Un juzgado de Torrent, en Valencia, ese lugar donde los papeles se acumulan con más devoción que en una sacristía, ha decidido procesar a un fraile de la residencia de sacerdotes de El Vedat.
Sí, un fraile. De esos que deberían predicar el desapego material, aunque, según se investiga, parecía tenerle un cariño especial a los más de 220.000 euros que presuntamente salió tomando de los bolsillos de sus propios compañeros. Hermandad, en fin.
Y, como en toda historia que se precie, no iba a faltar el acompañante. El auto del 9 de junio incorpora a otro individuo, supuesto escudero del religioso en esta aventura económica de dudosa inspiración divina. Nada nuevo: hasta el más humilde de los siervos suele querer a alguien que le sostenga la linterna mientras se adentra en terreno pantanoso.
Todo empezó con denuncias que apuntaban a que algo chirriaba en la residencia. Párrocos ancianos, con las facultades ya algo apagadas, hacían la aportación que les correspondía… aunque el dinero, misteriosamente, no se destinaba a cuidados ni atenciones, sino que presuntamente emprendía viajes más pintorescos que el pasillo hacia el comedor.
Siguiendo la tradición nacional —esa mezcla entre picaresca y derecho penal— el juzgado abrió una investigación para averiguar quién había pasado del “déjamelo a mí” al terreno de la apropiación indebida.
Y las pruebas, de momento, señalan a este peculiar dúo: dos responsables de la gestión del lugar que habrían enviado esos 220.000 euros a destinos tan lejanos como Colombia o Argentina, siempre desde discretos locutorios. Una logística más propia de novela de quiosco que de retiro espiritual.
El procedimiento, según se relata, era sencillo: uno de ellos tenía acceso a las cuentas de los residentes para pagar gastos comunes. Entre recibo y recibo, parece que siempre había espacio para un pequeño ajuste, y así habrían ido sumando cantidades que después salían rumbo al extranjero con la misma naturalidad con la que se enciende el incienso antes de misa.
Con el auto de procedimiento abreviado, la investigación formal se da por concluida. Lo que viene ahora —escritos de acusación, defensas y quizá un juicio oral— promete mantener el interés. En este país siempre hemos tenido talento para convertir incluso la vida monástica en una tragicomedia digna de escenario.