La serie The Good Fight muestra cómo el microtargeting puede manipular a los jurados

Dos de los protagonistas de la serie The Good Fight, Adrian Boseman (Delroy Lindo) y Diane Lockhar (Christine Baranski), en una escena del episodio 457.
|

En el octavo episodio de la segunda temporada de la serie The Good Fight, “Día 457”, se explica cómo funciona la táctica de microtargeting aplicada a la manipulación de testigos de un juicio.

En la serie, el objetivo es influir al jurado en beneficio de una de las partes. Para ello, una de las partes, en este caso el abogado  Solomon Waltzer (interpretado por Alan Alda), que representa al Departamento de Policía estudia las preferencias, gustos, los hábitos, trabajo, educación, etcétera de los miembros del jurado; crea un perfil falso en Facebook, aunando todas sus peculiaridades y publican noticias falsas, fake news, sobre la parte contraria, “con el objetivo de desacreditar al demandante”.

Se trata de noticias creadas específicamente sobre el caso concreto, con ciertas dosis de credibilidad, y que van directamente dirigidas a los miembros de jurado que decidirán el resultado del mismo. Son tácticas que se realizan de forma anónima, para que parezca real.

En este caso, se trata de una demanda multimillonaria contra la policía de Chicago, “por poner pruebas y armas en los casos para poder acusar a detenidos negros” pero vale lo mismo para unas elecciones generales o un proceso independentista.

El microtargeting es una metodología vinculada a la mercadotecnia que tiene como objetivo influir en las decisiones de los clientes, consumidores o el público en general, pero que también se puede aplicar a los jurados.

Se puede ir reduciendo hasta llegar a un grupo reducido de unas 1.000 personas, que como es lógico, incluiría a los miembros de un jurado, a un colectivo político, a una parte específica de la población, es lo que se denomina “Target directo”. Algo que se dice que hizo Rusia durante las últimas elecciones en EEUU que dieron el triunfo a Donald Trump frente a Hilary Clinton.

También aquí en nuestro país, Mariano Rajoy pagó 290.000 euros a The Messina Group (TMG), la agencia de las campañas de Obama, Macri, Renzi y Cameron para que emplearan ese tipo de técnicas en las últimas elecciones generales. En concreto, TMG utilizó Facebook para captar los votos de los más indecisos y para ello se centró todos sus esfuerzos en hacer una labor concreta hacia un público objetivo muy preciso, los votantes de Ciudadanos de 12 provincias.

Un imagen de la serie The Good Fight donde estudian los perfiles de los testigos para conocer las peculiaridades de cada uno de ellos.

En términos generales, el microtargeting consiste en la gestión de grandes cantidades de datos, en los cuales se buscan patrones comunes mediante criterios de selección que consideran inclinaciones, intereses, preocupaciones, situación socio económica, nivel educacional, franja etaria, etc. con el objeto de crear segmentaciones del conjunto total.

Todas las personas de cada uno de estos subconjuntos serán las destinatarias de mensajes diseñados a su medida, con un alto grado de personalización, logrando así un incremento en el impacto y la respuesta esperada.

La eficacia de la técnica es directamente proporcional a la precisión lograda en el conocimiento de las características individuales de las personas a quienes se dirige.

Con ella se puede llegar a modificar o influir en cualquier persona que nos intereses. Se puede condicionar cualquier actitud y comportamiento… De momento, todo esto parece ficción, pero no lo es.

La posibilidad de crear contenido para un microsegmento que sabemos de antemano cómo puede reaccionar a un lenguaje, a un estímulo abre la puerta a la manipulación y al poder. Y eso los políticos lo van a utilizar, pese a las restricciones que pueda poner Facebook tras el escándalo por la fuga de datos de 87 millones de usuarios de Facebook hacia la firma Cambridge Analytica.

Y, por supuesto, es una táctica que también utilizaran las grandes firmas de abogados en casos de demandas importantes.

Son técnicas caras, que no todo el mundo se puede permitir, pero están ahí.