¿Qué se conocía como ‘la Justicia de Piso’ en la antigua Roma?

La llamada "Justicia de Piso" ha pasado a la historia por ser la antijusticia.
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¿Le suena, apreciado lector, el nombre de Abraracúrcix? Si es aficionado a los cómix de Astérix, recordará que es el jefe de los irreductibles habitantes de la aldea gala que vive rodeada de romanos por todas partes.

Abraracúrcix se desplaza subido a un escudo que portan dos súbditos. A lo que más temía Abraracúrcix es a que el cielo se le cayera encima y le aplastara.

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Precisamente ese concepto del cielo como algo pesado que puede acabar con todos nosotros si se cae, fue acuñado en la antigua Roma.

Y, además, tenía una relación directa con la Justicia.

Fiat justitia ruta caelum, solían decir los romanos. Traducido significaba Hágase Justicia aunque se caiga el cielo.

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Aunque hay otras variantes como Fiat justitia et pereat mundus, Hágase Justicia y que el mundo se acabe.

Esta máxima subrayaba la creencia en la necesidad de aplicar la Justicia por muy duras que fueran las consecuencias.

El filósofo romano Séneca, en su libro “De ira”, cuenta una historia que describe muy bien esta máxima, aunque en negativo.

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En ella, el legislador, general y gobernador romano Lucius Calpurnius Piso Frugi, Piso (entre el 48 y el 32 a.C.), ordenó la ejecución de un soldado que había regresado de un permiso sin su compañero.

El gobernador sospechaba que el soldado lo había asesinado y lo condenó por ello.

Cuando el verdugo estaba a punto de ejecutar al soldado, apareció su compañero. El que se suponía muerto.

El centurión, a quien se había ordenado llevar a cabo la ejecución, paralizó todo, como era lógico, y condujo a ambos soldados ante el gobernador Piso, con la esperanza de que éste reconsiderara su decisión porque no se había producido asesinato alguno.

Era de cajón de madera de pino, que decimos ahora.

Pero las cosas no sucedieron como el buen centurión esperaba.

El gobernador Piso montó el cólera y, sin pensarlo dos veces, ordenó la inmediata ejecución de los dos soldados y del buen centurión.

¿Por qué? Se puede preguntar uno.

El gobernador argumentó que la sentencia debía llevarse a cabo porque, como tal, había sido emitida de su puño y letra, y, por lo tanto, debía cumplirse. ¡Y no había razones de peso para su rectificación!, según su buen ver y entender.

Como motivación, como explicación, para ordenar la muerte del centurión, explicó que éste no había cumplido con su deber por desobedecer las órdenes que se le habían dado y no haber llevado a cabo la ejecución.

Al segundo soldado, cuya ausencia fue el motivo de todo el proceso, el que se sospechó que había sido asesinado, le aplicó la pena de muerte por haber sido la causa que quitó la vida de dos hombres inocentes.

Esta historia dio pie a un principio conocido como la “Justicia de Piso”, que es cuando las sentencias judiciales son técnicamente correctas pero moralmente erróneas, una interpretación estricta, en negativo, de las frases que les hemos introducido al comienzo: Fiat Justitia Ruat Caelum, Hágase Justicia aunque se caiga el cielo, y Fiat Justitia et pereat mundus. Hágase Justicia y que el mundo se acabe.

Pero eso, no nos engañemos, podemos llamarlo de cualquier cosa menos Justicia.