«Una constante entre los elementos de 1914 —como de cualquier época— fue la disposición de todos, en todos los bandos, a no prepararse para la alternativa más dura, a no actuar sobre lo que sospechaban que era cierto» — Barbara W. Tuchman, Los cañones de agosto (1962).
Hay dos imágenes de este julio que no deberían poder convivir y, sin embargo, conviven.
En la primera, Europa hace las maletas: los aeropuertos encadenan récords de operaciones, las autopistas se preparan para la gran migración estival y las agendas oficiales adelgazan hacia el cierre de agosto.
En la segunda, las sirenas antiaéreas suenan en Kuwait y en Baréin, el estrecho de Ormuz vuelve a arder y el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán —aquel memorando firmado con pompa versallesca el pasado 17 de junio— saltó por los aires el 8 de julio entre nuevas oleadas de ataques.
Mientras tanto, en el otro tablero, los drones ucranianos siguen desmontando pieza a pieza la capacidad de refino rusa. Europa se dispone a veranear con dos guerras abiertas, una en su flanco oriental y otra en el meridional.
No es la primera vez. Es, de hecho, casi una tradición.
La tesis de esta columna es incómoda precisamente por su sencillez: agosto no es un mes geopolíticamente inocente.
Es el mes en que Occidente baja la guardia con puntualidad de horario ferroviario, y la historia —que no conoce el descanso estival— lo sabe y lo aprovecha.
La estación de las sorpresas
Empecemos por el arquetipo.
El atentado de Sarajevo fue el 28 de junio de 1914, pero Europa decidió no tomárselo en serio: el káiser Guillermo II zarpó a comienzos de julio en su crucero anual por los fiordos noruegos, el presidente francés Poincaré navegaba de regreso de su visita de Estado a San Petersburgo y media diplomacia continental operaba con los segundos escalones.
Cuando la maquinaria de los ultimátums se puso en marcha, ya nadie supo pararla: entre el 1 y el 4 de agosto, Alemania declaró la guerra a Rusia y a Francia, invadió Bélgica y arrastró al Reino Unido al conflicto. Barbara Tuchman tituló su obra maestra Los cañones de agosto porque agosto fue, literalmente, el mes en que el viejo mundo se suicidó con la arena de la playa todavía en los zapatos.
La lista posterior es tozuda.
El 23 de agosto de 1939, con media Europa de vacaciones, Viacheslav Molotov y Joachim Ribbentrop firmaron en Moscú el pacto que repartía Polonia; aquel mismo mes, la misión militar anglo-francesa enviada a negociar con Stalin había viajado a Moscú en un lento buque mercante, sin la menor sensación de urgencia, mientras Ribbentrop llegaba en avión.
Nueve días después de la firma, la Wehrmacht cruzaba la frontera polaca.
En la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, Berlín Este desplegó las alambradas que en cuestión de horas empezarían a convertirse en el Muro; el presidente John F. Kennedy recibió la noticia en su retiro estival de Hyannis Port.
El 2 de agosto de 1990, Saddam Huseín invadió Kuwait mientras Bush padre coincidía ese mismo día con Margaret Thatcher en un foro veraniego en Aspen, Colorado: la primera cumbre de la crisis se celebró, involuntariamente, entre montañas de esquí sin nieve.
El caso soviético es casi una parábola.
El 4 de agosto de 1991, Mijaíl Gorbachov se instaló en su residencia de veraneo de Foros, en Crimea, para descansar y ultimar el nuevo Tratado de la Unión que debía firmarse el día 20.
El 18 de agosto, una delegación de conspiradores llamó a su puerta para exigirle el estado de excepción; ante su negativa, lo incomunicaron en su propia dacha. Al amanecer del 19, los tanques entraban en Moscú y la televisión estatal emitía El lago de los cisnes en bucle. El golpe fracasó en tres días, pero selló el destino de la URSS. Bush, de nuevo, hubo de interrumpir sus vacaciones para condenarlo.
La noche del 7 al 8 de agosto de 2008 estalló la guerra entre Rusia y Georgia; la mañana del 8, Vladímir Putin y George W. Bush asistían, a pocos metros el uno del otro, a la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Pekín.
Fue Nicolas Sarkozy, presidente de turno de la Unión, quien tuvo que improvisar el 12 de agosto un alto el fuego en pleno letargo institucional del continente: con Bruselas cerrada, la diplomacia europea quedó reducida a un solo hombre y a su avión.
Y el 15 de agosto de 2021 cayó Kabul: el presidente Joe Biden siguió el derrumbe desde Camp David, en unas vacaciones largamente planificadas que hubo de acortar para dirigirse a la nación, mientras el ministro de Exteriores británico, Dominic Raab, veraneaba en Grecia y —según revelaría después la prensa de su país— rehusó atender llamadas urgentes en los días en que el Estado afgano se desmoronaba. Aquella playa le costaría el Foreign Office semanas más tarde.
El patrón, además, no es solo militar. El economista Jeffrey Frankel, de Harvard, bautizó el fenómeno como los «cisnes negros de agosto»: el 15 de agosto de 1971, Nixon suspendió la convertibilidad del dólar en oro y dinamitó Bretton Woods; en agosto de 1982, México declaró la moratoria que inauguró la crisis de la deuda latinoamericana; en agosto de 2007 se congeló el mercado interbancario y comenzó, aunque pocos quisieron verlo, la crisis de las hipotecas subprime.
El huracán Katrina también fue asunto de finales de agosto. Los mercados, como los estados mayores, navegan ese mes con tripulación mínima, y las averías que en marzo serían incidentes se convierten en agosto en naufragios.

La asimetría de la guardia
Seamos honestos con el contraargumento, porque existe y es serio. El patrón de agosto puede ser un espejismo estadístico: quien busca crisis estivales las encuentra, igual que quien busca crisis de febrero —Ucrania fue invadida el 24 de febrero de 2022, y la actual guerra contra Irán comenzó el 28 de febrero de este año— o de octubre, como saben los israelíes desde 1973 y, con más crudeza aún, desde 2023.
Las guerras estallan todo el año. Y los gobiernos de hoy, se dirá, no son los de 1914: hay salas de crisis permanentes, satélites que no veranean y presidentes localizables por línea segura en cualquier cala del Mediterráneo.
Todo eso es cierto, y sin embargo el argumento sobrevive, porque nunca fue un argumento sobre el calendario: es un argumento sobre la vigilancia.
Lo que agosto tiene de particular no es ninguna propiedad mágica del mes, sino que en él la densidad institucional de Occidente cae a su mínimo anual.
Los parlamentos cierran; el colegio de comisarios suspende sus reuniones; las cumbres se aplazan a septiembre; los titulares delegan en los segundos escalones y los segundos en los terceros. Un adversario racional no elige la fecha por el clima: la elige por la resistencia esperada.
No todas las crisis ocurren en agosto, pero agosto es siempre candidato, porque la ventana de vulnerabilidad no la abre el agresor.
La abrimos nosotros, cada año, con puntualidad litúrgica, y volvemos a cerrarla en septiembre como si nadie hubiera podido asomarse.
La disuasión, conviene recordarlo, es una función continua: vale lo que vale en su punto más bajo, no en su promedio. Un dispositivo de seguridad que se relaja cuatro semanas al año no es un dispositivo con vacaciones; es un dispositivo cuya credibilidad anual queda fijada, exactamente, por esas cuatro semanas.
Hay algo más profundo detrás. La democracia tiene estaciones porque las tiene la sociedad a la que sirve: el descanso estival es una conquista civilizatoria, no un defecto de diseño.
Las autocracias también veranean —los jerarcas chinos se retiran cada agosto al cónclave balneario de Beidaihe—, pero lo hacen para deliberar a puerta cerrada, no para desconectar: la diferencia no es el mar, es lo que se hace mirándolo.
En 1914, cuando el veraneo era privilegio de unas élites, la desconexión alcanzaba a unos miles; hoy, cuando es un fenómeno de masas, la política lo acompaña con toda naturalidad, y el resultado es que la primera potencia comercial del planeta funciona cuatro semanas al año en modo contestador automático.
Ningún estratega serio ignora ese dato al elegir el momento de su jugada; nosotros, en cambio, lo ignoramos al planificar nuestra guardia.
Un jurista no puede dejar de ver aquí una paradoja que conoce de oficio.
Nuestro Derecho declara inhábil el mes de agosto para casi todas las actuaciones judiciales —lo dice el artículo 183 de la Ley Orgánica del Poder Judicial—, y sin embargo ningún legislador se ha atrevido jamás a cerrar del todo la justicia: existen los juzgados de guardia, las actuaciones urgentes, los plazos que no se suspenden cuando hay derechos fundamentales en juego.
El Estado asume con naturalidad que la enfermedad, el delito y la urgencia no consultan el calendario, y organiza para ellos una guardia permanente.
Lo llamativo es que esa misma lucidez institucional nunca se haya trasladado, con idéntico rigor, a la política exterior y de seguridad europea: tenemos juez de guardia para un internamiento de madrugada, pero no un equivalente político continental para un estrecho que se cierra un 15 de agosto.
El agosto de 2026
Y así llegamos al verano que tenemos delante, que no es un verano cualquiera.
En el Golfo, el memorando que Donald Trump firmó en Versalles y Pezeshkian en Teherán ha durado tres semanas: el 7 de julio, Washington golpeó más de 80 objetivos iraníes y reimpuso las sanciones petroleras; Teherán respondió sobre las bases estadounidenses en Kuwait y Baréin, y su negociador jefe, Mohammad Bagher Ghalibaf, proclamó que «la era del matonismo y la extorsión ha terminado».
adie se atreve ya a llamar alto el fuego a lo que queda. En el frente ucraniano, Kiev ha convertido la primavera y el verano en una campaña metódica de desgaste contra el refino ruso, y Moscú, corta de gasolina, insiste en que nada relevante ha cambiado.
Dos guerras sin cerrar, un estrecho por el que transita en torno a la quinta parte del petróleo mundial y un presidente estadounidense que gobierna la escalada a golpe de fin de semana.
¿Y Europa? La cumbre de la OTAN celebrada los días 7 y 8 de julio en Ankara no ha despejado ninguna de las dos guerras; las ha dejado, con sus compromisos recién firmados, en herencia al verano.
Y Bruselas entrará en su habitual régimen estival de baja densidad política: la maquinaria europea no se apaga —nunca se apaga del todo—, pero durante cuatro semanas reduce el pulso, los grandes consejos esperan a septiembre y las decisiones que exigen a veintisiete gobiernos alrededor de una misma mesa quedan, de facto, aplazadas.
Una Europa que ha externalizado su seguridad ha externalizado también, sin advertirlo, su calendario: su descanso depende de que no ocurra nada mientras descansa, y esa es una apuesta que ya no decide ella. La autonomía estratégica de la que tanto se habla —y sobre la que tanto he insistido en esta serie— no es solo cuestión de presupuestos y de industria de defensa; es también, prosaicamente, la capacidad de estar de guardia con medios propios cuando el patrón se va de vacaciones.
Para España, la ironía es doble. Somos el país cuya gran industria nacional consiste, precisamente, en las vacaciones de los demás: vivimos de que el mundo descanse en paz en nuestras costas, lo que convierte la estabilidad del Mediterráneo, la libertad de navegación y el precio del queroseno en variables existenciales de nuestra economía.
Pocos países tienen tanto interés objetivo en que agosto sea un mes aburrido. Y pocos dedican menos pensamiento estratégico a procurarlo.
Barbara Tuchman identificó la constante de 1914 en la disposición de todos, en todos los bandos, a no prepararse para la alternativa más dura, a no actuar sobre lo que sospechaban que era cierto.
Todos sospechaban en julio de 1914 que la maquinaria podía dispararse; nadie interrumpió el crucero. Todos sospechábamos hace apenas unos días que Ormuz podía volver a cerrarse.
Mientras se escribían estas líneas, Teherán anunció precisamente su cierre «hasta nuevo aviso», tras disparar contra un carguero que osó apartarse de la ruta autorizada.
Esta columna, en rigor, envejeció antes de publicarse: Ormuz ya ha vuelto a cerrarse, y agosto ni siquiera ha esperado a agosto.
Seguimos sospechando lo demás: que Moscú ensayará algo mientras Occidente mira la orilla, que la factura de la distracción se pagará en septiembre.
La sospecha, como entonces, no bastará. Los estados mayores de Moscú o de Teherán no necesitan robar secretos para conocer nuestra debilidad estival: les basta el calendario oficial de Bruselas, los boletines de cierre de los parlamentos y las tarifas de los vuelos chárter.
Nuestro vaticinio no es una fecha, sino un método: si algo ha de torcerse este verano, se torcerá cuando más cueste reaccionar, y quien lo tuerza habrá estudiado antes nuestro calendario que sus propios mapas. La historia no toma vacaciones. Toma nota de quién las toma.