Roy Cohn, a la izquierda, y Donald Trump, en una recreación de sus años de estrecha relación. El abogado que fue mano derecha del senador Joseph McCarthy se convirtió en mentor del joven promotor inmobiliario, al que enseñó a utilizar los tribunales, la prensa y los contactos políticos como instrumentos de poder.

Atacar, negar, proclamar victoria: las lecciones del abogado Roy Cohn que moldearon a Donald Trump

25 / 09 / 2026 05:43

Atacar siempre, nunca admitir un error y proclamar la victoria pase lo que pase, incluso en la derrota. Son las tres lecciones que los biógrafos de Donald Trump atribuyen a Roy Cohn, el abogado que lo tomó bajo su protección a comienzos de los años setenta.

No figuran como máximas escritas por el propio Cohn, sino como destilación de una práctica que el joven promotor inmobiliario observó de cerca durante trece años.

A ellas se suman otras dos enseñanzas que Trump ha aplicado con constancia: convertir cada pleito en una batalla pública y responder a toda demanda con otra mayor.

Si alguien te acusa, contraataca; si tienes un problema jurídico, conviértelo también en un problema mediático.

Medio siglo después, ese manual, reconocible en los tribunales, en los negocios y en la política, tiene un origen concreto: una mesa de Le Club, un local privado del Upper East Side de Manhattan, en 1973.

Trump tenía entonces 27 años y un problema. El Departamento de Justicia acababa de demandar a Trump Management, la empresa de su padre, por discriminar a inquilinos negros en sus edificios de Brooklyn y Queens, en aplicación de la Fair Housing Act (Ley de Vivienda Justa).

Sus asesores le recomendaban negociar. Cohn le aconsejó lo contrario: no defenderse, sino plantar cara al Gobierno.

Presentó una contrademanda por difamación de 100 millones de dólares. El tribunal la desestimó y el pleito terminó en 1975 con un acuerdo de consentimiento que obligaba a la empresa a cambiar sus prácticas. Trump lo vendió como una victoria porque el texto no incluía reconocimiento de culpa.

Las tres lecciones, aplicadas en su primer gran caso.

Roy Marcus Cohn nació en el Bronx en 1927 en una familia judía acomodada. Su padre, Albert Cohn, era juez de la División de Apelaciones de Nueva York y estaba bien conectado con la maquinaria demócrata. Su madre, Dora Marcus, procedía de una familia adinerada; ejerció sobre él una influencia asfixiante.

Ambicioso y de inteligencia precoz, se licenció en Derecho por Columbia con 20 años y tuvo que esperar a cumplir los 21 para colegiarse. Entró enseguida en la Fiscalía federal del Distrito Sur de Nueva York.

Roy Cohn fue el mentor del que Donald Trump aprendió a manejarse por el mundo. En el final de su vida, padeciendo SIDA, Trump lo abandonó.

El caso Rosenberg

Allí le llegó el proceso que definiría su carrera y uno de los más controvertidos de la historia judicial estadounidense.

Julius Rosenberg, ingeniero y militante comunista, fue detenido el 17 de julio de 1950 y su esposa, Ethel Rosenberg, menos de un mes más tarde. Ambos fueron acusados de conspiración para cometer espionaje en favor de la Unión Soviética, en especial por pasar información para construir la bomba atómica.

Un año antes, en agosto de 1949, la Unión Soviética había conseguido crear su bomba atómica, realizando con éxito su primera prueba nuclear en el polígono de Semipalátinsk, en la actual Kazajistán.

El testigo clave en este caso fue el hermano de Ethel, David Greenglass, un mecánico destinado en Los Álamos, en Nuevo México (Estados Unidos), el centro secreto donde se desarrolló la primera bomba atómica de la historia durante la Segunda Guerra Mundial.

David Greenglass trabajaba como mecánico en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, donde se desarrolló el proyecto Manhattan, que produciría las dos bombas atómicas sobre Japón. La película «Oppenheimer», interpretada por Cillian Murphy, cuenta cómo fue todo. Greenglass, hermano de Ethel Rosenberg, esposa de Julius, fue el hilo que condujo, a través de Cohn, a la condena a muerte de la pareja.

En 1943, el Gobierno estadounidense estableció allí el Laboratorio Nacional de Los Álamos, bajo la dirección científica del físico Robert Oppenheimer. Era una de las principales instalaciones del Proyecto Manhattan, el programa ultrasecreto impulsado por Estados Unidos, con la colaboración del Reino Unido y Canadá, para desarrollar armas nucleares antes que la Alemania nazi.

Allí se diseñaron y construyeron las dos bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre Japón en agosto de 1945: Little Boy, lanzada sobre Hiroshima el 6 de agosto, y Fat Man, sobre Nagasaki el 9 de agosto.

Greenglass colaboró con la acusación a cambio de proteger a su propia esposa.

En el juicio, celebrado en 1951, Cohn, con 23 años y como adjunto del fiscal Irving Saypol, se empleó con un celo implacable.

Fue él quien interrogó a Greenglass en el estrado y le hizo declarar que su hermana había mecanografiado las notas destinadas a los soviéticos. Ese testimonio selló la suerte de Ethel.

El matrimonio fue declarado culpable de conspiración para cometer espionaje y ejecutado, después, en la silla eléctrica de la prisión de Sing Sing, a 50 kilómetros al norte de Nueva York el 19 de junio de 1953.

Son los únicos civiles estadounidenses ejecutados por espionaje durante la Guerra Fría.

En 2001, 48 años después, Greenglass reconoció que había mentido sobre su hermana a instancias de la acusación. Los cables soviéticos del proyecto Venona confirman que Julius fue agente de Moscú. El papel de Ethel sigue en discusión: los indicios apuntan a que conocía las actividades de su marido, no a que fuera espía.

Cohn presumiría después de haber mantenido contactos privados con el juez Irving Kaufman y de haber presionado para que Ethel fuera condenada a muerte. Nunca se acreditó judicialmente, pero de ser cierto habría vulnerado gravemente la prohibición de comunicaciones ex parte.

Su empeño no decidió el veredicto, que emitió un jurado, pero sí parece haber pesado en el castigo. Salió del proceso convertido en una estrella del aparato anticomunista.

Los dos hijos de Julius y Ethel Rosenberg, ejecutados en parte gracias al celo mostrado durante el juicio. La nieta de ambos le dedicó un documental titulado Bully. Coward. Victim (Matón. Cobarde. Víctima).

El abogado de McCarthy y la purga de homosexuales

El caso lo proyectó a Washington D.C. a los 26 años. En 1953, el senador republicano por Wisconsin Joseph McCarthy lo eligió como consejero jefe de su Subcomité Permanente de Investigaciones, en detrimento de otro joven aspirante, Robert F. Kennedy.

McCarthy llevaba tres años alimentando la sospecha de que el Gobierno federal estaba infiltrado por comunistas encubiertos, y aquel subcomité se convirtió en el principal instrumento de la caza de brujas que la historia bautizaría con su apellido: el macartismo.

Durante dos años, McCarthy y Cohn señalaron a funcionarios, militares, diplomáticos y ciudadanos como comunistas o simpatizantes, a menudo sin más prueba que una afiliación antigua, una amistad o una denuncia anónima.

Bastaba la acusación para arruinar una carrera. El propio Senado estadounidense reconoce hoy que muchas de aquellas acusaciones fueron temerarias y que sus investigaciones alimentaron un clima de miedo y sospecha.

Cohn aportó algo que lo distinguía: entendía el poder de la televisión y de los periódicos. No le bastaba con ganar en el terreno jurídico; quería dominar la conversación pública.

Fue también una pieza activa del llamado Lavender Scare, la campaña que expulsó a miles de funcionarios federales por su homosexualidad, presentada como un riesgo para la seguridad nacional por su supuesta vulnerabilidad al chantaje.

El propio Cohn era homosexual, pero lo ocultó toda su vida. Siempre lo negó en público y mantuvo un discurso hostil hacia los gays. Su doble vida era un secreto a voces en Washington y en Nueva York.

Roy Cohn tenía 26 años cuando fue fichado por el senador Joseph McCarthy en su caza de brujas contra los comunistas estadounidenses. Lo que acabó mal, en parte por culpa de Cohn.

Su caída llegó por su «amigo» G. David Schine, con quien había recorrido las bibliotecas estadounidenses en Europa señalando libros subversivos.

Cuando el Ejército llamó a filas a Schine, Cohn presionó para conseguir un trato de favor a Schine, lo que desencadenó el conflicto político que condujo a las célebres audiencias por televisión del Ejército contra McCarthy.

El senador trató de vincular a Fred Fisher, un joven abogado del bufete de Joseph Welch, defensor del Ejército, con una organización tachada de comunista.

Welch le preguntó si no le quedaba, a esas alturas, ningún sentido de la decencia.

El conflicto afloró en las audiencias Ejército-McCarthy de 1954, retransmitidas por televisión, en las que se deslizaron insinuaciones sobre la naturaleza de esa relación.

La escena, vista por millones de espectadores, resultó devastadora. Cohn dimitió ese verano. El Senado censuró a McCarthy en diciembre. Fue el fin de la caza de brujas macartista.

Nueva York, sus reglas

Paradójicamente, aquel descalabro no acabó con la carrera de Roy Cohn; la transformó.

De vuelta en Manhattan, Cohn descubrió que no necesitaba un cargo público para tener poder y construyó un despacho a su imagen. Defendió a figuras de la Mafia como Anthony «Fat Tony» Salerno, Carmine Galante y John Gotti, a los dueños de Studio 54, a George Steinbrenner y a la archidiócesis católica de Nueva York. Frecuentaba a Rupert Murdoch y a políticos de ambos partidos, el demócrata y el republicano.

Representar a mafiosos no lo convertía en uno de ellos. Su valor residía precisamente en ser el intermediario capaz de moverse entre Wall Street, los despachos políticos, las redacciones, la alta sociedad y el crimen organizado.

Era un fixer: alguien que abría puertas y resolvía problemas a golpe de agenda. La nueva biografía de Kai Bird y Susan Goldmark, titulada El oscuro viaje de Roy Cohn desde Joe McCarthy hasta Donald Trump, publicada recientemente, lo sitúa además como asesor informal de Richard Nixon y como visitante de la Casa Blanca de Ronald Reagan.

Manejaba con maestría a los periodistas y las columnas de sociedad neoyorquinas, convencido de que un hombre poderoso podía salir reforzado incluso de una polémica si lograba seguir en el centro de la conversación.

Roy Cohn con el presidente Ronald Reagan.

Fue procesado tres veces por la justicia federal, por cargos que incluían soborno, conspiración y fraude. Salió absuelto en las tres. Aquello reforzó su leyenda de intocable.

Donald Trump, un discípulo aventajado

Con Trump fue mucho más que un abogado. Redactó su acuerdo prenupcial con Ivana en 1977, le abrió puertas en la administración municipal cuando buscaba beneficios fiscales para sus primeros grandes proyectos en Manhattan y le presentó a Roger Stone, que sería uno de sus asesores políticos más duraderos.

Le enseñó, sobre todo, a entender la prensa, los tribunales y el poder como un mismo campo de batalla.

Trump no fue, sin embargo, un alumno pasivo. Llegaba con ambición, dinero familiar y una voluntad férrea de convertirse en figura pública.

Lo que Cohn le dio fue el manual de supervivencia en el mundo del poder neoyorquino que le faltaba. El maestro ponía los contactos, la agresividad procesal y el sentido del espectáculo; el discípulo los trasladó al negocio inmobiliario, a su marca personal, a la televisión y, finalmente, a la política.

La citada biografía de Kai Bird y Susan Goldmark sostiene que esa influencia fue especialmente profunda. Según sus autores, el joven Trump llamaba a Cohn a diario e imitaba con aplicación no solo sus gestos, sino su filosofía de fondo.

El SIDA y la caída

En 1984, Cohn fue diagnosticado de SIDA. Lo negó hasta su muerte y atribuyó su deterioro a un cáncer de hígado. Gracias a sus contactos, accedió a los ensayos experimentales con AZT en los Institutos Nacionales de Salud, mientras miles de enfermos esperaban.

Roy Cohn siempre negó su homosexualidad pero veraneba en Provincetown, el mayor lugar de veraneo de la comunidad gay. Es un pueblo situado en la punta del Cabo Cod, en el condado de Barnstable, Massachusetts.

En junio de 1986, la División de Apelaciones del Tribunal Supremo de Nueva York le retiró la licencia por conducta deshonesta, fraudulenta y engañosa, impropia de un abogado.

Entre los hechos, haber hecho firmar al magnate del whisky Lewis Rosenstiel, casi inconsciente en su lecho de muerte, una modificación testamentaria que lo nombraba albacea, y la apropiación de fondos de clientes.

Murió el 2 de agosto de 1986, a los 59 años, en el centro de los Institutos Nacionales de Salud en Bethesda (Maryland). El certificado registró como causa inmediata un paro cardiopulmonar y, entre las secundarias, la infección por HTLV-III, el nombre que entonces recibía el virus del SIDA.

Varios biógrafos recogen que Trump se distanció de él durante la enfermedad y que Cohn se quejó amargamente de ello. En el Memorial Quilt del SIDA un panel lo recuerda con tres palabras: «matón, cobarde, víctima».

La pregunta que sigue abierta

Tony Kushner lo convirtió en personaje central de Angels in America, una de las grandes obras sobre la crisis del SIDA y la homosexualidad en Estados Unidos: la última ironía para quien pasó la vida ocultando la suya y persiguiendo la de otros.

En 2019, Ivy Meeropol, nieta de los Rosenberg, le dedicó el documental Bully. Coward. Victim (Matón. Cobarde. Víctima). En 2024, The Apprentice (El aprendiz), de Ali Abbasi, recreó su relación con Trump y valió a Jeremy Strong una candidatura al Óscar.

La trayectoria de Cohn puede leerse como un aprendizaje en cuatro etapas. Con los Rosenberg descubrió el poder de la acusación; con McCarthy, el de la televisión y el miedo; en Nueva York, el de los contactos y la prensa.

Trump heredó ese arsenal y lo llevó primero a los negocios y después a la Casa Blanca.

En marzo de 2017, tras la inhibición del fiscal general Jeff Sessions en la investigación sobre la injerencia rusa, siendo Trump, ya presidente, preguntó dónde estaba su Roy Cohn, según reveló The New York Times en enero de 2018.

Cohn llevaba más de 30 años muerto, pero seguía siendo el modelo del abogado que Trump quería a su lado bajo presión.

Para quien observa la justicia, la historia de Cohn plantea una cuestión incómoda: qué ocurre cuando la deontología se entiende como un obstáculo táctico y el proceso, como un escenario.

Cohn perdió su licencia al final de su vida. Su método le sobrevivió en el hombre al que enseñó a ser como es.

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