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González-Espejo, “evangelizadora” del LegalTech: “La abogacía tiene que reinventarse frente a un futuro que ya está aquí”

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En términos anglosajones María Jesús González-Espejo es una «evangelizadora» en España del Legal Tech (tecnología jurídica o tecnología al servicio del derecho, en español), un concepto que, en su nacimiento, hace 6 o 7 años, describía a las tecnologías que permitían la automatización de los servicios jurídicos.

Ahora su alcance es mucho mayor.

«El Legal Tech es la tecnología en la que el componente legal es crítico o aquella que sirve para prestar un servicio de naturaleza legal o bien la que se ha desarrollado para atender necesidades específicas de cualquier colectivo de profesionales jurídicos y apoya el desempeño de su trabajo», explica González-Espejo.

El Legal Tech se ha convertido en un tsunami silencioso que está abriéndose camino cada día que pasa.

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Transformando el mundo de la abogacía de una forma, la mayoría de las veces, inadvertida. 

Con ese propósito le he hecho esta entrevista. Para saber cómo va a ser el futuro que le espera a la abogacía. Nadie más apropiado que ella en estos momentos. Un reto que le hizo pensárselo, pero que al final terminó aceptando.

«La abogacía tiene que reinventarse frente a un futuro que ya está aquí», afirma rotunda.

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González-Espejo es abogada, jurista, experta en innovación e introductora del Legal Design Thinking (pensamiento de diseño legal) en España. Es directora del Instituto de Innovación Legal, que fundó en 2016, desde donde asesora a empresas de servicios profesionales –despachos de abogados y asesorías– en estrategia, marketing, comunicación y recursos humanos; también lo hace con universidades españolas y extranjeras.

Además, es vicepresidenta de la Asociación Europea de LegalTech.

María Jesús González-Espejo es una mujer simpática.

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Una característica que, en su opinión, deben tratar de ser los abogados del futuro. Y también los del presente.

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¿Y por qué más simpáticos?

Hace unos años leí una entrevista que le hicieron a Rodrigo Uría. Le preguntaron: ¿qué tipo de abogados quiere para su despacho? Y contestó, “yo los quiero simpáticos”. En aquel momento yo era directora de Recursos Humanos de Pérez Llorca me quedé petrificada.

Me dije, pobre hombre, no está bien de la cabeza.

Con el paso del tiempo me dí cuenta de que tenía razón. Porque un abogado simpático es un abogado que genera negocio, mantiene y retiene al cliente. Fideliza. Eso es lo más importante para un despacho. Y sabe de derecho.

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Pero ser simpático es un gran activo.

Y empático porque si no comprendes al otro…

La confianza es el “santo Grial” en este negocio, ¿no?

Sin duda.

Bien. Ahora vayamos al grano. Estamos en 2039. ¿Cómo es el sector legal español?

Muy diferente al actual. Si la inteligencia artificial evoluciona como algunos pensamos, mucho trabajo que hoy en día hace el abogado, no va a ser necesario. En consecuencia, la máquina lo sustituirá. El abogado hará otras cosas.

¿Qué cosas?

El abogado no buscará información como hace ahora. Basándose en etiquetas, en términos que conoce, porque la información le va a venir, en función del contexto, del documento que haya recibido de hacienda.

O de la demanda que reciba de la otra parte.

Será la máquina la que busque.

También irá fuera la labor de clasificación a la que hoy se dedica mucho tiempo. Clasificar y ordenar los documentos del cliente y los escritos que hacemos.

Toda esa labor la llevará a cabo la máquina por sí misma. Por lenguaje natural, una de las tecnologías de la inteligencia artificial.

Otras labores que no tendrá que hacer el abogado serán tareas de gestión, como ejemplo, la Agencia Tributaria hace ya tiempo que ha iniciado un camino hacia la automatización y la relación directa con el ciudadano.

Porque se está produciendo un proceso de desintermediación que es imparable. Tiene todo el sentido que la Administración, siempre que pueda, tenga una relación directa con el ciudadano.

Una relación que, por un lado, consistirá en facilitar la realización de los trámites, automatizándolos lo más posible. Porque eso supone en la práctica, transparencia, disponer de toda la información, trato directo, etcétera.

A la Administración, por su parte, le interesa ese trato directo y tener todo lo que necesita para tenernos muy controlados.

Y ahí surge una de las labores que va a ser el futuro de muchos de nosotros. La labor de defender los derechos fundamentales.

Desde su punto de vista, si la inteligencia artificial evoluciona como algunos, como ella, piensan, pensamos, mucho trabajo que hoy en día hace el abogado, no va a ser necesario. En consecuencia, la máquina lo sustituirá. El abogado hará otras cosas. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

¿La tecnología va a afectar a los derechos fundamentales?

Clarísimamente, si no comenzamos a entender lo que la tecnología está ya haciendo y va a poder hacer.

¿Por ejemplo?

La tecnología está ya controlando donde estamos, qué hacemos, qué decimos, qué escribimos. La tecnología le permite a la policía deducir si una denuncia es o no falsa. Basada en unos datos que, como abogado, hay que cuestionarse si son correctos.

Por ejemplo, en el caso de la herramienta de la policía, Veripol. Es alabable que el personal de la policía haya tenido esta iniciativa, pero como juristas tenemos que cuestionarnos el dato que alimenta a la máquina y el propio algoritmo.

Y finalmente, quién interpreta esos datos.

El trabajo del abogado va a ir orientado hacia otro tipo de labor. Tal vez no será necesario conocer de memoria las leyes, porque nos la dirá la máquina, pero sí va a ser necesario comprender cómo funciona la máquina y ser crítico.

Y los clientes, ¿cómo se captarán?

Como estamos viendo, el comercio electrónico crece en cifras exponenciales. En estos momentos, más del 30 por ciento del comercio que se realiza es “online”.

Eso quiere decir que la vida va a ser muy “online”. Ahora compramos viajes, música, productos electrónicos y algo de ropa.

En el futuro compraremos casi todo “online”.

«El trabajo del abogado va a ir orientado hacia otro tipo de labor. Tal vez no será necesario conocer de memoria las leyes, porque nos la dirá la máquina, pero sí va a ser necesario comprender cómo funciona la máquina y ser crítico»

Eso supone que cualquier obstáculo a la firma digital o a la identificación que pudiera existir, se habrá solventado.

Así es. En estos momentos, la biometría está avanzando de una forma tremenda. Y eso va a cambiarlo todo. Todo esto va a hacer más sencillo ir hacia ese mundo.

Y por tanto va a ser ahí donde va a haber fraudes y se ve en las cifras de cibercriminalidad. Si miramos las cifras de la Fiscalía, es fácil deducir que es ahí donde se va a producir un crecimiento enorme.

El mundo real no va a dejar de existir. Seguirán habiendo conflictos entre familias, que no tendrán que producirse “online”, o sí. Porque pueden tener su traducción en redes sociales.

Me viene a la cabeza el suicidio reciente de la trabajadora de IVECO a consecuencia de la divulgación de un vídeo íntimo.

Este tipo de acontecimientos van a ser el pan de cada día.

Ahí surge también surge para el abogado un reto, que es la formación en derechos digitales. Ese es un área que va a tener un enorme crecimiento.

El título X de la Ley Orgánica de Protección de Datos y Garantía de Derechos Digitales ya contempla los derechos digitales de la ciudadanía. Es un enorme paso adelante para conseguir que cualquier ciudadano tenga un mínimo conocimiento de sus derechos, para defenderlos.

En este sentido el abogado puede tener un mayor papel en la lucha cívica. Va a hacer falta mucho abogado formando a sindicatos y empleados en temas de sus derechos.

Usted se ha referido antes al importante papel que va a tener la inteligencia artificial en el futuro que ya se vislumbra.

Sí, pero a mí me preocupa el control de esa inteligencia artificial, que es necesario. Y los mecanismos no son muy claros.

¿Quién controla el algoritmo? Las empresas reivindican el derecho a su propiedad, lógicamente, en la que invierten muchas horas y mucho dinero.

No hay una ética universal que se pueda aplicar de igual forma en todas partes.

Por lo tanto, al final, el individuo va a tener mucha importancia.

Lo que más le preocupa a María Jesús González-Espejo es quien controlará la inteligencia artificial. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

España contaba en 2017 con 159.954 abogados ejercientes. ¿En 2039 tendremos el mismo número de abogados?

Las cifras de estudiantes de derecho están cayendo. Y yo creo que seguirán reduciéndose.

¿Cuántos menos habrá?

Es muy difícil hacer una previsión. Pero opino que habrá entre un 20 y 50 por ciento, menos de abogados. ¿Por qué? Porque la profesión va a ser distinta.

¿De qué forma?

Tal vez no sea necesario un abogado sino expertos en bioética que sepan de derecho, por ejemplo. Habrá carreras de derecho bioético o de derecho de la inteligencia artificial…

Sí, da para carreras diferentes. O para superespecialización. Porque son áreas de enorme complejidad jurídica.

Serán necesarios alimentadores de “chatbots”, personas que sepan derecho pero que entiendan también de este tipo de tecnología; diseñadores de “Smart contrats”, personas que entienden el derecho pero, al mismo tiempo, conocen como funciona la tecnología “block chain”; formadores en derechos digitales; compradores de tecnología.

Los contratos de licencia tienen muchas cláusulas que hay que revisar con mucho cuidado para no meter la pata; diseñador de legislación… En un futuro el ciudadano va a jugar un rol más activo en el diseño de la legislación. Algo que es muy necesario. Porque sabemos que la calidad de la legislación no es que sea mala, es que es peor.

De hecho, es gran parte de la razón por lo que tenemos grandes conflictos.

La tecnología va a permitir reducir esa mala calidad, y, por lo tanto, creo que va a haber menos litigios porque, en parte, también va a tener un rol más importante la mediación.

Los abogados no confían mucho en la mediación. Genera menos ingresos que la gestión de un conflicto.

Los abogados van a tener que reciclarse sí o sí. A los abogados lo que les toca ahora es pararse, reflexionar, mirar alrededor y ver cuál es la mejor opción para reinventarse.

En Estados Unidos, que van por delante de nosotros diez años, saben que este es uno de los retos de todos los profesionales.

La abogacía tiene que empezar a reinventarse a sí misma. Ya hay muchos ejemplos de competencia inexistente hace tres años y que está aquí. Esa competencia viene a por el mismo mercado que tú.

Ya hay tecnología que hace tu trabajo de forma mucho más eficiente que tú. Que aún es cara, ¿sí? Pero por poco tiempo.

Los retos, o las amenazas, están aquí ya.

«Con el “deep learning” la máquina aprende sola, sin que yo lo programe y le diga lo que tengo que hacer. ¿Cuál es el sueño? La presencia de la inteligencia artificial general. ¿Eso qué es? Un ser humanoide»

Cuando hablamos de inteligencia artificial, ¿de qué estamos hablando?

De una tecnología que nació en los años 50. Que tuvo un pequeño “boom”. Luego se paró muchos años. Ahora, gracias a las multinacionales Amazon, Facebook, Alí Babá, Google, ha cobrado fuerza.

Están invirtiendo millones de dólares. ¿Por qué? Porque es una tecnología que les permite saberlo todo sobre el cliente.

Se dieron cuenta de que gracias a Internet, tenían ingente cantidad de datos. Paralelamente, los ordenadores se convirtieron en máquinas infinitamente potentes. La conjunción de estos dos elementos hizo que los técnicos trabajaran en algoritmos de aplicaciones que les permitieran extraer todo tipos de informaciones útiles de esos datos.

Saben lo que nos gusta, y lo que no nos gusta. Nos sugieren, analizan nuestros perfiles, que tienen un gran valor para las publicidades segmentadas.

Recaban información sobre lo que buscamos, cómo hablamos, las imágenes que utilizamos, las etiquetas que llevan… Esa familia ha ido creciendo. Y hemos llegado a lo que se denomina el “deep learning”, el aprendizaje profundo.

Con el “deep learning” la máquina aprende sola, sin que yo lo programe y le diga lo que tengo que hacer.

¿Cuál es el sueño? La presencia de la inteligencia artificial general. ¿Eso qué es? Un ser humanoide.

¿Vamos a llegar a eso? No, nadie lo sabe. Ni cuando.

Volvamos a 2039. ¿Será posible entonces saber de qué pie cojea un juez en cada caso?

Eso ya está. Hoy en día podemos saber si este juez o este otro falla de una forma o de otra y en qué porcentaje de casos. Es estadística, pero ya funciona. Podemos saber qué estrategia hay que utilizar, dependiendo de quién sea el juez.

En España hay cuatro empresas, que yo conozca, que ofrecen soluciones como Jurimetría, Deepion, Legal Data, Tirant Analytics y Vlex Analytics.

Luego tenemos también algo que me parece fascinante. Yo recibo un escrito, lo subo a la máquina, y ésta es capaz, por lo que lee, cuál es la legislación que tengo que aplicar, cuáles son las sentencias que más se acercan a lo que tengo que decir, cuál es la doctrina.

Está en beta, pero ya está funcionando.

Sé que desde el pasado mes de noviembre hay como 20 despachos probándolo. Yo lo he visto. Y funciona.

La conclusión evidente es que eso conducirá a un recorte en puestos de trabajo, ¿no?

Puede ser que sí. O puede ser que no. Cuando se instala una tecnología nueva eso genera más trabajo.

Pero en el momento en que se implementa, el recorte es claro.

Sí, evidentemente se reduce. También aquí en España es una preocupación. Porque en estos momentos se está formando a la gente para el empleo del pasado y no para el del futuro.

El empleo del pasado era un empleo basado en la memorización, en el análisis del dato por una persona, en el trabajo individual, muy focalizado y especializado en un área.

El del futuro es un empleo interdisciplinar, colaborativo; para personas capaces de detectar las emociones de los otros, para entender cómo piensa el otro y ponerse en su lugar.

Y para las personas capaces de ser muy creativas y de solucionar problemas que se presentan de repente. Porque viene un mundo vica, un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo.

A ese tipo de mundo no le gusta un hombre estructurado al que le gustan las jerarquías y el orden.

El empleo del futuro, según González-Espejo, es un empleo interdisciplinar, colaborativo; para personas capaces de detectar las emociones de los otros, para entender cómo piensa el otro y ponerse en su lugar. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

Un paraíso para los españoles.

Es cierto que somos buenos improvisando, sí, pero también que nos acomodamos en zonas de confort. El español no es un aventurero.

Cuando doy clase en másteres y pregunto a la gente joven qué quieren ser en el futuro una enorme cantidad de chicos levantan la mano y dicen, funcionarios.

Es cierto que a la gente joven la gran crisis que hemos pasado les ha dado muy fuerte y buscan una seguridad. Cuando esa seguridad no va a tenerla nunca nadie, salvo los hijos de Amancio Ortega.

Este es el mundo en el que ya estamos, que produce ansiedad y miedo, pero también es un escenario muy interesante que puede hacer crecer a la persona. Es un mundo de oportunidad.

El 95 por ciento de los despachos son pequeños. ¿Quiere esto decir que el tsunami Legal Tech se va a llevar por delante a la gran mayoría y que sólo sobrevivirán los grandes?

Los despachos grandes no son los que están haciendo cosas más innovadoras y de futuro. Porque un despacho grande es un gran elefante donde hay muchos socios y cualquier toma de decisiones es compleja, mirando mucho el dinero, porque se gana mucho, y donde no siempre se toman las decisiones cuando hay que tomarlas.

Luego hay un segundo tipo de despacho, que puede ser mediano o pequeño –también algún grande– al que yo llamo zorro, que está viendo la oportunidad y la está aprovechando.

Después estaría la tortuga, que no se entera de lo que está pasando. Ahí está la inmensa mayoría del sector, los pequeños despachos, que bastante tienen con su día a día, que es de muchísimo trabajo y no tienen tiempo para pensar en el más allá.

Al cuarto lo denomino la marmota, que sí se ha enterado, pero está ahí, viéndolas venir, sin tomar una decisión sobre donde tirar.

¿La desorientación en la tónica?

Sí, porque no es fácil. Aquí hay que comprender varios conceptos. El primero es el de innovación, que mucha gente confunde con el concepto de transformación digital.

Y no es lo mismo.

Innovación significa mirar a cómo hacemos las cosas. Autodiagnóstico. Mirar a lo que está sucediendo alrededor, y con ello quiero decir, comprender quién es tu cliente, qué quiere, qué está haciendo, quiénes son tus competidores, qué hacen, qué tecnología emplean…

Cuando soy consciente de quien soy es cuando puedo tomar decisiones que no tienen por qué ser comprar una herramienta tecnológica.

Puede ser abrir una oficina en otro país, o contratar diez personas más. O cambiar los servicios porque no son los del futuro.

«La innovación y la transformación digital no son lo mismo. Innovación significa mirar a cómo hacemos las cosas. Autodiagnóstico. Mirar a lo que está sucediendo alrededor, y con ello quiero decir, comprender quién es tu cliente, qué quiere, qué está haciendo, quiénes son tus competidores, qué hacen, qué tecnología emplean… Y actuar»

Lo que ha hecho recientemente ECIXGroup, que ha dejado de ser un despacho de abogados al uso y se ha transformado en una consultoría de cumplimiento normativo.

Por ejemplo. Aunque ellos ya eran asesores de “Compliance”.

Lo que han hecho ha sido implementar una estrategia de innovación. Porque esto lo que hago. Lo voy a llamar bien llamándolo por su nombre.

Porque ese es un problema. Hay muchos despachos que realmente no tienen bien definida su cartera de servicios. Hacen muchas cosas pero no le han puesto un nombre comprensible para otros.

Tienen serios retos organizativos. Es una de las primeras cosas que tienen que hacer si quieren innovar. Si dentro la casa está desordenada es complicado hacer virguerías nuevas. Lo primero es ordenar la casa. Empezar por lo básico.

Una de las cosas que más me han impresionado a mí, en mi trabajo como consultora, incluso en grandes despachos –y no le puedo dar nombres–, es que cuando les preguntas qué es lo que venden, no te lo saben explicar.

¿Entonces cómo captan clientes?

Esta profesión se basa en la confianza. Tú le dices al cliente, con cuya confianza cuentas, “yo te voy a hacer esto”, y ya está.

Lo que no hay es una clara definición de lo que incluye tu servicio.

Todo eso bien hecho lo tienen muy bien los grandes.

Hemos hablado de los despachos. ¿Y qué ocurre con las universidades, donde se están formando los futuros abogados? ¿Son conscientes de que el futuro ya está aquí?

La preocupación es la tónica general. Yo he formado -y sigo haciéndolo- a varias, tanto en España como en Iberoamérica. Quieren hacer cosas. Pero no es fácil. Los profesores no están formados para este nuevo mundo. Tienen sus materias hechas. Llevan muchos años enseñando las materias de una forma.

Su desafío es doble: ¿cómo incorporan en sus asignaturas los profesores todo esto que está pasando? Es decir, derecho procesal. ¿Cómo le afecta la tecnología, internet, en materia de delitos o en materia de presentación de pruebas en juicio? Este es un primer ejercicio que tienen que hacer todos los profesores de cada materia. ¿Cómo le afecta al derecho fiscal las investigaciones que la Hacienda está haciendo con drones? El uso del “big data” por hacienda, o “block chain». El derecho inmobiliario. No sabemos si los registradores pasarán sus registros al block change, pero lo están estudiando.

Todo esto lo tiene que saber el estudiante.

El segundo reto se refiere más a temas de habilidades. ¿Cómo tiene que ser el empleado? Tiene que ser creativo, capaz de improvisar ante problemas, interdisciplinar y que trabaja bien en equipo. Estas habilidades no se enseñan en la Facultad. Allí se aprende mucho derecho y, prácticamente, nada más. Ni siquiera contabilidad y cosas que necesitas en tu día a día como abogado.

Y frente a estos desafíos no queda otra que hacerles frente. O perecer.