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Ana Ferrer: “Nuestros compromisos internacionales nos exigen la doble instancia”

Ana María Ferrer es magistrada de la Sala de lo Penal desde 2014; la primera mujer en la historia de esa sala que ocupa un puesto de ese tipo. Carlos Berbell/Confilegal.
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Ella ha hecho Historia, con mayúsculas. Ana Ferrer es la primera mujer que ocupa plaza de magistrada en la Sala Segunda, de lo Penal, del Tribunal Supremo en sus 202 años de vida. Lo que era el último reducto de hombres del Alto Tribunal ha dejado de serlo. Entre ella y sus compañeros no hay diferencias, como es lo normal. Desde su nuevo puesto, reclama «la doble instancia».

YOLANDA RODRÍGUEZ / CARLOS BERBELL 

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Ana Ferrer nació en enero de 1959 en una familia de cuatro hermanos. Empezó a frecuentar los tribunales muy pronto. Su padre, Daniel Ferrer, llegó a ser el juez Decano de Madrid. Esta mujer se presentó en 1984, con 25 años, a las oposiciones y las sacó. Comenzó entonces su larga carrera en los juzgados de primera instancia e instrucción de Valdepeñas (Ciudad Real), Linares (Jaén), Aranjuez y Leganés.

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Entre 1989 a 1996 fue titular del juzgado de instrucción número 16 de Madrid, y en mayo de ese último año obtuvo plaza de magistrada en la Audiencia Provincial de Madrid.

En diciembre de 2008 fue nombrada Presidenta de la Audiencia Provincial de Madrid, cargo que ocupó hasta su nombramiento como magistrada de la Sala Segunda de lo Penal en febrero de este año, 2014. 

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Ana Ferrer ha sido profesora de Practicum y Master en las Universidades Autónoma y Alfonso X el Sabio, de Madrid, y ha participado como ponente en numerosos cursos y seminarios, esencialmente sobre asuntos de índole penal y de violencia de género, dos temas que le apasionan. También forma parte de Jueces para la Democracia (JpD), de la que se declara componente activo.

A la magistrada de la Sala Segunda de lo Penal -o «de lo Criminal», como también puede definirse a esta Sala-, le preocupa de manera especial la implantación de la llamada doble instancia, que no se ha cumplido en España, pese a que nuestro país ha suscrito todos los convenios internacionales que así lo establecen. Es la asignatura pendiente más fácil de aprobar, y más barata, desde su punto de vista. 

¿Qué le aporta a usted el puesto que ahora ocupa? 

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Lo más gratificante, para profesional de la magistratura, sea hombre o mujer, es llegar al Tribunal Supremo. Es la cumbre. Para mí, personalmente, lo ha sido. No lo voy a negar. El Penal es una disciplina muy dura porque nos coloca con los sectores más marginales y, además, con aquellos supuestos en los que la gente sufre. En los que la gente está en las situaciones más dramáticas. Pero a su vez, es un derecho vivo. Es un derecho gratificante en la medida en que te coloca en la actualidad, siempre. No te permite separar los pies del suelo.

El trabajo de la Audiencia es precioso, porque por allí pasa todo el derecho penal en sus distintas facetas. Desde la apelación de los asuntos con menor pena hasta el enjuiciamiento en primera instancia, del resto. 

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El trabajo en el Supremo es la esencia de la jurisdicción. Lo importante de este trabajo es el estudio y la reflexión. Teniendo claro la idea que le corresponde a este tribunal que es la de contribuir a sustentar la seguridad jurídica, estableciendo criterios y pauta homogéneas en la interpretación de la norma. Y precioso, es gratificante, es variado y algo limitado en la medida en que gran parte del Código Penal no nos llega directamente por el propio sistema de recursos.

Como profesional de la jurisdicción creo que es la máxima aspiración a la que podemos llegar.

Ha comentado que hay cosas que no llegan a la Sala y que el trabajo está algo limitado, ¿se está refiriendo a la segunda instancia?

La implantación de la segunda instancia es fundamental. A partir de ese momento cumpliremos todos nuestros compromisos internacionales. Daremos plena satisfacción a las demandas que nos exigen ese doble grado de jurisdicción en la jurisdicción Penal. Además, permitirán al Tribunal Supremo actuar como tribunal de casación en materia penal, no como un tribunal de apelación, que es como realmente estamos funcionando ahora. 

Es un compromiso europeo que devolvería al Supremo lo que es su cometido esencial que, en definitiva, es la unificación de la norma.

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Ahora entre un 60 y un 70 por ciento de los asuntos penales no pueden ser abordados ni resueltos por el Supremo. Nos referimos a los delitos castigados con menos de cinco años y que tienen su «estación término» en las 52 Audiencias Provinciales, convertidas todas ellas en «supremitos»; el Supremo no tiene potestad para unificar criterios en estos casos…

Claro. Nos falta la posibilidad de unificar criterios en esas materias, que son muchas. Por ejemplo, todos los temas de seguridad vial quedan fuera del pronunciamiento del Tribunal Supremo. Solo vienen cuando están conectados con algún delito mayor. También se quedan fuera muchos de los asuntos de violencia de género, salvo las agresiones más graves.

En el año 2003 se modificó la Ley de Enjuiciamiento Criminal para introducir la apelación en el Audiencia Nacional y en los Tribunales Superiores de Justicia. Han pasado 11 años y no se ha hecho nada…

Ese es el problema. Nuestros compromisos internacionales nos exigen esa doble instancia. Por eso es tan importante. Hay algunos protocolos, -que España ha suscrito-, que permiten excepciones a la segunda instancia. Esas excepciones se producen cuando las sentencias sean dictadas por los más altos organismos. Aquí, por ejemplo tenemos el caso de los aforados, entre otros.

¿Piensa que con la crisis económica que tenemos es posible modificar ahora lo de la segunda instancia? ¿No será muy caro? Ya sabe como está el Gobierno con lo del dinero…

La generalización de la segunda instancia es esencial. A partir de mi experiencia gubernativa puedo decir que es una medida imprescindible, prevista legalmente. Es, además, un compromiso europeo. En estos momentos de crisis es una medida económicamente asequible. No es muy costosa. En la carrera judicial hay jueces que no tienen plaza definitiva y se les está pagando un sueldo. Esto quiere decir que crear plazas en órganos colegiados no sería una medida gravosa. Ya se está pagando ese sueldo al juez. La estructura que necesita una sala es inferior a la que exige una unidad individual como puede ser un juzgado. 

Habría que creer tantas salas como Tribunales Superiores de Justicia hay, unas 17. Todo esto se cubriría con la gente que está sin plaza ahora mismo. Esto provocaría un cierto ascenso en la carrera judicial, que es muy positivo porque incentivaría a la gente.

ES IMPRESCINDIBLE TOMAR UNA DECISIÓN RESPECTO AL MODELO DEL PROCESO PENAL QUE QUEREMOS

Esto nos lleva a plantearnos, ¿por qué no se modifica o se hace una nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal? La que tenemos es de 1882 y está más que «parcheada»….

Tienen toda la razón. Es imprescindible tomar una decisión respecto al modelo del proceso penal que queremos. Pero esto exige el consenso de todas las fuerzas políticas y de todos los operadores jurídicos implicados. Tiene que ser una modificación con vocación de futuro. Esto es demasiado importante como para poner un parche. 

En los casos donde se juzgan algunos asuntos relacionados con la política, muchas veces se tacha a los jueces de progresista o conservadores, y cuando sale la sentencia se la “impugna mediáticamente” diciendo que ha sido dictada por un juez de derechas o de izquierdas ¿Eso no le preocupa?

Nosotros nos legitimamos con nuestras actuaciones. Independientemente de la marca que podamos tener cuando se nos elige, lo que nos legitima a lo largo de toda nuestra carrera es nuestro trabajo. Yo no tendré que explicar nunca si soy o no progresista. Eso me puede influir en mi manera de ser, en mi manera de orientar la realidad…, pero a la hora de dictar una resolución tengo que fundamentar en esa resolución. Ahí es donde se superan todas estas dificultades.

¿Cómo ha sido la incorporación de la mujer a la carrera judicial? ¿Ha habido que lucharla?

La incorporación de la mujer ha habido que lucharla en todos los ámbitos. Y en la carrera judicial también, con sus peculiaridades. Una vez superados los límites legales que impedían el acceso formalmente –hasta 1966- la incorporación fue paulatina. Se fue formando esa conciencia en la mujeres de que podían acceder. Estamos hablando de una generación anterior a la mía.

Sin embargo, la vía de ingreso es absolutamente igualitaria, la oposición todos la podemos superar. Algo pasó en la cabeza de nuestros padres, en la generación anterior a la nuestra. Ellos nos prepararon a las mujeres para luchar y para enfrentarnos al mundo laboral. En mi casa no se discutía que las hijas y los hijos trabajábamos por igual. Creo que hay reconocer ese mérito a la generación anterior que nos formó así. 

¿Nos dice que el acceso es igualitario tras la oposición?

Tras la oposición, el ingreso es igualitario. El problema surge en la promoción, que no es reglada. Es decir, a la promoción discrecional. Está sí se ha ralentizado mucho en proporción a la mujer. También porque ha habido cierta retracción de la mujer a participar en este tipo de procesos y también porque costaba entender que la mujer pudiera llegar a ocupar determinados puestos discrecionales. Afortunadamente, poco a poco, vamos superando esas barreras. 

Todavía, las mujeres tenemos que ganar una batalla: la defensa a ultranza de las medidas de compatibilizar la vida laboral y la vida familiar. Hay que defender que esa compatibilidad no la pueden soportar solo las mujeres. Actualmente en la carrera judicial somos más mujeres.

LA COMPATIBILIDAD ENTRE HOMBRE Y MUJER TIENE QUE SER COMPARTIDA

¿Tiene que ser compartido?

Es compartido. Claro que hay que flexibilizar las jornadas, claro que hay que compatibilizar la vida personal. Porque es fundamental en el desarrollo integral de cualquiera, sea hombre o mujer.  El principal problema es el de superar esa idea de que la compatibilidad tiene que ser compartida.

Usted ha sido una de la privilegiadas que sí ha accedido a puestos de responsabilidad. Primero presidió la Audiencia Provincial de Madrid y ahora es la primera mujer que forma parte de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Nadie lo había logrado en 202 años. ¿Piensa que tras acceder al puesto hay un trato distinto hacia usted?

No. Ninguno. En lo fundamental que es la toma de decisiones, no hay ninguno. Y tengo que decir que, en el trato con mis compañeros, tampoco. La Sala la componemos quince magistrados y un presidente.

¿Cómo le gusta que la definan como magistrado o magistrada?

En la Sala Segunda del Tribunal Supremo hay 14 magistrados, una magistrada y un presidente. Yo soy magistrada. Durante un tiempo utilicé el término de juez, hasta que la Real Academia de la Lengua aceptó el término de jueza. Tras admitirlo, me definí como jueza y ahora como magistrada. Y tengo que decir que fui presidenta de la Audiencia. Cambiamos los carteles para adaptarlos. Era solo cambiar una letra, pero es que una letra, en ocasiones, es muy importante. Como era este caso. 

¿Es distinto el trabajo de la Audiencia Provincial de Madrid al trabajo que desarrolla ahora en el Tribunal Supremo?

El trabajo jurisdiccional no es muy diferente. Tiene sus peculiaridades y tiene su especial carga, dependiendo de un puesto y otro. En los últimos años de mi Presidencia en la Audiencia Provincial, he compatibilizado la jurisdicción con el trabajo gubernativo. Y ahí sí que tengo que decir que hay una gran diferencia. Porque es un trabajo de gestión que te requiere mucha energía, mucha relación con los demás. Mientras que el trabajo de jurisdicción es más de reflexión, de cabeza. 

¿Cuántas mujeres hay en el Tribunal Supremo?

Creo que 11.

No son muchas respecto a los 85 magistrados que conforman el Tribunal Supremo…

Somos muy pocas. Yo soy la primera de la Sala Penal, pero espero ser la primera de una larga lista de mujeres que se incorporen a esta Sala. Las mujeres tenemos nuestros méritos propios para estar aquí.

MIS ASPIRACIONES PROFESIONALES, HOY POR HOY, ESTÁN COLMADAS

Una vez conseguido este reto, el llegar a la Sala Segunda de lo Penal, ¿qué?

De momento mi reto es consolidarme aquí. No tengo retos mayores. Yo siempre he manifestado mi interés en llegar al Tribunal Supremo. Ya lo he  hecho. Tengo mis aspiraciones profesionales colmadas. No tengo otros objetivos a corto y a medio plazo que asentarme en este tribunal. ¿Les parece poco este reto? -sonríe. 

¿Cómo funciona la Sala Segunda?

Tiene cuatro secciones, pero no tienen una composición fija. Vamos rotando todas las semanas, precisamente para compartir criterios y evitar que existan criterios estancos en unas y en otras, que puedan ser contradictorios. Uno de nuestros grandes objetivos es evitar las contradicciones entre las secciones.

Funcionamos en cuatro salas simultáneas cada semana. Hacemos importantes esfuerzos por mantener la unificación de criterios. Por eso no existen secciones fijas. 

Su padre era magistrado. Aquí se podría aplicar el viejo dicho de que «de casta le viene al galgo», ¿no le parece?

Mi padre murió siendo el Juez Decano de Madrid. Yo estudiaba entonces segundo de Derecho. No pudo verme con la toga puesta. Por supuesto tengo que reconocer que me influyó. Yo le admiraba -y le admiro, porque le tengo muy presente- mucho. En mi familia éramos cuatro hermanos y de los cuatro la única que he seguido sus pasos he sido yo. 

¿Qué le impulsó a hacer Derecho?

A través de mi padre palpé la vinculación con la realidad que te da el Derecho. Por ejemplo, el derecho civil regula toda nuestra vida. Desde que nacemos hasta la muerte. Toda la vida de una persona pasa por el Código Civil y eso, para mi, es apasionante. 

¿Su padre entendió que estudiase Derecho y que quisiera ser jueza?

Estaba encantado. Estaba muy satisfecho. En aquel tiempo había pocas mujeres. Estamos hablando del año 1979 –cuando yo cursaba segundo de carrera-. Desafortunadamente, tuvimos muy poco tiempo para disfrutarlo. Tengo la gran satisfacción de que continuamente, todavía hoy, la gente de este mundo, me recuerda a mi padre. Me hablan de él con respeto y con cariño. Hace 35 años que falleció y la gente se sigue acordando de él, por ejemplo, Martín Pallín.

Si la viera hoy, ¿qué pensaría? 

Si me viera hoy, estoy segura de que sería el hombre más feliz del mundo. Que «su chica» haya llegado a la Sala Segunda del Tribunal Supremo, que sea la primera mujer en la historia en haberlo conseguido, quiere decir que hizo las cosas bien, empujándome a creer que podía conseguir lo que me propusiera, que por ser mujer no era inferior ni superior a cualquier otro ser humano, hombre o mujer. A él y a mi madre, que tampoco está entre nosotros, se lo debo todo. Fueron unos magníficos padres.