El lenguaje no solo describe la realidad: la moldea. En el caso del edadismo, las palabras que usamos para referirnos a las personas mayores pueden reforzar estereotipos, invisibilizar su diversidad o limitar su participación social.
El uso de expresiones como “ya no está para eso”, “los abuelos” o “los viejos” como categorías homogéneas, reducen la identidad de millones de personas a clichés simplificadores. La utilización para representar al colectivo mayor de una imagen de personas débiles, que requieren de compañía y bastón, encuadra al colectivo en ese estereotipo, que no siempre responde a la realidad.
Hay personas mayores más en forma que muchas jóvenes y perfectamente autónomas e independientes.
Según un estudio publicado en la Revista Española de Geriatría y Gerontología, el lenguaje edadista tiene efectos negativos en el bienestar físico, emocional y social de las personas mayores. En el caso de las mujeres, se suma a la discriminación de género, generando una doble exclusión.
El lenguaje jurídico y profesional también puede ser edadista si no se revisa críticamente. Pensemos en algunos de los términos que usan nuestras normas: dependiente, clases pasivas, incapaz/incapacitación, anciano, tercera edad, minusválido/inválido, vejeces desvalidas/pensionistas pobres, carga familiar por ascendientes, asilo de ancianos, club del jubilado/hogar del pensionista, inactivo, etc.
Son todos vocablos que perpetúan una visión pasiva y homogénea de la vejez, ignorando la diversidad de situaciones y trayectorias vitales.
Este artículo propone estrategias para una comunicación más inclusiva, precisa y respetuosa con la diversidad generacional, tanto en el ámbito jurídico como en el social.
Por qué necesitamos revisar cómo llamamos a los mayores
Cuando decimos «los mayores», ¿a quién nos referimos exactamente? ¿A nuestros padres? ¿A nuestros abuelos? ¿A personas de 60, 70, 80, 90 o más de 100 años? ¿A quiénes están plenamente activos o a quienes necesitan asistencia? ¿Es lógico que todos estos colectivos de personas, con realidades tan distintas, estén integradas en el mismo grupo, el de los mayores, los séniors? O quizás ha llegado la hora de revisar la terminología para denominarlos.
La forma en la que nombramos a las personas mayores no es neutra. Las palabras que usamos reflejan —y muchas veces refuerzan— estereotipos, prejuicios y narrativas que invisibilizan la diversidad de este grupo. Y lo que es más importante: esas palabras también influyen en cómo las tratamos, cómo las escuchamos y cómo construimos políticas y vínculos con ellas. Y si queremos diseñar estrategias y políticas públicas adaptadas a los tiempos, este vocabulario está plenamente superado.
La importancia de encontrar nombres adecuados
El lenguaje importa. No es lo mismo decir «abuelito» que decir «persona mayor». No es lo mismo hablar de “los viejos” que de “adultos mayores”. Algunas palabras infantilizan, otras suenan condescendientes, y muchas no hacen justicia a la complejidad del envejecimiento.
Por ejemplo, ¿cómo podemos meter en una misma categoría a una mujer de 65 años que trabaja, viaja y está activa en mil proyectos, y a una persona de 90 años con dependencia severa? Ambas pueden ser consideradas «mayores», pero sus realidades son muy distintas.
Necesitamos un lenguaje más amplio, más preciso, más respetuoso. No podemos seguir usando un término único para llamar a todos los mayores. Tenemos que aprender a “nombrar sin encasillar”.
La necesidad de revisar el discurso sobre los mayores
Cuando hoy se habla sobre los mayores dominan dos tipos de discursos:
El primero es el de la fragilidad: los mayores como sujetos pasivos, frágiles, enfermos, dependientes. Este discurso genera miedo al envejecimiento y justifica su marginación.
El segundo el de la «persona mayor idealizada»: aquella que corre maratones a los 80, que sigue siendo joven por dentro, que “no parece su edad”. Este discurso, aunque parece positivo, también es cuestionable pues invisibiliza a quienes no encajan en ese modelo y refuerza la idea de que solo se es valioso si se mantiene “joven”.
Ambos discursos son simplificaciones y nos impiden ver la enorme diversidad, riqueza y complejidad que hay en el proceso de envejecer.
La importancia de revisar la comunicación con los mayores
Tan importante como el lenguaje que usamos para hablar de los mayores es el que empleamos al hablar con ellos. Muchas veces, la comunicación con personas mayores está marcada por el paternalismo, la condescendencia o la infantilización.
Usamos diminutivos, un tono de voz exageradamente suave, damos órdenes sin explicar o tomamos decisiones que les afectan sin consultarles. Este tipo de comunicación no solo es irrespetuosa, sino que vulnera su autonomía y dignidad.
La buena comunicación exige reconocer la capacidad de decisión, los saberes acumulados, los ritmos propios y las formas de expresión de cada persona. También implica adaptar los canales y formatos: muchas campañas, aplicaciones, trámites o servicios no están pensados para las realidades tecnológicas y cognitivas de muchas personas mayores.
Propuestas constructivas
Quiero acabar esta tribuna con optimismo, haciendo propuestas constructivas, porque el futuro depende de nosotros en gran parte: Aquí van:
• Visibilizar la diversidad de trayectorias vitales en la vejez, mostrando ejemplos reales y variados.
• Incluir a muchas más personas mayores en la creación de políticas públicas, campañas, espacios culturales.
• Formar a los profesionales que tratan con personas mayores para que sean capaces de ofrecer siempre un trato digno, utilizar un lenguaje inclusivo y hacer una escucha verdaderamente activa.
• Fomentar espacios intergeneracionales, donde no haya jerarquías, sino colaboración y respeto mutuo.
• Y, sobre todo, escuchar más. Porque nadie mejor que quienes viven esta etapa para contar lo que necesitan, lo que sienten y lo que desean.
Conclusión
Cambiar el lenguaje no es un gesto superficial. Es un primer paso para cambiar la mirada que tenemos sobre el mayor, para construir vínculos más justos, para reconocer la dignidad de todas las edades. Es necesario que podamos encontrar mejores nombres para denominar las realidades relacionadas con las personas mayores. También que aprendemos a comunicar mejor sobre ellas y con ellas. La comunicación es una herramienta esencial del buen envejecimiento y mejorarla está en nuestras manos.
La autora, María Jesús González-Espejo es fundadora del Instituto de Smart Ageing y autora de “El arte de envejecer sabiamente”.