Miren, uno ha visto descarrilar carreras de muchas maneras. Las he visto hundirse despacio, en la penumbra elegante de un despacho, entre minutas infladas y sonrisas de las que dejan poso de azufre. Las he visto reventar de golpe, con un titular y un portazo.
Pero pocas tan españolas en el fondo —y eso que esto ocurre en las antípodas— como la de un letrado al que pillan circulando por Brisbane, Australia, con las pupilas del tamaño de un plato de sopa y la mirada del que viene de otro planeta.
Justin Le Blond se llama el hombre. Socio de Dentons, uno de esos bufetes globales tan grandes que ya ni saben cuántos abogados tienen, y especialista, miren ustedes la guasa, en derecho laboral. En aconsejar a otros cómo comportarse en el trabajo.
La patrulla y el cuadro clínico
Ocurrió el año pasado. Le Blond rodaba por un barrio cuando los municipales —que en todas partes cuecen habas y patrullan barrios— le dieron el alto.
Y aquí no hizo falta forense ni laboratorio ni leches: pupilas dilatadas, ojos rojos y húmedos como de plañidera profesional, y unos movimientos que el atestado describe, con prosa de funcionario, como «espasmódicos y erráticos».
El retrato completo del que va puesto hasta las cejas, lo cuenta muy bien Roll on Friday.
El hombre, claro, hizo lo que hace todo hijo de vecino cazado en falta desde que el mundo es mundo: mentir con cara de mártir.
Un par de copas, agente, nada más. Faltaría más. Lo malo es que la sangre, que es chivata y no entiende de coartadas, cantó la verdad completa: cocaína, diazepam y algún otro fármaco haciéndose compañía en sus venas.
Un cóctel digno de un naufragio. Lo trincaron por conducir drogado, y con razón.
La defensa, o el arte de dar pena con estilo
Y entonces llega lo bueno, lo que justifica que uno escriba estas cosas. Porque en el juicio, que tuvo lugar la pasada pasada, su abogado defensor —que se ganaba el pan, hay que reconocerlo— pidió que no lo condenaran.
¿La razón jurídica, el argumento de peso, la doctrina invocada? El daño que una condena haría a su carrera. Ahí es nada. Como si el resto de los mortales que pisan un calabozo cobraran por incordiar y no tuvieran nóminas que perder.
Después vino el numerito del corazón. Que si el pobre Le Blond manejaba aquel laboratorio ambulante porque «no había estado lidiando con los factores de estrés del trabajo y los cambios en su vida personal».
Que si se había mudado a Queensland para cuidar a sus padres ancianos y acompañarlos «en sus últimos años». Tierno, ¿verdad? De película de tarde con pañuelo a mano.
«La combinación de factores de estrés personales y profesionales», remató el equipo legal con esa solemnidad de quien factura por minuto, lo llevó «en lugar de afrontar esos problemas de manera adecuada, a recurrir a las drogas y al alcohol».
Pobre hombre. Tan estresado. Como si los albañiles, los camioneros y las cajeras de supermercado, que también entierran padres y cargan angustias, despacharan el día metiéndose perico al volante.
La diferencia es que a ellos nadie les escribe un alegato lírico. A ellos los mete en cintura el primer juez de guardia y a otra cosa.
El detalle que lo hunde
Porque resulta —y aquí el relato lacrimógeno hace aguas— que no era la primera vez. Meses atrás ya le habían quitado el carné un mes por conducir borracho.
Dos veces, oigan. En cuestión de semanas. El estrés, por lo visto, era de los persistentes.
La magistrada, que de lágrimas de cocodrilo entendía un rato, tomó buena nota de la reincidencia y de la generosa cantidad de química ingerida.
Y sentenció: diez meses a patita, sin coche, y 1.200 dólares australianos de multa (727,92 euros). Justo lo bastante para que escueza, no tanto para que duela de verdad a quien factura como factura un socio de Dentons.
El cabo suelto
Pero hay un matiz, y todo letrado que lea esto lo habrá subrayado ya con el dedo.
La juez deslizó, casi de pasada, una frasecita que vale oro: «No puedo estar segura de que una condena por este delito vaya a suponer, por ejemplo, que se le retire algún certificado para ejercer. Acepto que puede haber alguna investigación».
Traducido del idioma forense al castellano de la calle: una cosa es la condena penal y otra, muy distinta, que le quiten la toga. Esa partida sigue sobre el tapete.
Dentons
El bufete, faltaría más, salió corriendo a marcar distancias con la diligencia de quien aparta la silla cuando el vecino empieza a oler mal. Permiso forzoso para el socio mientras «examinan el asunto».
«Somos conscientes del resultado judicial y reconocemos la gravedad», dijo un portavoz con esa voz de mármol que se reserva para los entierros. «Ha sido apartado a la espera de una investigación».
Y el cierre, el broche, la joya de la corona de la prosa corporativa: «Nos tomamos muy en serio nuestras responsabilidades con nuestros clientes. Como despacho, estamos sujetos a estrictas obligaciones de confidencialidad y, por tanto, no haremos más comentarios».
Es decir: nada que ver aquí, circulen, y a ser posible no en estado.
Punto y aparte, de momento.
Porque lo que de verdad importa no es la multa, ni los diez meses pateando aceras como cualquier mortal.
Es lo que decida el órgano que reparte y retira el carné de ejercer la abogacía allá en Australia.
Ahí Le Blond se juega algo más que conducir: se juega seguir siendo abogado. Y uno, que ya tiene callo y pocas ilusiones, apostaría —con pena, porque siempre da pena— a que el gremio sabrá encontrar la manera de que el chico aprenda la lección sin perder del todo la chaqueta.
Suele pasar. Casi siempre pasa. Que para eso están los despachos grandes y los abogados caros: para que la caída, cuando llega, tenga colchón.