Aquel 2 de mayo de 1808 en Madrid fue una expresión de ira del pueblo de Madrid contra el invasor francés. No fue ni coordinado ni previsto sino espontáneo. Francisco de Goya, en «La carga de los mamelucos», lo plasmó en una pintura de 1814.

2 de mayo de 1808: el Ejército permaneció acuartelado mientras Murat aplastaba Madrid y provocaba la guerra de la Independencia

2 / 05 / 2026 00:45

Actualizado el 02 / 05 / 2026 11:30

Hay en la condición humana una tendencia inmemorial a venerar precisamente aquello que, en su momento, castigó o ignoró, convirtiendo a los rebeldes que ahorcó o fusiló en santos de su particular calendario cívico, como si la historia fuera una larga y tortuosa forma de pedir perdón por los cobardes silencios del presente.

Así ocurrió con el capitán del Ejército, Luis Daoiz y Torres, y el teniente Pedro Velarde y Santillán. Un conjunto monumental preside hoy la plaza del Dos de Mayo en Madrid con esa solemnidad marmórea que las instituciones prodigan a quienes ya no pueden incomodarlas.

Sus nombres adornan calles, cuarteles y escuelas de toda España con la generosidad con que los Estados honran a sus muertos cuando ya resulta inocuo hacerlo.

Lo que esa historia oficial ha preferido silenciar, o cuando menos arrinconar en las notas al pie, es la naturaleza exacta de su gesta: desobedecieron las órdenes de sus superiores, sublevaron un parque de artillería sin autorización alguna, y murieron aplastados en pocas horas por las tropas napoleónicas.

Mientras tanto, el resto del Ejército español en Madrid permanecía acuartelado, obediente y quieto, con esa quietud que tanto se parece, a veces, a la complicidad.

Cien años después el Círculo de Bellas Artes inauguró esta placa histórica.

La cadena de mando decidió no moverse

En la mañana del 2 de mayo de 1808, las tropas del mariscal francés Joachim Murat controlaban Madrid con entre 25.000 y 30.000 soldados curtidos en las campañas del mejor ejército que había visto Europa desde las legiones romanas.

Frente a ellos, la guarnición española de la capital contaba con efectivos que habrían podido plantear, al menos, una resistencia organizada, digna, que hubiera obligado al invasor a medir el precio de su soberbia.

No lo hizo.

El capitán general de Castilla la Nueva, Francisco Javier Negrete y Adorno, recibió noticias del levantamiento popular desde primera hora de aquella mañana aciaga.

218 años después, seguimos llamando victoria a lo que fue, en puridad, una masacre.

Su respuesta fue la que suelen dar quienes han confundido la prudencia con la renuncia: ordenó a las unidades españolas que permanecieran en sus cuarteles y evitaran cualquier enfrentamiento con los franceses.

La misma instrucción llegó desde la Junta de Gobierno que ejercía el poder en ausencia de Carlos IV y Fernando VII, ambos retenidos en Bayona, donde Napoleón consumaba con elegante frialdad el despojo dinástico que habría de costarle, al cabo, más de lo que nunca imaginó.

Las autoridades españolas, civiles y militares, optaron por la contención con esa mansedumbre que algunos llaman prudencia y que otros, con más justeza moral, denominan colaboración.

El Santo Oficio, la Inquisición, calificó el levantamiento popular, seis días después, el 8 de mayo, de «alboroto escandaloso del bajo pueblo» como recuerda Nicolás González-Cuéllar en su libro «Ecos de Inquisición».

Murat había advertido que cualquier resistencia sería aplastada. Y cumplió su palabra con la meticulosa crueldad del militar que no conoce otra lógica que la del escarmiento.

El Parque de Monteleón

Mientras la cadena de mando predicaba quietud y los generales españoles aguardaban en sus cuarteles a que la tormenta amainara sola, el pueblo de Madrid se lanzó a la calle con esa mezcla de temeridad y desesperación que es, quizás, la única forma de heroísmo verdadero: el que no calcula las consecuencias porque sabe que no puede permitirse hacerlo.

Todo comenzó a las 8 y media de la mañana. María Luisa de Borbón, infanta española y exreina de Etruria, subió a un carruaje con sus hijos. Nada hacía presagiar lo que ocurriría después.

El cerrajero José Blas Molina y Soriano entró en el Palacio de Oriente y al poco tiempo salió gritando «¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y ahora se nos quieren llevar a todas las personas reales! ¡Mueran los franceses!».

Los acontecimientos, a partir de ese momento, se produjeron a una velocidad de vértigo. «¡Que se llevan al infante!», dijo otro. «El infante» era Francisco de Paula, de 12 años, hijo menor de Carlos IV y de María Luisa de Parma.

Arrancado de su tierra como un rehén cualquiera ante los ojos de una muchedumbre que, congregada en Palacio, fue dispersada a sablazos por la caballería francesa.

La sangre en los adoquines hizo el resto.

La rebelión tuvo su origen ante el Palacio Real de Madrid.

Varios grupos de civiles, armados con lo que encontraron, se dirigieron al Parque de Artillería de Monteleón, en el barrio de Maravillas, buscando pólvora y cañones y, sobre todo, el amparo de algún militar que aún tuviera el honor intacto.

Allí se encontraron con el capitán Luis Daoiz y el teniente Pedro Velarde.

Fue Velarde quien actuó primero, con esa resolución impulsiva de quien ha decidido que hay cosas peores que la muerte.

Se presentó en Monteleón sin orden alguna de sus superiores y convenció a Daoiz —inicialmente reticente, acaso más consciente de lo que les aguardaba— de abrir el parque y distribuir artillería entre aquellos civiles que nunca habían empuñado un cañón.

Era una insubordinación flagrante. Ambos lo sabían. También sabían, con toda probabilidad, que estaban firmando su sentencia.

A pesar de la experiencia de las tropas francesas, el levantamiento de Madrid produjo fuertes pérdidas entre sus filas.

Junto a ellos, centenares de madrileños sin formación militar resistieron durante horas frente a soldados profesionales que habían marchado por media Europa sembrando el terror.

A las dos de la tarde, el general francés Lefranc tomó el parque al frente de varios miles de hombres.

Daoiz murió en el combate o poco después, devorado por las heridas. Velarde cayó al inicio del asalto final.

La resistencia en Monteleón había durado menos de cuatro horas. Lo suficiente para que nadie pudiera olvidarla jamás.

El conjunto monumental en la madrileña Plaza del Dos de Mayo recuerda a los héroes del 2 de mayo, el capitán Luis Daoiz y el teniente Pedro Velarde que, desobedeciendo órdenes, hicieron frente a las tropas francesas y perdieron la vida.

La represalia

Murat no esperó al anochecer para cobrar su deuda de sangre.

Los fusilamientos comenzaron esa misma tarde y se prolongaron durante la noche y la madrugada del 3 de mayo con esa cadencia metódica, casi burocrática, de quien ejecuta una orden y no una pasión.

Los piquetes actuaron en la montaña del Príncipe Pío, en el Retiro, en la Casa de Campo y en varios puntos de la ciudad.

Las víctimas fueron civiles y combatientes capturados, en su mayoría sin sombra de proceso previo, sin la miserable ficción de un juicio que al menos hubiera fingido justicia.

Francisco de Goya inmortalizó aquella noche en su cuadro El 3 de mayo en Madrid, pintado seis años después con la memoria todavía encendida.

La imagen del hombre de camisa blanca, con los brazos abiertos ante el pelotón de fusilamiento como un Cristo laico y desesperado, se ha convertido en uno de los iconos más perdurables de la historia del arte occidental.

Lo que Goya pintó no fue una batalla. Fue una masacre. Y Goya, que era sordo pero no ciego, lo sabía.

«Los fusilamientos del 3 de mayo», cuadro de Francisco de Goya, quien plasmó la venganza de las tropas francesas por el levantamiento el día anterior. Levantamiento que después se generalizó en toda España.

El número exacto de ejecutados permanece, aún hoy, en el territorio de la disputa historiográfica, con estimaciones que oscilan entre cuatrocientas y varios miles de víctimas, según se contabilicen solo los fusilamientos de aquella noche o también las represalias de los días siguientes en toda la región.

Como si el número importara más que el hecho.

Rebeldes, no héroes. O las dos cosas

La paradoja más honda del 2 de mayo reside en que el Estado español tardó apenas unos años en elevar a sus propios insubordinados a la categoría de símbolos nacionales, con esa habilidad característica de los Estados para apropiarse, una vez muertos y por tanto inofensivos, de aquellos a quienes en vida contemplaron con recelo o directamente abandonaron a su suerte.

Daoiz y Velarde desobedecieron órdenes directas de sus superiores. Actuaron al margen de toda cadena de mando. En cualquier ejército del mundo, en cualquier época de la historia, eso tiene un nombre preciso: rebelión.

Que la causa fuera justa —o que así lo haya juzgado la historia con la benevolencia que suele prodigarse a los vencidos cuando ya no pueden reclamar nada— no muda la naturaleza del acto.

El levantamiento del 2 de mayo fue, en su momento, ilegal desde la perspectiva de las propias autoridades españolas que se afanaron en sofocarlo.

La Junta de Gobierno no solo no lo respaldó: envió emisarios al pueblo para que cesara en su resistencia y evitara más derramamiento de sangre, como si la sangre ya vertida no clamara por sí sola.

El Ejército español, como institución, eligió obedecer a sus mandos y no moverse. Fueron dos oficiales de artillería, actuando por su sola iniciativa y contra las instrucciones recibidas, quienes decidieron otra cosa. Esa distinción importa, y mucho.

No para menguar su mérito, sino para comprender con exactitud qué ocurrió en realidad: un pueblo sin estructura militar y dos militares sin respaldo institucional enfrentándose, con cañones y navajas, al mejor ejército de Europa.

La rebelión fue aplastada en horas. La represalia fue brutal y sistemática. Y el Ejército español, acuartelado y obediente, lo contempló desde el interior de sus cuarteles con esa indiferencia que, en los momentos decisivos de la historia, resulta indistinguible de la traición.

La posteridad, sin embargo, necesitaba héroes con los que consolarse. Y los halló, como casi siempre, entre quienes habían desobedecido.

Por eso, 218 años después, seguimos llamando victoria a lo que fue, en puridad, una masacre.

Quizás porque la historia, cuando es honesta, sabe que las victorias verdaderas rara vez ocurren donde y cuando creemos.

La del 2 de mayo no estaba en Monteleón, sino en los miles de españoles que aquella noche, contemplando los fusilamientos o escuchando las descargas desde sus casas cerradas a cal y canto, decidieron que aquello no podía quedar así.

La victoria vendría después, años más tarde, cuando ya nadie recordaba el miedo de aquella madrugada. Pero sin aquel miedo, sin aquella sangre y sin aquella derrota, no habría llegado nunca.

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