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El ejemplo, el mejor recurso para educar a los menores

Hoy, hace 27 años, que la Asamblea de Naciones Unidas aprobó la Convención sobre los derechos del niños; con ese motivo Pedro Núñez Morgades ha elaborado esta columna.
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Un año más celebramos que el 20 de noviembre de 1989 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobaba la Convención sobre los Derechos del Niño a la que España se sumó en 1990 por lo que desde entonces forma parte de nuestro ordenamiento jurídico y es de obligado cumplimiento.

Me preocupa ser capaz de transmitir la necesidad de intentar que esta celebración como tantas facetas en nuestra vida, no caiga en la perniciosa rutina en la que tantas veces nos abandonamos.

Es mi propósito de invitar a todos a participar solidariamente el que me lleva a recordar que existen 2.400 millones de niñas y niños que suponen el 34 por ciento de la población mundial mientras en España los 8.200.000 representan el 17 % por ciento (¡que tremenda diferencia!).

La mejor manera de motivar nuestros esfuerzos es visualizarlos en la figura de los niños que sufren tantas carencias y de tantos otros muy próximos a nosotros de los que muchas veces no somos capaces de apreciar lo que les afecta.

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Cuando en UNICEF damos la cifra de que un 34 por ciento de niños y niñas españoles viven en riesgo de pobreza o de exclusión, debemos plantearnos si somos conscientes y sabemos valorar que además de las personas de nuestro entorno, existe próximo a nosotros un mundo diferente que necesita nuestra ayuda.

Sabemos que esa ayuda se convertirá no solo en una protección para aquellos que lo necesitan, sino en una reconfortante satisfacción para nosotros.

Desde la experiencia acumulada de muchos años trabajando por la infancia, constato que tenemos que tratar de preparar a nuestros niños y jóvenes para el mundo difícil al que se enfrentan. La clave radica en no pensar como tantas veces se repite, que ellos son nuestro futuro sino darnos cuenta que son nuestro valioso presente.

Me viene a la memoria la frase de la gran poeta Gabriela Mistral: “El futuro de nuestro niños es hoy, mañana puede ser tarde”.

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Esto me permite afirmar que la mejor fortaleza y la mejor herencia que podemos dejarles, la mejor medida preventiva para evitar males, es la educación en los valores universales, valores idénticos para todas las ideologías.

Educación

La educación nos hace iguales. Si nuestros hijos tienen debidamente asumido el sentido de la responsabilidad, el respeto a los demás, la empatía ¡ponernos en el lugar de los otros!, la solidaridad, la asertividad, el valor de la convivencia y la tolerancia y la necesidad del esfuerzo para lograr sus metas… tendrán una predisposición al bien y un rechazo al mal de forma espontánea.

Pero tengamos en cuenta que la educación no empieza cuando a los doce años los padres comienzan a preocuparse por la actitud de su hija o hijo, sino que se inicia mucho antes, en el propio embarazo.

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Sin olvidar que como bien asevera el dicho masai de Kenia, «la educación de un niño exige la participación de toda la tribu». Todos debemos ser educadores y conocer que con nuestras opiniones, pero sobre todo con nuestro ejemplo, trasladamos a nuestra infancia más próxima esos valores referenciados.

En opinión de Sócrates el aprendizaje con la teoría es lento, con el ejemplo es inmediato y a sensu contrario tenemos la filosofía farisea: tu haz lo que yo te digo pero no lo que yo hago.

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Preparémonos para conocer, cuidar y ganarnos la confianza de nuestros hijos porque no vienen con un libro de instrucciones bajo el brazo.

Es verdad que en España es más difícil ser madre o padre por las muy escasas ayudas a la familia, la ausencia de medidas de conciliación; la falta de una equitativa corresponsabilidad en las tareas familiares, unos horarios perjudiciales para la convivencia familiar…, pero la mayor dificultad del reto debe ser un acicate en su consecución

Abrir, por ejemplo, una hucha para los niños que no tienen, junto a las de nuestros hijos, será una forma sencilla de motivar su solidaridad. Creo que en la conmemoración del Día Internacional del Niño deberíamos renovar nuestra ilusión, nuestra entrega, nuestro compromiso con la infancia y adolescencia.

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Y unirnos en ese pacto por los más vulnerables, por los más pequeños, al pacto que propone UNICEF, el Fondo para la Infancia de Naciones Unidas, al que todos, particulares, administraciones e instituciones estamos invitados a sumarnos.

Con la convicción de que los temas sociales no son de unos u otros, sino de todos.

Empecemos por cambiar nuestra percepción: el dinero destinado a lo social no es gasto sino inversión, una inversión que nos ahorrará muchos gastos en reparación y en sufrimientos. Nuestros niños, niñas y adolescentes esperan mucho de nosotros. Por favor, no les defraudemos.

Este artículo puede se publica conjuntamente con FIBGAR.