La ley electoral, nuestro gran DÉFICIT DEMOCRÁTICO

La ley electoral, nuestro gran DÉFICIT DEMOCRÁTICO

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25/10/2015 00:00
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Actualizado: 31/3/2022 13:40
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Guillermo Serrano, pensador @gserranoe

En una democracia, la soberanía nacional reside en el pueblo y de él emanan los poderes del Estado. La Constitución española así lo establece (artículo 1.2), pero sin embargo en España la soberanía nacional está intervenida y reside en los partidos políticos.

La actividad política de los ciudadanos españoles se reduce a echar en la urna cada cuatro años la papeleta de un partido político con la lista de candidatos que ha decidido incluir el líder del partido.

El resultado es que cada diputado electo solo representa a quien decidió incluirle en la lista y vota las resoluciones en el Parlamento según le indica el jefe de filas de su partido. No hay ninguna conexión entre los ciudadanos y los diputados durante la legislatura.

El ciudadano no sabe quien le representa porque no existe tal representación.

Y como no tiene representante político no puede hacerle llegar sus puntos de vista ni tener la más mínima participación.

Si un ciudadano quiere intervenir, opinar, proponer, censurar, protestar….etc., no tiene a quien dirigirse ya que nadie le representa. Solo le queda salir a la calle a protestar, que es lo que está sucediendo con cierta frecuencia.

En las democracias occidentales más consolidadas, tales como EEUU, Francia, Alemania, Nueva Zelanda, Reino Unido, Japón y Canadá hay tantas circunscripciones electorales como diputados a elegir (en Alemania para la mitad de la Cámara).

En cada circunscripción se elige a un solo diputado y el candidato que resulta elegido es el representante político de todos los ciudadanos de la circunscripción. Sin embargo, nuestros políticos de la transición prefirieron “inventar la pólvora” antes de copiar los sistemas que tienen éxito en el mundo

Los ciudadanos de cada circunscripción pueden comunicarse con su representante y participar en las materias que sean de su interés tanto como deseen con independencia del partido político al que pertenezca.

Se articula así la representación y la participación, elementos esenciales en una democracia que lamentablemente no tenemos en España.

De mi estancia de cinco años en Londres recuerdo que me invitaban los partidos políticos a charlas y presentaciones en mi circunscripción aun cuando yo no tenía derecho al voto, sin duda porque consideraban que podía tener alguna influencia en otras personas de la zona.

En el Reino Unido, cada diputado vota en el Parlamento según cree que es el sentir de sus representados y no está comprometido con la disciplina de voto. En los partidos hay la figura del congresista («whip») dedicado en exclusiva a lograr la cohesión en las filas internas del partido. En el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, por ejemplo, unos 80 parlamentarios desafiaron la consigna del partido.

En las principales democracias occidentales el sistema electoral de circunscripciones uninominales, también denominado sistema mayoritario, produce generalmente mayorías absolutas y los gobiernos que deciden los ciudadanos toman posesión inmediatamente, al día siguiente en el caso de las últimas elecciones en el Reino Unido.

Este sistema tiene la ventaja de que permite gobiernos fuertes que no tienen que «comprar» votos de partidos minoritarios, sin que por ello las minorías dejen de estar representadas. Los intereses minoritarios están mejor defendidos día a día a través de los auténticos representantes que por votar a un partido minoritario cada cuatro años.

Es también preferible un gobierno fuerte que pueda ser día a día criticado que un gobierno precario con patente de corso por cuatro años.

En España sin embargo, una vez formada una mayoría, sea por resultado electoral directo o por pactos de legislatura, los ciudadanos no pueden plantear propuestas y los partidos políticos minoritarios no tienen ninguna posibilidad de hacer prosperar sus propuestas si no cuentan con el apoyo de dicha mayoría.

La consecuencia de este déficit democrático es que el poder político hace y deshace a su antojo de acuerdo con sus intereses. La estructura del Estado crece en tamaño, complejidad y coste cada vez más, y para financiarla hay una presión impositiva creciente, principalmente sobre la clase media.

La ley electoral es la piedra angular de la democracia y debe de servir para determinar quién es el representante político de cada ciudadano porque es la forma de articular el ejercicio de la soberanía popular, soberanía que actualmente en España está intervenida y delegada a los partidos políticos.

Es increíble que nadie levante la voz para denunciar este déficit democrático. Muchos hablan de regeneración democrática pero no proponen un sistema electoral que garantice que haya representación y participación como el que está vigente en los países democráticos desarrollados.

Lamentablemente, cada vez que se comenta públicamente sobre el sistema electoral se alzan voces pidiendo la proporcionalidad entre votos y escaños partiendo del supuesto viciado de que son los partidos políticos y no los ciudadanos quienes han de estar representados en el Parlamento.

Otros hablan de las listas abiertas, que no dejan de estar «cocinadas» por el líder del partido, no resuelven nada y ya fracasaron en la segunda república. Las tenemos en el Senado sin que sirvan para nada.

En una verdadera democracia la ley electoral tiene que garantizar algo tan simple como que cada ciudadano tenga un representante concreto a quien dirigirse, tanto a título individual como a través de asociaciones ciudadanas.

Esto abriría el canal de la participación ciudadana hoy inexistente.

La reforma de la ley electoral introduciendo las circunscripciones uninominales es la llave de la regeneración democrática y sin esta llave no se puede abrir la puerta del progreso. La presión ciudadana tendría que concentrarse en exigir esta reforma para que haya representación y pueda haber participación.

Porque lo demás vendrá por añadidura.

 

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