La doctrina del árbol envenenado, «sagrada» en todas las investigaciones

La doctrina del árbol envenenado, «sagrada» en todas las investigaciones

Todas las policías de los países democráticos del mundo tienen muy presente la doctrina del árbol envenenado. Igual que todas las series de televisión del mundo, como por ejemplo «Castle«, y películas sobre esta materia. Pero, ¿qué es? ¿En qué consiste?

Ningún policía puede entrar en casa alguna sin autorización judicial o sin el permiso del morador, a no ser que se esté cometiendo un delito flagrante.

Tampoco puede coger pruebas porque sí.

Los ciudadanos tenemos unas garantías constitucionales que tienen que respetarse, sí o sí. Son sagradas.

Si no se hace así se incurrirá en la llamada doctrina del “árbol envenenado”, acuñada en el Tribunal Supremo de Estados Unidos en 1920 y adoptada después por todos los países democráticos del mundo, incluyendo el español.

La doctrina del «árbol envenenado» establece que todas las pruebas obtenidas de una “actuación ilícita están contaminadas”. Es decir, pruebas que los cuerpos y fuerzas de seguridad no han recogido de acuerdo con unos cánones, unas normas fijadas. Dichas pruebas carecen de validez.

Son nulas al ciento por ciento.

Y no sólo eso.

Las pruebas que se obtengan a partir de esas pruebas nulas, también serán nulas.

Por eso se denomina «árbol envenenado». Si el tronco está envenenado, todas y cada una de las ramas que partan de ese tronco, también están «envenenadas». 

En España, la teoría del “árbol envenenado” se consagró en 1984, tras una sentencia del Tribunal Constitucional (STC 114/1984) que estableció que no debían tenerse en cuenta las pruebas obtenidas cuando se habían vulnerado derechos fundamentales como la libertad y la intimidad.

De esta sentencia del Constitucional se deriva otra novedad legislativa, concretamente, el artículo 11.1 de la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985, donde se dice que “en todo tipo de procedimiento se respetarán las reglas de la buena fe, y no surtirán efecto las pruebas obtenidas, directa o indirectamente, violentando los derechos o libertades fundamentales”.

Así, se entiende que el material obtenido en las declaraciones autoinculpatorias arrancadas bajo presión o torturas no son válidas como medio de prueba en un proceso judicial.

Como tampoco lo son aquellos materiales (grabaciones, escuchas telefónicas, etc.) obtenidos a raíz de dichas declaraciones.

Esto, lo hemos podido comprobar en el caso de un conocido bailaor acusado de no socorrer a un ciudadano al que había atropellado.

La Audiencia Provincial de Sevilla decidió absolver a cuatro de los imputados de urdir una trama para culpar del atropello mortal al hermano del bailaor en virtud del principio de los “frutos del árbol envenenado”.

La única prueba contra ellos eran las escuchas telefónicas realizadas en el transcurso de una investigación de tráfico de drogas, ajena al caso.

Eran, por lo tanto, “frutos del árbol envenado”.

Indicios nulos, imposibles de ser utilizados ante un tribunal.

Esto llevó a la juez a anular los “pinchazos” telefónicos como prueba de cargo por esa razón.

La doctrina del «árbol envenenado» es ampliamente conocida no sólo por los policías, sino también por los guionistas de televisión y cine. Las reglas de series como Castle, CSI, The Bridge, The Killings, Mentes criminales, Policías, Blue Bloods, Brigada Central, Dexter, Anatomía de Grey, The Closer o Los Hombres de Paco giran en torno a esta norma esencial.

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