Al «Sacamantecas» le atribuyeron 7 asesinatos consumador y 4 intentos de asesinato. La Justicia le condenó dos veces a pena de muerte y fue ejecutado por garrote vil. Foto: Generada por IA a partir del único retrato que existe de él.

Juan Díaz de Garayo, alias «Sacamantecas»: el primer asesino en serie en la Álava del siglo XIX

16 / 11 / 2025 05:45

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Dicen los viejos moralistas —con esa lucidez que solo concede mirar despacio el alma humana— que el mal, cuando no irrumpe con el estruendo de las grandes desgracias, suele tomar la forma de gente diminuta, casi invisible, criaturas de gesto caído y ojos enturbiados. Y, sin embargo, es precisamente en esas figuras apagadas donde con más gusto se instala la bestialidad.

Esa intuición, incómoda para quienes presumen de haber sometido el mundo a la razón, cobró en la Álava del siglo XIX un espesor inquietante. Antes de que la justicia fijara un nombre en los autos, antes incluso de que la prensa hablara de monstruo, un susurro de miedo corría de caserío en caserío, como una letanía sombría que el viento repetía entre campanarios y trigales.

Los rumores hablaban de mujeres halladas en descampados, en laderas, en senderos perdidos por el norte agreste: algunas aún agonizaban; otras yacían en una quietud áspera, la que deja la violencia cuando ya no tiene nada que romper.

Había cuerpos estrangulados, ultrajados, mutilados con una ferocidad desconocida en la provincia: vientres abiertos de arriba abajo, órganos arrancados con saña casi ritual, puñaladas incontables que parecían un desafío a la razón misma. De aquel inventario espantoso nació el mito del “Sacamantecas”.

Y no sin motivo: oficialmente se le atribuyeron 7 asesinatos consumados y 4 intentos, aunque el rumor popular —esa voz que pocas veces yerra en cuestiones de miedo— duplicaba sin pudor la cifra, como si la aritmética fuera incapaz de seguir el pulso del horror.

EL MODUS OPERANDI

Su manera de actuar tenía algo de ceremonia torcida. Se acercaba a una mujer con cualquier excusa trivial, caminaba un trecho junto a ella, fingía una calma frágil, tal vez un amago de amabilidad. Y de pronto, sin aviso ni amenaza, se abalanzaba: la estrangulaba con las manos o con un trapo improvisado. Cuando el cuerpo cedía, lo arrastraba hasta un matorral para ultrajarlo —o intentarlo—, aprovechándose del calor que aún retenía la muerte reciente.

Si sospechaba que podía sobrevivir, remataba con cuchilladas brutales. Y en ciertos arrebatos, más cercanos a un trance demoníaco que a un impulso humano, abría el abdomen, hundía las manos en las vísceras palpitantes y extraía órganos, como si buscara en ese acto sacrílego el sosiego que nunca encontraba. Él mismo lo diría sin un temblor: lo hacía “para ver si así se calmaba”.

Quizá —si ampliamos la mirada más allá de fronteras y siglos— se entienda que la vesanía de Garayo no fue un destello aislado, sino un capítulo más en esa corriente subterránea del crimen que reaparece con distintos rostros en tiempos y países diversos.

Así ocurrió con Andrei Chikatilo, el tristemente célebre carnicero de Rostov, que se alzó en la Unión Soviética tardía como un eco macabro del «Sacamantecas». Maestro de escuela de día y depredador nocturno por inclinación siniestra, confesó 56 asesinatos —aunque lo condenaron por 52—, ejecutados con una frialdad más dura que la estepa que lo formó.

Y, sin embargo, más allá de distancia y fechas, lo que une a ambos es la misma pulsión íntima que los empujaba al crimen: ese cóctel de impotencia vital, rabia soterrada y frenesí sexual que solo encontraba alivio —si es que puede llamarse así— desgarrando un cuerpo ajeno.

Chikatilo, mutilador compulsivo, solo lograba eyacular en el espasmo final de sus víctimas; Garayo, menos sofisticado pero igual de demente, hundía las manos en el vientre abierto “para ver si así se calmaba”, como si el horror fuera una caricia retorcida.

Ambos, Garayo y Chikatilo, descubrieron, en su abismo personal, una suerte de exorcismo invertido en la carne destrozada: una liberación animal que la sociedad civilizada solo puede contemplar con espanto.

Y del mismo modo que Chikatilo dejó los bosques de Rostov sembrados de cadáveres profanados, Garayo marcó montes y veredas alaveses con cuerpos ultrajados, repitiendo —cada uno en su época— ese rito atávico que convierte al hombre en bestia y a la víctima en una ofrenda sin sentido.

Ninguno conocía a sus víctimas. Esa ausencia total de vínculo fue lo que los convirtió, sin ambigüedad, en asesinos en serie.

Esa frialdad dibujaba el retrato exacto del psicópata desalmado que hoy reconoceríamos sin dudas: incapaz de empatía, ajeno al dolor, sin el menor remordimiento, pero plenamente consciente de lo que hacía, como confirmaron los informes que lo declararon imputable

LA DETENCIÓN

El destino, siempre irónico cuando empuja hacia la caída a los perversos, lo llevó a concentrar en un solo día las atrocidades que lo condenarían.

El 7 de septiembre de 1879 estranguló y violó a María Dolores García de Cortázar, de 25 años, y la acuchilló antes de ocultar el cuerpo entre unos chaparros. Al amanecer siguiente, en el monte de Arriaga, repitió el ritual con Manuela Audicana, de 52: la estranguló con su propio delantal, la arrastró, la desnudó, la acribilló y le abrió el vientre para extraer tripas y riñón, que arrojó a unos matojos.

Y, como remate grotesco, se comió un panecillo francés que ella llevaba en la cesta, como si el crimen terminara en una merienda blasfema.

Cuando la Guardia Civil y los jueces empezaron a cruzar indicios, la figura del asesino emergió del fango de la sospecha: un agricultor de Eguilaz, huraño y torpe, mirada baja, nombre anodino: Juan Díaz de Garayo.

La detención no tuvo épica alguna, pero sus confesiones estremecieron incluso a los corazones más curtidos: admitió los dos crímenes recientes, otros cinco anteriores y varias tentativas, con una serenidad aterradora, sin exaltación ni arrepentimiento.

Contó que, tras matar a María Dolores, durmió bajo un puente; explicó que abrió a Manuela para ver si así amainaba su tormento interior.

Esa frialdad dibujaba el retrato exacto del psicópata desalmado que hoy reconoceríamos sin dudas: incapaz de empatía, ajeno al dolor, sin el menor remordimiento, pero plenamente consciente de lo que hacía, como confirmaron los informes que lo declararon imputable.

LOS JUICIOS Y LAS CONDENAS

El apodo de “Sacamantecas” no nació en los tribunales, sino en el pueblo. La figura del ogro que arrancaba grasa para ungüentos y pócimas aún rondaba las aldeas alavesas, y cuando aparecieron mujeres abiertas en canal, muchos vieron en aquellas carnicerías la sombra del viejo espectro.

Aunque luego se demostrara que Garayo no buscaba grasa ni realizaba ritual alguno, el mito prendió. El pueblo entendió algo esencial: no hacía falta magia para convertir a un hombre en bestia; basta con su rostro cotidiano, con su anonimato.

Los juicios, celebrados en la Audiencia de Burgos, fueron un espectáculo trágico. La sala, abarrotada de curiosos, campesinos y gente deseosa de ver al ogro, escuchó a médicos, guardias y al propio acusado, que hablaba con la misma indiferencia con que actuaba.

Su abogado, tenaz hasta la extenuación, construyó una defensa basada en la supuesta inimputabilidad: dijo que estaba dominado por impulsos irresistibles, que era un imbécil profundo según ciertos alienistas, que sus actos eran brotes de locura parcial.

Dos psiquiatras prestigiosos, entre ellos el doctor Esquerdo, respaldaron esa tesis, presentándolo como un “loco moral” de manual. Pero once médicos de Vitoria, tras meses de observación, afirmaron con rotundidad que tenía la mente en su sitio y actuaba con plena libertad.

La Audiencia, atendiendo a la contundencia de las pruebas y a la lucidez monstruosa de los hechos, lo condenó a muerte en ambos procesos.

El abogado recurrió al Supremo alegando defectos de forma y contradicciones, pero el Alto Tribunal fue categórico: los hechos estaban sobradamente probados; la valoración médica correspondía a la Audiencia; nada indicaba falta de libertad moral. Ratificó las dos penas capitales.

Y así, la mañana del 11 de mayo de 1881, en el patio del Polvorín Viejo de Vitoria, el verdugo ajustó el collar del garrote al cuello de Garayo.

Más de 10.000 personas —en su mayoría mujeres, aquellas a quienes había convertido en presa potencial— se apiñaron para presenciar el final. Cuando el mecanismo quebró el cuello del condenado, la multitud avanzó en avalancha hacia el patíbulo, ansiosa por ver de cerca al monstruo abatido.

Infantería y caballería tuvieron que contener el torrente humano, como si la sociedad quisiera verificar con sus propios ojos que el espectro había desaparecido por fin.

Así murió quien sembró el espanto en Álava; pero el mito del «Sacamantecas» —mezcla de crimen y superstición, de barbarie y fábula— siguió recorriendo cocinas y cuentos mucho después de que el cadáver se enfriara bajo el cielo severo de Vitoria.

Porque, al final, lo que nos aterra no es solo la monstruosidad del asesino, sino descubrir que el mal puede anidar en los seres más insignificantes, y que ninguna civilización, por orgullosa que esté de su progreso, está a salvo de las sombras que laten, calladas, en el corazón humano.

El caso aparece recogido en el primer volumen de Los procesos célebres seguidos ante el Tribunal Supremo en sus doscientos años de historia, publicado por el Alto Tribunal en 2014.

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