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Sanjurjo, el hombre que pudo ser Franco, fue condenado por el fallido golpe de 1932

El teniente general José Sanjurjo, el primero por la izquierda, en el banquillo de los acusados junto a los tres imputados más, en el Salón de Plenos del Tribunal Supremo, donde tuvo lugar e juicio.

El general Francisco Franco llegó a «caudillo» de España por una serie de «carambolas del destino», pero, de forma especial, por una muy concreta: por la muerte del exteniente general del Ejército de Tierra, José Sanjurjo Sacanell, en un inesperado accidente de avión.

Sucedió el 20 de julio de 1936, cuando despegaba desde Estoril, Portugal, rumbo a España, para ponerse al frente de los militares sublevados.

Sanjurjo lo había sido todo en Ejército español y tenía la autoridad moral indiscutida entre todos los militares rebeldes para asumir el liderazgo de los que después se denominaron «los nacionales».

Como general de División había sido el máximo mando militar en Marruecos, durante la guerra de África.

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Luego se convirtió en director de la Guardia Civil y más tarde en director del Cuerpo de Carabineros, puesto que ocupaba el 10 de agosto de 1932, cuando se sublevó contra la República en Sevilla.

Lo paradójico es que Sanjurjo había sido un hombre de confianza plena para la Dictadura del general Miguel Primo de Rivera y también para la República; contra ambos regímenes conspiró después.

En 1931 jugó un papel decisivo en la proclamación de la República.

A pesar de sus simpatías hacía el Rey Alfonso XIII, quien le había conferido el título nobiliario de marqués del Rif y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III, no interfirió con los acontecimientos, desde su puesto de director de la Guardia Civil, y dejó que siguieran su curso, desembocando en el nuevo régimen político republicano.

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Quince meses después, el teniente general Sanjurjo cambió de opinión.

«SALVAR A LA PATRIA»

No estaba nada contento con el curso que habían tomado esos acontecimientos que había dejado correr.

Por eso trató de «salvar a la patria» -desde su punto de vista- mal orquestando un golpe militar que fue desbaratado en Madrid y que en Sevilla, a donde se desplazó personalmente, corrió igual suerte pocas horas después.

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Fue un golpe muy confuso, a juicio de los historiadores.

Porque fue, al mismo tiempo, un intento de restauración de la monarquía, un golpe contra el anticlerical Manuel Azaña, presidente del Consejo de Ministros -como se llamaba entonces al presidente del Gobierno- y ministro de la Guerra.

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Araña estaba implementado una reforma del Ejército que suponía una reducción de efectivos militares y de personal. Sanjurjo tampoco estaba de acuerdo con el proyecto de Estatuto de Autonomía de Cataluña que estaba gestando el gobierno de entonces.

El teniente general José Sanjurjo, el segundo por la izquierda, cuando era director de la Guardia Civil, puesto que apreciaba mucho; el Gobierno le asignó la dirección del Cuerpo de Carabineros, destino que no le agradaba.

Sanjurjo estaba, además, muy «caliente» por el asesinato de cuatro guardias civiles, ocho meses atrás -el 31 de diciembre de 1931- en Castilblanco, Badajoz, y también -siempre la cuestión personal- por su cambio de destino: de la dirección de la Guardia Civil a la dirección del Cuerpo de Carabineros, una fuerza militar cuya misión principal era vigilar las costas y fronteras y combatir el contrabando y el fraude fiscal.

Un Cuerpo «menor», a sus ojos, en comparación con la Benemérita; los carabineros, que fueron leales al gobierno republicano durante la guerra civil, en 1940 fueron integrados en la Guardia Civil.

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EL GOLPE EN MADRID SE DESBARATÓ CON FACILIDAD

En Madrid el golpe de Estado se desactivó con toda facilidad porque el Gobierno de la República estaba al tanto de la intentona.

Conocía de antemano los planes de los conspiradores de forma muy clara y precisa.

30 confabulados, capitaneados por el general Fernández Pérez, se desplazaron en la madrugada del 10 de agosto en siete automóviles a la calle del general Prim, donde se detuvieron a las espaldas del Ministerio de la Guerra, edificio en el que  dormía Azaña -era su residencia oficial- para detenerlo.

Los sublevados trataron de penetrar en el edificio pero los centinelas presentaron una oposición frontal.

El resto de los puntos neurálgicos fueron también controlados por las fuerzas leales a la República. La rebelión, en la capital de España, se saldó con 10 muertos y 18 heridos de los conspiradores.

En Sevilla, a donde se había desplazado el teniente general Sanjurjo, hubo más suerte.

Consiguió granjearse el apoyo del gobernador civil y del presidente de la Audiencia Provincial y declaró el estado de guerra. Situación que duró apenas una mañana.

Los sindicatos contestaron convocando una huelga general en la ciudad.

La «Sanjurjada», como fue bautizada después, se deshizo como un terrón de azúcar. También es verdad que el teniente general no quiso que se produjera derramamiento de sangre alguno.

Trató de huir a Portugal a toda prisa, pero fue detenido en Ayamonte, Huelva.

JUICIO SUMARÍSIMO

Sanjurjo, que tenía entonces 60 años, fue juzgado en un juicio sumarísimo que tuvo lugar 14 días después del golpe, el 24 de agosto, en el Salón de Plenos del Tribunal Supremo.

Un ejemplo de justicia rápida.

Junto a él, fueron enjuiciados sus más directos colaboradores en la intentona sevillana: Miguel García de la Herrán, de 52 años, general de Brigada en la reserva, Emilio Infantes Martín, de 40 años, teniente coronel de Estado Mayor, ayudante de campo de Sanjurjo en su destino en el Cuerpo de Carabineros, y Justo Sanjurjo Jiménez Peña, de 30 años, capitán de Infantería e hijo del líder de la rebelión.

Los de Madrid -más de cien- fueron enjuiciados en otra pieza separada, que concluyeron después con la condena de 150 personas, entre ellos los generales Emilio Barrera Luyando, Cavalcanti y Fernández Pérez.

El tribunal de la entonces Sala Sexta de lo Militar (actualmente es la Quinta) estuvo formado por Mariano Gómez González, como presidente, y los magistrados Fernando Abarrategui Pontes, José María Álvarez Martín, Isidro Romero Cibantos, Ángel Ruiz de la Fuente, Emilio de la Cerca y José Antón Oneca.

La acusación fue responsabilidad del fiscal general de la República, Gabriel Martínez de Aragón y Urbiztondo, quien fue muy duro con los acusados.

Lo sucedido era gravísimo.

Por ello, el tribunal, acabado el juicio, no se marchó a su casa.

Deliberó durante esa noche y, reunido hasta la madrugada del 25 de agosto, redactó la sentencia.

Lo tuvieron muy claro los siete magistrados: condenaron a muerte al teniente general Sanjurjo por un delito consumado de rebelión militar. 

El general de Brigada García de la Herrán, recibió una cadena perpetua.

Doce años y un día de cárcel se impusieron a la mano derecha del líder de la rebelión, el teniente coronel Infantes Martín.

El mejor parado de todos fue el hijo del teniente general, el capitán Sanjurjo, quien resultó absuelto.

COMUNICADO AL GOBIERNO

Una vez redactada y firmada por todos los integrantes del tribunal, el magistrado presidente, Gómez González, se desplazó en coche hasta la sede de Presidencia del Gobierno, que entonces estaba en el Paseo de la Castellana -hoy es la sede del Ministerio del Interior- para entregársela en mano al presidente Azaña.

El pasado del teniente general Sanjurjo, al servicio de la legalidad constituida, evitó que se produjera la pena máxima, entonces vigente [fue prohibida en 1978 por la Constitución]. El Gobierno la conmutó por otra de cadena perpetua.

El 28 de agosto el Gobierno publicó otro decreto expulsándole del Ejército, suprimiendo los sueldos, pensiones, honores y derechos pasivos que le pudieran corresponder.

A continuación, Sanjurjo fue trasladado a la prisión de El Dueso, en Santoña, Cantabria, para cumplir la pena impuesta.

Sanjurjo, sin embargo, apenas cumplió 23 meses.

Recobró la libertad el 25 de abril de 1934, como consecuencia de la aplicación de la Ley de Amnistía implementada por el Gobierno.

El exmilitar dejó España. Se exilió a Estoril, Portugal, desde donde siguió conspirando para hacer realidad el golpe de Estado del 18 de julio de 1936.

Sanjurjo era el personaje destinado a liderar cualquier levantamiento contra la República.

No podía haber otro que le hiciera sombra y así lo veían los sublevados.

De acuerdo con los historiadores, el exteniente general se iba a constituir como el cabeza de mando de la rebelión, porque era el único capaz de aunar todas las voluntades.

Sabía muy bien lo que estaba en juego.

Por eso quiso llevarse un pesado baúl con todos sus uniformes.

Ese fue el error.

La avioneta Puss Moth que pilotaba el rico aviador, playboy monárquico y falangista Juan Antonio Ansaldo –según definición del historiador Paul Preston en su libro recientemente publicado «Un pueblo traicionado: España de 1876 a nuestros días: Corrupción, incompetencia política y división social»– no pudo con todo el peso y la nave terminó estrellándose a los pocos minutos de despegar.

Sanjurjo murió de forma instantánea, de una fractura de cráneo.

Ansaldo salvó milagrosamente la vida.

Fue un accidente que cambió el curso de la historia de España y que, a día de hoy, no está exento de teorías conspirativas.

El hombre que pudo ser Franco no pudo cumplir con el destino que creía que la historia le había reservado, dando lugar a un giro inesperado a los acontecimientos que después tuvieron lugar.

FRANCO LO HIZO CAPITÁN GENERAL DESPUÉS DE MUERTO

El gran favorecido, quien asumió del liderazgo de la rebelión después, fue el el general Francisco Franco, que gobernó España como dictador durante los 36 años y 8 meses desde que terminó la guerra civil, el 1 de abril de 1939.

Como jefe del Estado, Franco restituyó -a título póstumo- el cargo, los honores y derechos pasivos que la República había despojado a Sanjurjo con la sentencia del Tribunal Supremo por la asonada del 32.

A su viuda, María Prieto Taberner, le concedió, en marzo de 1937, el 50 por ciento de la pensión que le habría correspondido a su marido, una vez que hubiera pasado a la reserva, y las pensiones por las dos Cruces Laureadas de la Orden de San Fernando que Sanjurjo había ganado.

Pero no fue su última decisión.

El 20 de octubre de 1939, seis meses después de acaba la contienda, Franco elevó a capitán general del Ejército -a título póstumo- a Sanjurjo, con fecha retroactiva de 20 de julio de 1936. Es decir, el mismo día en el que perdió la vida en el accidente de avión.

«Puede señalársele como símbolo a la contemplación admirativa, no sólo de los profesionales, sino de España entera, que le vio luchar, primero desinteresadamente por ella, alzarse, después, para salvarla con gesto de plena res­ponsabilidad, y morir cuando acudía en reiterado afán para lograrlo, justo es que, a quien con su vida y su muerte, tales sentimientos despierta y tan pre­ciadisimos servicios prestó a su país, como home­naje a su memoria se le eleve a la más alta jerar­quía, del Ejército», se puede leer en el decreto que firmó Franco.

De esa forma, Franco reconoció al verdadero líder del golpe militar del 18 de julio de 1936, que devino en guerra civil, y cuya muerte le dejó abierto el camino hacia un destino que, ni en sus mejores sueños, habría podido sospechar que pudiera hacerse realidad.