Opinión | El Compliance y los riesgos del «Groupthink»

Javier Puyol, socio director de la firma Puyol Abogados & Partners, y reputado experto internacional en el campo del Compliance, explica el peligro que, para el cumplimiento normativo, supone el «Groupthink». Foto: Confilegal.

29 / 01 / 2026 05:41

Actualizado el 29 / 01 / 2026 09:30

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El fenómeno del “groupthink” constituye uno de los riesgos menos estudiados pero más devastadores dentro de la gobernanza corporativa, la gestión de equipos directivos, y los sistemas de cumplimiento normativo.

Aunque tradicionalmente se ha analizado en el ámbito de la psicología social, su irrupción en el mundo del Compliance es inevitable debido al incremento de la complejidad regulatoria, a la presión constante por la toma de decisiones rápidas y al funcionamiento cada vez más interconectado de las organizaciones.

El “groupthink” describe la tendencia de los grupos a buscar la cohesión y el consenso, a costa de sacrificar la racionalidad, la deliberación crítica, y la adopción de decisiones basadas en evidencia.

El “groupthink” aparece cuando los grupos se cohesionan bajo una lógica emocional o jerárquica, que hace que los miembros prioricen la armonía, la pertenencia, o la aprobación del líder por encima del razonamiento crítico.

Este proceso distorsiona la percepción del riesgo, provoca que las dudas se silencien, que las advertencias se minimicen, y que se infravaloren las señales de alerta, que deberían activar mecanismos internos de investigación, de denuncia o de control.

Desde la perspectiva del Compliance, esto es extremadamente peligroso, porque neutraliza la función preventiva del sistema, ya que si el equipo directivo, el comité de ética, los mandos intermedios, o los departamentos técnicos pierden la capacidad de discrepar razonadamente, la organización queda expuesta a la comisión involuntaria de infracciones graves.

«El ‘groupthink’ aparece cuando los grupos se cohesionan bajo una lógica emocional o jerárquica, que hace que los miembros prioricen la armonía, la pertenencia, o la aprobación del líder por encima del razonamiento crítico».

Los riesgos penales, y los de naturaleza fiscal, laboral, medioambiental, de protección de datos, o de blanqueo de capitales se vuelven invisibles para un grupo, que decide no percibirlos, no por ignorancia normativa, sino por la presión psicológica existente.

La responsabilidad corporativa nace muchas veces, no de la falta de conocimiento, sino de la falta de pensamiento crítico.

En términos de cultura de cumplimiento, representa un enemigo directo del pensamiento independiente, de la identificación temprana de riesgos, y de la detección de comportamientos no éticos, que deberían ser señalados por los equipos.

Una falsa inteligencia colectiva

La inteligencia colectiva solo aporta valor, si se construye sobre la diversidad cognitiva, la disidencia razonada, y la transparencia; sin estos elementos se convierte en una falsa inteligencia colectiva, que realmente opera como pensamiento gregario, reforzando la comisión de errores, invisibilizando la existencia de dilemas éticos, y alimentando con ello unas decisiones, que pueden conllevar graves repercusiones penales, regulatorias, e incluso, reputacionales.

La incorporación de la inteligencia colectiva a los sistemas de cumplimiento normativo representa una evolución natural en la manera en que las organizaciones diseñan, vigilan, y fortalecen sus modelos de prevención de riesgos.

Sin embargo, este potencial solo se materializa cuando el proceso colectivo se construye sobre la diversidad cognitiva, sobre un pensamiento crítico, sobre la libertad psicológica, y sobre los mecanismos robustos de deliberación estructurada.

El riesgo se multiplica cuando el “groupthink” se combina con culturas organizacionales fuertemente jerarquizadas, donde la figura del líder, o de la alta dirección, se convierten en un punto de referencia que es incuestionable.

En este tipo de entornos, los empleados interiorizan la creencia de que disentir es sinónimo de deslealtad, de obstaculización, o, incluso, de  falta de alineamiento estratégico.

De este modo, aquellos individuos, que poseen una formación técnica sólida y una amplia experiencia, pueden caer en el silenciamiento estratégico de objeciones, adoptando una postura pasiva, que refuerza los errores del grupo.

La organización, creyendo falsamente haber alcanzado un consenso robusto, toma decisiones arriesgadas sin haber considerado las alternativas, los impactos normativos, o las consecuencias éticas.

El «tone at the top«, en lugar de ser un motor de cultura ética, se convierte en un amplificador del pensamiento gregario.

El Compliance emocional añade aquí una dimensión determinante, y muy condicionante, basada en el miedo a equivocarse ante otros, el temor a quedar aislado, la ansiedad por ser percibido como excesivamente prudente, o demasiado crítico, y la presión por mostrar básicamente un alineamiento incondicional.

Estas emociones tóxicas desplazan la objetividad, y convierten la toma de decisiones en un proceso emocionalmente capturado por la necesidad inconsciente de proteger la cohesión del grupo.

Una degeneración

Cuando estos elementos fallan, la inteligencia colectiva deja de ser un instrumento de fortalecimiento del Compliance,  para en ese momento,  transformarse en una fuente silenciosa de riesgo.

Esta degeneración se conoce como “groupthink”, un fenómeno psicológico y organizacional, que erosiona la autonomía crítica de los individuos, reduce la capacidad de identificar riesgos incipientes, genera consensos artificiales, y favorece decisiones erróneas, que pueden llegar a comprometer gravemente la responsabilidad penal, administrativa y reputacional de la empresa, tal como antes se ha indicado.

En entornos corporativos sometidos a una creciente presión regulatoria, los grados de incertidumbre más elevados, y la necesidad de actuar con agilidad, el “groupthink” se presenta como una amenaza sistémica, porque opera sin ser percibido, precisamente, cuanto más aplaudido es el consenso irracional, más invisible se vuelve el riesgo de cumplimiento que esconde.

«El problema se agrava cuando el liderazgo carismático, el autoritario, o el excesivamente dominante, provoca que los miembros del comité de cumplimiento, o de los equipos de gestión silencien dudas, minimicen riesgos, o, simplemente reproduzcan las opiniones del grupo dominante».

En sistemas de cumplimiento normativo mal diseñados, el “groupthink” se manifiesta cuando la dirección proyecta un “tono en la cúpula” aparentemente seguro, pero en realidad orientado al consenso ciego, donde se prioriza el hecho de agradar al líder, en lugar de cuestionarlo.

El fenómeno resulta especialmente preocupante en entornos de innovación, de transformación digital, y de gobernanza basada en datos, donde la inteligencia colectiva se articula mediante plataformas colaborativas, sistemas de decisión distribuida, paneles de expertos internos, o comités multifuncionales.

Estos modelos, aparentemente diseñados para fomentar la participación democrática, y el pensamiento plural, pueden producir efectos contrarios, cuando no se moderan adecuadamente.

Las dinámicas de popularidad, de la visibilidad desigual de las opiniones, de la tendencia a seguir la corriente mayoritaria, y de los sesgos algorítmicos de las herramientas digitales pueden reforzar aún más el “groupthink”.

Las interfaces, que muestran primero las opiniones más votadas, los ránking de ideas, los sistemas de reputación interna, o, incluso, la presencia de líderes informales dentro de los espacios digitales, pueden generar un ecosistema, donde las voces divergentes desaparecen, o se autocensuran antes siquiera de participar.

La inteligencia colectiva se convierte en inteligencia decorativa

La inteligencia colectiva se convierte, entonces, en “inteligencia decorativa” con una aparente pluralidad, pero en realidad reproduce el pensamiento del núcleo dominante.

El problema se agrava cuando el liderazgo carismático, el autoritario, o el excesivamente dominante, provoca que los miembros del comité de cumplimiento, o de los equipos de gestión silencien dudas, minimicen riesgos, o, simplemente reproduzcan las opiniones del grupo dominante.

Este fenómeno inhibe la función de los “guardianes normativos internos”, y genera una sensación de falsa seguridad, que impide advertir señales de alarma, irregularidades contables, riesgos penales, o violaciones normativas.

Una cultura de “groupthink” puede llevar a la organización a la comisión inadvertida de delitos corporativos, a la toma de decisiones estratégicas negligentes, o, a omitir controles esenciales, porque nadie quiere ser quien incomode, o el que cuestione la opinión mayoritaria.

En estos casos, la inteligencia colectiva queda suplantada por la obediencia psicológica, y también, por el conformismo tácito.

La dinámica emocional es determinante en este fenómeno, y está estrechamente relacionada con el Compliance emocional.

El miedo a la exclusión, al ridículo, al rechazo del superior, o a ser etiquetado como “problemático” afecta gravemente la disposición de los miembros del equipo a plantear objeciones, especialmente, en aquellos entornos jerárquicos rígidos.

Las emociones tóxicas, como la ansiedad por contrariar al líder, la necesidad de aprobación, o la sensación de que la discrepancia constituye una falta de lealtad, conducen al silencio organizacional, y a la pérdida de información crítica.

Cuando la emoción predomina sobre la razón, los procesos de Compliance dejan de funcionar, porque la toma de decisiones se vuelve emocionalmente sesgada, y el sistema interno de información no fluye.

Esto es especialmente peligroso en áreas sensibles, como pueden ser el blanqueo de capitales, la protección de datos, las políticas anticorrupción, o la seguridad laboral, donde una advertencia silenciada puede desembocar en sanciones multimillonarias, la responsabilidad penal, o la existencia de daños irreversibles al entorno.

El «groupthink» se encuentra a todos los niveles

El “groupthink” no solo surge en reuniones de alto nivel, sino también en procesos de inteligencia colectiva digital, como son las plataformas colaborativas internas, los comités interdepartamentales, o, los sistemas de innovación abiertos.

En estos entornos, los sesgos de popularidad, la presión de la mayoría, y la tendencia a seguir las opiniones más visibles, pueden crear un consenso artificioso, que no responde a un análisis objetivo del riesgo.

Cuando las organizaciones emplean mecanismos digitales para generar ideas, evaluar proyectos, priorizar riesgos, o definir políticas, deben ser conscientes de que las plataformas pueden amplificar los sesgos sociales existentes, otorgar mayor visibilidad a ciertos perfiles influyentes, y, reducir la probabilidad de que opiniones divergentes tengan un papel preponderante.

Ante la ausencia de la existencia de mecanismos de anonimización, de metodologías de deliberación estructurada, o de sistemas de votación robusta, la inteligencia colectiva se distorsiona, y se convierte en un fenómeno de replicación automática de opiniones dominantes.

Desde la óptica estricta del Compliance, los riesgos del “groupthink” se pueden considerar como múltiples y, además, transversales.

Puede bloquear la detección de riesgos emergentes, evitar la identificación de incumplimientos, impedir la activación de alertas internas, y generar una burbuja cognitiva, que imita la apariencia de consenso sin ninguna base real.

Puede también dificultar el trabajo del «Compliance Officer», el cual queda aislado, si percibe que sus advertencias se consideran exageradas o disruptivas.

En situaciones extremas, la organización puede caer en errores estratégicos graves, como puede ser el hecho de aprobar productos financieramente tóxicos, incumplir normas de protección de datos por presión comercial, no valorar debidamente riesgos medioambientales, o permitir la existencia de prácticas laborales abusivas, sobre la base de que “todo el mundo lo hace” o “siempre se ha hecho así”.

«Para combatir este fenómeno, los sistemas de Compliance modernos deben incorporar técnicas avanzadas, que integren elementos de psicología organizativa, de diseño de procesos, de ingeniería de decisiones, y de gobernanza ética».

Consiguientemente con ello, la racionalidad ética se diluye, la imparcialidad desaparece, y la organización pierde capacidad de autocorrección, lo cual es incompatible con las exigencias de la ISO 37301, la ISO 37002, e incluso, con los principios de buen gobierno corporativo de las autoridades regulatorias.

La gestión del riesgo de “groupthink” exige medidas avanzadas, que van más allá de simples recordatorios éticos.

Implica rediseñar procesos de reunión para introducir la deliberación crítica obligatoria, fomentar la diversidad cognitiva y profesional, proteger activamente la disidencia argumentada, asegurar la anonimización en ciertos procesos de aportación de ideas, y exigir, que todos los miembros del equipo justifiquen sus posturas, especialmente, cuando se adhieren a la opinión de la mayoría.

Obliga a revisar los incentivos de las organizacionales para evitar que la docilidad sea premiada, por encima de la integridad y de la valentía moral.

Implica reforzar la formación existente en pensamiento crítico, en los sesgos cognitivos, en el Compliance emocional, y, en la ética de la decisión.

Asimismo, es esencial que el “tono desde la cúpula” incluya explícitamente la obligación de disentir cuando exista un riesgo normativo, y que se institucionalice el desacuerdo como valor corporativo legítimo, no como acto de deslealtad.

La inteligencia colectiva solo es poderosa cuando tiene libertad psicológica para cuestionar

Por ello, puede afirmarse, que la inteligencia colectiva solo es una herramienta poderosa de cumplimiento, si se construye sobre un disenso constructivo, la pluralidad de perspectivas, y la libertad psicológica para cuestionar.

Cuando la interacción grupal está contaminada por el “groupthink”, los sistemas de cumplimiento dejan de identificar riesgos, el canal de denuncias se vuelve irrelevante, la cultura ética se degrada, y, la empresa entra en un estado de vulnerabilidad regulatoria extrema, porque se autoconvence de que actúa bien, simplemente, porque todos piensan igual.

Prevenir este fenómeno constituye un reto de primera magnitud para los programas modernos de Compliance, que deben integrar el  análisis conductual, la psicología organizacional, la gestión ética, y aquellas herramientas tecnológicas que minimicen los sesgos cognitivos.

Solo así se preserva la verdadera inteligencia colectiva, que es aquella que amplía capacidades, evita errores sistémicos, y actúa como una defensa profunda frente a la corrupción, a los riesgos penales, y a las decisiones estratégicas fallidas.

Las consecuencias del “groupthink” en el ámbito del cumplimiento pueden ser severas.

Puede provocar que un comité de riesgos apruebe productos financieros sin detectar condiciones abusivas; que un departamento tecnológico minimice los riesgos de un nuevo flujo de datos que infringe el RGPD; que un equipo de sostenibilidad ignore impactos medioambientales por presión comercial; que un proyecto de inteligencia artificial avance sin evaluaciones de impacto ético, y sin la existencia de controles adecuados de sesgos; que un canal de denuncias quede inoperativo, porque los empleados perciben que “no es buena idea” desafiar a la opinión dominante; que un proceso de auditoría interna pase por alto irregularidades, porque el equipo auditor se alinea con los supuestos “hechos conocidos”, sin cuestionarlos, analizarlos o disentir.

El riesgo no surge por desconocimiento, sino por inhibición deliberada de la conciencia crítica colectiva, lo cual es aún más comprometido desde el punto de vista de la responsabilidad penal corporativa, porque demuestra la existencia de fallos profundos en la cultura ética, que los tribunales interpretan como indicios de falta de diligencia debida, con las consecuencias que ello lleva consigo.

«No basta con normas, políticas o códigos éticos; es necesario un ecosistema organizativo, que presente como objetivo, el hecho de incentivar el disenso constructivo, la pluralidad de perspectivas, y la libertad psicológica para decir cosas incómodas».

Para combatir este fenómeno, los sistemas de Compliance modernos deben incorporar técnicas avanzadas, que integren elementos de psicología organizativa, de diseño de procesos, de ingeniería de decisiones, y de gobernanza ética.

Es necesario rediseñar las reuniones para posibilitar y obligar a la presentación de alternativas, exigir evaluaciones contrarias, asignar roles de “abogado del diablo”, introducir votaciones secretas en decisiones sensibles, garantizar la anonimización en los procesos de aportación de información, medir la diversidad cognitiva de los equipos, y monitorizar los patrones de conformidad excesiva.

Las organizaciones deben formar a los empleados en sesgos cognitivos, en pensamiento crítico, en la independencia de criterio, y en el desarrollo de actitudes y comportamientos basados fundamentalmente en la valentía moral.

El liderazgo debe enviar un mensaje claro consistente en que la discrepancia razonada constituye y representa una obligación ética, no una amenaza a la estructura.

Los canales de denuncia deben incluir garantías explícitas contra represalias informales u ocultas, y, al mismo tiempo, la existencia de mecanismos de protección emocional, que eviten, que el grupo silencie al denunciante solo sobre la base de la  presión social.

Se hace, por tanto, necesaria también una cultura donde los errores se analicen sin culpabilización, ya que el miedo al juicio del grupo incentiva el conformismo, y, de manera simultánea produce una desincentivación de la transparencia.

De este modo, la prevención del “groupthink” se convierte así en una parte esencial del diseño del modelo de cumplimiento.

No basta con normas, políticas o códigos éticos; es necesario un ecosistema organizativo, que presente como objetivo, el hecho de incentivar el disenso constructivo, la pluralidad de perspectivas, y la libertad psicológica para decir cosas incómodas.

Una organización ética no es aquella donde todos piensan igual, sino aquella donde todos pueden pensar diferente sin temor.

Cuando la inteligencia colectiva se ejerce de forma madura, crítica y diversa, se convierte en una poderosa herramienta de anticipación de riesgos, de creatividad normativa, de auditoría social interna, y, también, de vigilancia en un sentido ético del término.

Pero cuando está capturada por el “groupthink”, destruye todo el sistema de Compliance desde dentro, porque elimina la única barrera que permite detectar irregularidades, es decir, la duda crítica.

La empresa, que no cuestiona sus planteamientos, es una empresa que no ve, y la empresa que no ve,  es en definitiva, una empresa que incumple sus normas y los valores que rigen su actuación.

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