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Hace 3.135 años una mujer administró Justicia en Israel: Se llamaba Débora y fue la primera juez de la historia en Occidente

La juez Débora también poseía el don de la clarividencia, de conocer las cosas que iban a suceder.
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Desde el principio de la civilización, la mujer no ha tenido nada fácil su acceso al mundo de la judicatura. Y eso que las cosas pintaron bien al principio. Corría el año 1.115 antes de Cristo.

Fue cuando apareció la primera juez de la historia de Occidente en Israel: Débora.

Es decir, hace 3.135 años contando atrás desde este año de 2020.

Cuando el pueblo de Israel llegó a la “tierra prometida” empezó a ser gobernado por los Jueces.

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En esa época y tal y como aparece escrito en la Biblia, en los capítulos IV y V del Libro de los Jueces, Débora asumió su nuevo cargo, ejerciendo un liderazgo impensable en aquellos tiempos para una mujer.

Unos tiempos en los que los hombres tenían todas las responsabilidades sociales y religiosas.

Las mujeres no contaban. Pero Débora supo hacerse respetar.

Más tarde sería llamada “la madre de Israel”. Era una mujer hábil y muy inteligente.

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Como juez, administraba justicia, sentada bajo una palmera, entre Rama y Betel, y ayudaba a la gente con sus diferencias tribales y problemas familiares.

Su función basculaba entre la de una “mujer buena”, una mediadora, una juez de paz de nuestro tiempo y, cuando las cosas eran gordas y serias, un juez al uso.

Por aquel tiempo, la división de poderes ni existía ni se la esperaba, y la democracia era un concepto alienígena al ser humano en aquellos tiempos.

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Débora hacía bien su trabajo.

Resolvía los pleitos que le presentaban sus conciudadanos, y aunque la parte perdedora no quedaba contenta, contribuía a la paz social de forma determinante.

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Pero Débora hacía más que juzgar.

También podía “ver” los peligros que acechaban desde el futuro.

POSEÍA EL DON DE CONOCER EL FUTURO

Hoy se la describiría como vidente.

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En una ocasión percibió una grave amenaza para la supervivencia del propio Israel. 

Los cananeos, los habitantes de la tierra de Canaá, como hasta la llegada de los israelias se denominaba lo que más tarde éstos bautizaron como Israel y después se ha conocido como Palestina, veían a estos como unos intrusos e invasores de sus tierras.

Estaban determinados a borrar al pueblo de Israel de la faz de la tierra y a recuperar lo que consideraban suyo, por derecho de posesión.

La juez Débora se movilizó a toda velocidad y encomendó al militar Barac que reuniera un gran ejército entre las tribus de Israel para hacer frente a los cananeos.

Además, le profetizó que Dios les daría la victoria.

El general Barac, que no se creía mucho lo de la videncia de Débora, le contestó positivamente, pero le puso como condición que le acompañara en la batalla.

Sin ponérselo en palabras, le dejó claro que, si fallaba en su pronóstico, morirían los dos.

Débora accedió sin titubear.

Y para demostrarle que ella no era ninguna echadora de cartas de pacotilla al uso, le profetizó algo muy concreto: “Al general Sísara, líder de los cananeos, no lo matará tu espada. Lo hará una mujer”.

Barac le contestó con una mirada de incredulidad suprema.

El militar no le dio la menor importancia y se entregó a la preparación del ejército israelita que debía librar la batalla.

Semanas más tarde tuvo lugar.

Barac y sus hombres se enfrentaron a los cananeos.

Como profetizó Débora, les dieron “una manita”, como se suele decir hoy en lenguaje deportivo.

La derrota fue estrepitosa.

Sísara huyó a toda velocidad para salvar la vida.

En su fuga encontró una tienda, la tienda de Jael, esposa de Heber Ceneo.

Los dos pertenecían al pueblo de los recabitas, que convivieron armónicamente con los israelitas en Canaá, como también lo hicieron con los cananeos.

El general estaba agotado, después de horas batiéndose el cobre frente a sus enemigos.

Por eso le pidió a la mujer un poco de agua y cobijo para descansar y recuperar fuerzas.

No temió ni sospechó nada. La mujer no era judía. Por lo tanto, no la consideraba enemiga.

Al contrario.

Jael, primorosa en el trato, le dio leche y le llevó sobre una mullida alfombra. Luego le cubrió con una manta y le dejó dormir.

Cuando había alcanzado un sueño profundo, Jael se acercó al general Sísara y le clavó una estaca en la cabeza, de las que utilizaban para sujetar las tiendas, quitándole así la vida.

De esa forma se cumplió la profecía de la jueza Débora: “El enemigo no morirá por la espada de Barac sino a manos de una mujer…”.

Desde entonces el pueblo israelí entona el canto de Débora, uno de los pasajes más antiguos de la Biblia (Jueces 5:23-27, en el Antiguo Testamento) que viene a enfatizar que Dios usó a las mujeres valientes, como Débora, para guiar y liberar a su pueblo:

“Maldecid á Meroz, dijo el ángel de Jehová: Maldecid severamente á sus moradores, Porque no vinieron en socorro a Jehová, En socorro á Jehová contra los fuertes. Bendita sea entre las mujeres Jael, mujer de Heber Cineo. Sobre las mujeres bendita sea en la tienda. El pidió agua, y dióle ella leche. En tazón de nobles le presentó manteca. Su mano tendió á la estaca, Y su diestra al mazo de trabajadores. Y mató á Sísara, hirió su cabeza. Llagó y atravesó sus sienes. Cayó encorvado entre sus pies, quedó tendido. Entre sus pies cayó encorvado. Donde se encorvó, allí cayó muerto”.

Y no hay duda que la juez Débora lo consiguió, porque, según la Biblia, en su tierra hubo paz durante los 40 años siguientes.