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Jorge VI de Inglaterra, Rey mujeriego, jugador y bígamo que llevó a su esposa a juicio por adúltera y conducta viciosa

La princesa de Gales, Carolina, su marido, Jorge, y la esposa secreta de éste, Maria Fitzherbert, con quien llevaba casado diez años en secreto cuando contrajo matrimonio con Carolina de Brunswick.
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Si hubiera que buscar un antecedente en la historia británica en el conflicto que vivieron Carlos Windsor y Diana Spencer, príncipes de Gales, ese sin duda sería el conflicto que enfrentó a su predecesor -y tatarabuelo- Jorge Augusto Federico, quien después se convertiría en el Rey Jorge IV (1762-1830), y a la princesa Carolina de Brunswick (1768-1821).

Su relación, como pareja, había sido inexistente desde el mismo día de su boda, el 8 de abril de 1795.

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El príncipe acudió a la ceremonia completamente borracho y como no quiso conjurar los vapores etílicos cuando llegó la crucial noche, la novia le obligó a dormir en un canapé, fuera de la habitación de matrimonio que habían asignado para ellos en el palacio de Saint James, en pleno centro de Londres.

Algún tipo de relación sexual mantuvieron pues un año más tarde, en 1796, nació la futura princesa Carlota.

Carolina de Brunswick, que cuando se casó tenía 27 años, no encajó muy bien la etiqueta de la corte de Inglaterra.

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Era una mujer independiente, caprichosa y encantadora que amaba la vida y lo que más deseaba era un matrimonio feliz y una relación armoniosa.

Unas aspiraciones muy parecidas a las que tenía la desaparecida lady Diana Spencer al contraer matrimonio con Carlos de Inglaterra.

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Este, bien es justo reconocerlo, no se asemejaba demasiado a su antecesor.

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Para decir verdad, a la princesa Carolina le tocó la peor parte pues el príncipe Jorge era un mujeriego, un vividor y un jugador empedernido.

A los pocos días de convertirse en princesa de Gales, supo que su marido no sólo tenía una amante, con fama de lasciva -lady Jersey-, con la que se paseaba abiertamente por Londres, sino que había nombrado al “comprensivo” marido de esta jefe de cuadras, con el fin de disponer de la mujer con mayor facilidad.

Uno de sus biógrafos lo definió como “enemigo de su desventurado padre, amante infiel, amigo perjuro, fatuo sin corazón y necio sin alma”.

BÍGAMO

La futura reina de Inglaterra también desconocía el secreto mejor guardado de su esposo: Era bígamo.

El príncipe de Gales se había casado, nueve años y medio antes, el 15 de diciembre de 1785 morganáticamente a espaldas de su padre, el rey.

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La novia fue Mary Fitz-Herbert, la viuda de un oficial irlandés, compañera impenitente en las borracheras y en las camas redondas, a las que era muy aficionado.

El matrimonio era nulo de acuerdo al Acta de Matrimonios Reales de 1772. Este estipulaba que todos y cada uno de los miembros de la familia real sólo podían casarse con el consentimiento del rey o de su Consejo Privado.

El príncipe Jorge solicitó dicho permiso, pero no le fue otorgado porque la señora Fitzherbert era católica.

Pero, de todas formas, se casó a espaldas de todos.

Y no pasó nada.

Es más, el príncipe de Gales se fue a vivir con ella en 1800, hasta 1811, año en que rompieron la relación. Y la princesa lo supo.

Retrato de Maria Fitzherbert, esposa secreta del príncipe de Gales.

JUGADOR

La fama de libertino y borracho del heredero de la Corona alcanzó al propio Rey, al mismo tiempo que se enteraba de que las deudas contraídas por el príncipe de Gales ascendían a la suma de 600.000 libras esterlinas y que no tenían más garantía de cobro que cuando se convirtiera en rey.

Esa fue la razón por la que Jorge III forzó su boda con Carolina de Brunswick, hija de su hermana -desconociendo el Rey la existencia del primer enlace-, con la esperanza de que el príncipe de Gales “sentara la cabeza”.

No fue así. El heredero de la Corona continuó con su vida de disipación y desenfreno, que combinó con una inquina maligna contra su esposa, a la que persiguió sin descanso.

Entonces no existían unos medios de comunicación tan poderosos como en la actualidad, pero finalmente la relación entre los príncipes de Gales llegó a ser del dominio público.

El pueblo se puso de parte de la princesa maltratada.

Pero la realidad nada tiene que ver con los cuentos y las películas.

LA REALIDAD NO ES COMO EN LOS CUENTOS

El destino, o el azar, hizo que Jorge asumiera, en 1811, la corona como príncipe-regente, sustituyendo a su padre en el trono. Jorge III sufría una enfermedad metabólica hereditaria que en aquel tiempo estaba considerada como una enfermedad mental.

Desde su nueva responsabilidad, como Jefe del Estado, su obsesión por hacerle la vida imposible a su esposa se acentuó hasta un punto en que empezó a utilizar personas interpuestas para que la acosaran legalmente con querellas y demandas de todo tipo.

Una prueba de ello se produjo el día que el ministro de Exteriores, lord Castlereagh, acudió a darle la noticia de la victoria británica en Waterloo, el mismo 18 de junio de 1815. Napoleón, la pesadilla de Gran Bretaña, había sido finalmente derrotado.

El príncipe regente le contestó muy irritado, “¡Al diablo con Waterloo! ¡Al diablo con Wellington! Lo único que quiero es que me libren de la princesa de Gales”.

La victoria del general Wellington en Waterloo, que reproduce el pintor Robert Alexander Hillingford, fue la más importante para Gran Bretaña; sin embargo, al príncipe regente sólo le preocupaba cómo deshacerse de su mujer.

Carolina le respondió a su marido con las mismas armas, una vez vez que la princesa Carlota se casó, en 1816, con el príncipe Leopoldo de Sajonia-Coburgo, futuro Leopoldo I de Bélgica. 

LA “VIDA LOCA” DE LA PRINCESA DE GALES

Ya no le ataba nada más a Gran Bretaña. Dejó de ser la esposa recatada y silente. A partir de ese momento se dedicó vivir la “vida loca”, como en la canción de Ricky Martin, viajando por Europa bajo el falso nombre de “princesa de Cornualles”.

En su periplo continental recaló en Maguncia y Stuttgart (Alemania), Lausana (Suiza), Milán, Roma y Nápoles (Italia), donde celebraban, precisamente, los carnavales.

Carolina había tomado la decisión de vivir lo que no había podido hasta entonces. Tenía 48 años..

La princesa de Gales se lo pasó a lo grande.

Se disfrazó con los más excéntricos disfraces que pudo encontrar y se enamoró de la extroversión latina.

La princesa de Gales en un retrato hecho en 1820 por el pintor James Lonsdale, un año antes de su muerte, a los 53 años.

UN AMANTE ITALIANO

Vivía con una pensión que la Cámara de los Comunes le había asignado; también tenía su propia fortuna personal que le permitió comprar en 1817 al general Pino la Villa d’Este de Cernobbio, situada al pie del lago Como, no muy lejos de Milán.

La propiedad era increíble. Tenía 180 habitaciones, así que Carolina emprendió la tarea de amueblarla con las más caras piezas de antigüedad que pudo.

Contrató, porque era imprescindible, un mayordomo. El elegido resultó ser Bartolomeo Pergami, un teniente en la reserva del ejército italiano de extracción humilde, pero muy aparente.

A la princesa de Gales le desarmaron los ojos vivarachos del italiano y su manera teatral y expansiva de expresarse. La chispa de la pasión no tardó en saltar.

Fue con motivo de un baile de máscaras. Pergami, entonces, se encamo con la princesa de Gales. Días después toda su familia, a excepción de su ex mujer y su hija, estaban viviendo en Villa d’Este, a costa de Carolina de Brunswick.

La princesa no se recató en ocultar a su amante italiano. Se les pudo ver en todos los lugares de moda. Viajaron a Pesaro, a Venecia, a las Islas Borromeas, conocidas por su halo romántico, y después pusieron rumbo a Malta, Túnez, Jaffa, Jerusalén, Alepo y Atenas.

DOS NOTICIAS CRUCIALES 

Un año más tarde, el mundo se le vino abajo a la princesa de Gales. Su hija Carlota murió durante el parto. La noticia le hundió en la depresión, que combatió con la ayuda de Pergami.

Y tres años más tarde, en 1820, ocurrió lo inevitable. Su suegro, el Rey Jorge, quien la había tratado como a una hija, falleció también.

Ello le convirtió, pues, en Reina del Reino Unido y de Irlanda.

Carolina decidió regresar a Londres y así se lo comunicó al nuevo Rey Jorge IV.

Como respuesta recibió una proposición: recibiría 75.000 libras anuales a cambio de que renunciara a sus títulos y privilegios de reina de Inglaterra y se quedaba en Italia. Respondió comunicando que se ponía inmediatamente en camino hacia Dover, en el sur de Gran Bretaña.

El 4 de junio se despidió de su amante italiano y el 6 del mismo mes se embarcó desde Calais, Francia, en el barco-correo que tenía destino Dover, ya que el rey no quiso enviarle el barco oficial.

Su entrada en Londres fue triunfal. El pueblo no olvidó lo que había sufrido y se solidarizó con ella.

Por todas partes se sucedieron las muestras de cariño.

UN JUICIO CONTRA LA PRINCESA DE GALES

Jorge IV era cabeza de la Iglesia de Inglaterra pero no podía anular, sin más, su matrimonio. Si alguien tenía esa potestad era el Parlamento.

Primero la Cámara de los Lores, la cámara alta, y luego la Cámara de los Comunes, la cámara baja.

Decidió jugarse el todo por el todo y demandó a la cámara alta que anulara su matrimonio con Carolina de Brunswick por adulterio y conducta viciosa y deshonrosa de su esposa así como que la despojaran de su condición de reina y de todos los títulos y condecoraciones que eso conllevaba.

Para apoyarlo, aportó la documentación que los hombres del Foreign Office habían estado acumulando durante los últimos cuatro años.

En consecuencia, la Cámara de los Lores se convirtió en un “tribunal popular” que debía juzgar las alegaciones del rey contra su esposa la reina.

El 17 de agosto quedó abierto el proceso contra Carolina Brunswick.

Juicio a la Reina Carolina, obra de sir George Hater, que reproduce una de las sesiones de la Cámara de los Comunes.

LA PRIMERA VEZ Y LA ÚLTIMA QUE ESO SUCEDIÓ EN LA HISTORIA DE INGLATERRA

Fue la primera vez que eso sucedió, y la última. Por el estrado pasaron todo tipo de testigos, que fueron interrogados por los lores, los cuales no se recataron en preguntar sobre los aspectos más escabrosos de la conducta, la moral y la vestimenta de la Reina.

Desde un tal Majocci, un antiguo criado, que afirmó que había visto a la princesa besándose en la boca con Pergami -el abogado de Carolina conjuró este testimonio preguntándole sobre su oscuro pasado-, pasando por el cocinero Objione, que aseguró que había visto a la pareja pasearse del brazo -y olvidó que había sido despedido por borracho-, hasta una posadera, que manifestó que había servido el desayuno a los dos amantes en la habitación número 12 del albergue des Trois Rois.

Lord Pomfret aprovechó para pedirle a la mujer que precisara lo que vio.

La posadera dijo haber advertido unas manchas en la cama, “manchas que no dejaban la menor duda”.

TESTIGO ESTELAR Y ABSOLUCIÓN

El testigo estelar de la acusación fue un sujeto que se hacía llamar Borzuelo, quien atestiguó haber visto como Pergami se había dejado abierta la bragueta en presencia de la princesa.

El abogado de Carolina, sin embargo, supo exorcizar el daño demostrando que el testigo había cumplido tres condenas por robo.

En su informe final, el letrado defensor de la Reina desmontó las alegaciones de la parte del Rey y afirmó que todos los testigos de cargo habían sido comprados por Scotland Yard, lo cual era cierto.

El propio Jorge IV, en un último intento de presionar, advirtió a los lores antes de que se retiraran a deliberar para después emitir su voto, que no admitiría otro veredicto que el de la anulación del matrimonio y que en caso contrario se marcharía del país.

La votación final registró 108 votos a favor de la absolución de la reina contra 99 a favor del Rey, cuya fama de disoluto, libertino, adultero, jugador y pendenciero pesó más sobre el ánimo de los lores que el único adulterio de la Reina.

El resultado se repetiría en la votación de los Comunes.

NO UTILIZÓ LA BIGAMIA DE SU ESPOSO

Carolina había ganado limpiamente, sin utilizar su mejor carta: la bigamia de su esposo.

Conocía la información desde mucho antes de marcharse a Italia pero no la usó porque eso hubiera abierto una caja de pandora de consecuencias imprevisibles.

Con toda seguridad habría acabado con Jorge IV, pero es que también hubiera declarado su matrimonio nulo, su fallecida hija, Carlota, habría sido una “bastarda” y toda la línea de sucesión hubiera pasado a la familia del duque de Windsor.

También habría cabido una opción más radical: ella podía haber asumido la corona mientras su esposo hubiera sido depuesto.

El pueblo ciertamente le apoyaba si así lo hubiera decidido.

Carolina de Brunswick trató de hacerse coronar Reina en la abadía de Westminster, pero el Rey se lo impidió.

Jorge IV se cerró en banda, cerrándole el acceso a todos los palacios y castillos reales.

Su victoria resultó ser pírrica.

Tres meses después, la reina murió, extenuada por una lucha que comenzó el día de su boda, y dejando el camino limpio a su odiado esposo.

Tenía 53 años.

La realidad, a diferencia de los cuentos, no siempre tiene un final feliz.