El Centro Riojano de Madrid tardó 125 años en aprender lo que es una elección de verdad.
Y el jueves lo aprendió.
Por primera vez en su historia —desde que abrió sus puertas en 1901, cuando la España de la Restauración todavía enterraba a sus muertos del 98 y los riojanos llegaban a Madrid en busca de algo mejor— dos candidatos se plantaron frente a frente y sometieron su nombre al voto de los socios.
Sin pactos previos.
Sin candidatura única ungida por el consenso de los notables.
Sin el ritual de la aclamación.
Urna limpia. Dos papeletas. Que ganara el mejor.
Ganó Pedro López Arriba. Por dos votos.
Ochenta y tres frente a ochenta y uno. El abogado y exfuncionario del Ministerio de Hacienda se impuso a Gloria Martínez-Manso Tricio, vicepresidenta saliente y candidata de la continuidad, en una jornada que la institución no olvidará.
No porque el resultado fuera extraordinario, sino porque la forma de llegar a él rompía con todo lo que el Centro Riojano había sido hasta ese momento.
Cuál es la importancia del Centro Riojano de Madrid
Para entender el peso de lo ocurrido hay que entender qué es el Centro Riojano de Madrid.
No es un club social cualquiera. Es una institución declarada de utilidad pública, con sede en un edificio de la calle Serrano —número 25, en plena milla de oro del barrio de Salamanca— que ganó el Premio Nacional de Arquitectura en 1923 y que ocupa más de mil metros cuadrados.
Entre sus presidentes de honor figura Práxedes Mateo Sagasta, varias veces presidente del Gobierno entre 1870 y 1902.
Más allá de la nostalgia regional y la gastronomía, el Centro Riojano lleva décadas funcionando como un foro de pensamiento activo en el corazón de Madrid.
Su programación ha acogido ciclos sobre el pensamiento político en la España actual, seminarios de política internacional, foros sobre las Naciones Unidas y jornadas económicas, conformando una agenda intelectual que desborda con mucho el perímetro de lo riojano.
Esa tradición de confluencia entre lo regional y lo nacional es, precisamente, la que da peso histórico a unas elecciones que, por primera vez, se disputaron de verdad.
Durante 125 años, la Presidencia de esta institución se decidía de otra manera.
El sistema no era opaco, exactamente. Pero tampoco era lo que nadie llamaría una elección abierta.
Funcionaba mediante acuerdos internos que terminaban produciendo un candidato único, que luego era refrendado —formalmente— por los socios en votación. La diferencia con lo que ocurrió el jueves es esencial: antes no había alternativa real.
López Arriba no llega como una cara nueva. Ya presidió el Centro Riojano hasta 2018, cuando cedió el testigo a José Antonio Rupérez Caño, quien durante ocho años impulsó una etapa de consolidación cultural y social que convirtió a la institución en una de las casas regionales más activas de Madrid.
Martínez-Manso Tricio representaba la continuidad de ese proyecto. López Arriba representaba otra visión. Y los socios numerarios —los únicos con derecho a voto— acudieron en número inusualmente alto para decir, con dos votos de diferencia, que preferían el cambio.
En otros contextos, ese resultado sería motivo de impugnación, de recuento, de tensión. Aquí fue, sobre todo, un espejo. El Centro Riojano de Madrid se miró en él y vio una entidad dividida en dos mitades casi exactas, igualmente convencidas, igualmente comprometidas con su institución.
Eso, en una casa que nunca había permitido que esa división se expresara en las urnas, es en sí mismo una noticia.
Pedro López Arriba vuelve a la Presidencia. Pero lo que permanecerá en la memoria del Centro Riojano no es quién ganó.
Es que, por fin, se disputó.