacio barato y de la inteligencia artificial tiene fuerza suficiente para arrastrar a un mercado que quiere creer.

Pero el examen de verdad no es el de junio, sino el del verano entero. Porque lo que se cotiza estos días no es solo una empresa de cohetes: es la confianza en que la abundancia tecnológica puede más que la escasez física.

Es una apuesta civilizatoria disfrazada de oferta pública.

Y ahí está la ironía que ningún folleto de colocación recoge. Hemos aprendido a abaratar la salida del planeta más deprisa que a asegurar la energía que lo mantiene en marcha.

Nunca ha sido tan barato dejar la Tierra; nunca ha sido tan caro, y tan político, mantenerla encendida. Wall Street se dispone a poner precio al cielo. Haría bien en mirar, antes, lo que queda en el sótano.

Opinión | El mundo de anteayer: lo que veían los ojos de un joven en 1975 y lo que ven los de hoy

Opinión | El orden del día: El verdadero campo de batalla ya no es militar, es la agenda de la negociación

Opinión | ¿Y después de Pekín?: Cuando el imperio necesita teatro para fingir victoria

Opinión | El pico de la especie: Por qué la caída global de la natalidad cierra el ciclo del desarrollo

Opinión | Entre dos legalidades: Por qué la cumbre de Pekín se decide en un despacho

Opinión | CDL: El estrecho de Ormuz y la fuerza mayor bajo el derecho de Inglaterra y Gales (y IV)

Lo último en Firmas

Alfonso Villagómez

Opinión | La moción de censura «instrumental» es contraria a la Constitución

CDL

Opinión | CDL: Los jueces españoles ya cuentan con la ‘anti-suit injunction’ y probablemente muchos aún no lo saben (II)

Junceda en un quirófano

Opinión | ¿Cámaras en los quirófanos?

fraude

Opinión | Firmas, mentiras y dinero público: así se cocina el fraude en las ayudas en España

Policía UDEF en Ferraz

Opinión | La Justicia no es fango