Cuando el pueblo de Israel llegó a la “Tierra Prometida” empezó a ser gobernado por los llamados «Jueces», que ejercían como tales aunque su función era mucho más amplia, más cercana a la de caudillos. Entonces apareció Débora, la primera juez, o jueza, según uno prefiera.
Fue un periodo comprendido entre los años 1.200 y 1.020 antes de nuestra era. En este caso corría el año 1.115.
Es decir, hace 3.129 años contando atrás desde nuestra fecha actual.
En esa época y tal y como aparece escrito en la Biblia, en los capítulos IV y V del Libro de los Jueces, Débora asumió su nuevo cargo, ejerciendo un liderazgo impensable en aquellos tiempo. Un tiempo en el que los hombres tenían todas las responsabilidades sociales y religiosas.
Débora, a la que más tarde llamarían «la madre de Israel», era una mujer hábil y muy inteligente. Poseía, además, dos dones: el del canto y otro mucho más útil, el de la profecía.
Como juez, administraba justicia, sentada bajo una palmera, entre Rama y Betel, y ayudaba a la gente con sus diferencias tribales y problemas familiares. Resolvía los pleitos que le presentaban sus conciudadanos.
Pero Débora hacía más que juzgar. También podía “ver” los peligros que acechaban desde el futuro. Y uno de ellos la amenaza de los cananeos, que veían a los israelitas como sus enemigos. Unos intrusos e invasores llegados de Egipto que se estaban quedando con sus tierras.
Por eso, para hacer frente a esa amenaza que podía acabar con Israel, la juez Débora encomendó al militar Barac que reuniera un gran ejército entre todas las tribus para hacer frente a los cananeos.
Le aseguró, le profetizó que Dios les daría la victoria.
Sin embargo, el general Barac dudó de ella y de su profecía y le pidió que le acompañara a la batalla. Se supone que como prueba de que lo que decía era verdad y que no moriría solo si eran derrotados.
Débora accedió.
Eso sí, la juez/a le advirtió que a su enemigo, el general Sísara, líder de los cananeos, no lo mataría él sino que lo haría una mujer. Barac miró a Débora con incredulidad y se puso a organizar a sus tropas.
Semanas más tarde, tuvo lugar la batalla. Barac y sus hombres se enfrentaron a los cananeos. Como profetizó Débora, les dieron “una manita”. La derrota fue estrepitosa.
Sísara tuvo que huir para salvar la vida. En su fuga encontró una tienda, la tienda de Yael, una nómada no israelita cuyo marido era aliado de los cananeos.
El general estaba agotado, después de horas batiéndose el cobre frente a los israelitas. Por eso le pidió un poco de agua y cobijo a la mujer para descansar y recuperar fuerzas. Pensó que nada debía temer.
Yael, primorosa en el trato, le dio leche y le llevó sobre una mullida alfombra. Luego le cubrió con una manta y le dejó dormir.
Cuando había alcanzado un sueño profundo, Yael se acercó al general y le clavó en la cabeza una estaca de las que utilizaban para sujetar las tiendas. De esa forma se cumplió la profecía de la juez/a Débora: “El enemigo no morirá por la espada de Barac sino a manos de una mujer…”.
Desde entonces el pueblo israelí entona el Cánto de Débora, uno de los pasajes más antiguos de la Biblia, que viene a enfatizar que Dios usó a las mujeres valientes, como Débora, para guiar y liberar a su pueblo.
Y no hay duda que la juez/a Débora lo consiguió, porque, según la Biblia, en su tierra hubo paz durante los 40 años siguientes.