«Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crie, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad» – Stefan Zweig, «El mundo de ayer» (1942).
En 1975, un joven español se asomaba a la ventana y veía un país a punto de despertar. Franco agonizaba aquel otoño y, con él, una noche larga. Al otro lado del cristal había una promesa tan sólida que casi no hacía falta enunciarla: habría Constitución, habría Europa, habría trabajo, habría un piso, habría hijos que vivirían mejor todavía.
El mundo era una escalera mecánica que subía. Bastaba con poner el pie en el peldaño.
En 2026, un joven español mira una pantalla y ve otra cosa. Ve una guerra que ya no es fría entrando en su cuarto año en Ucrania, los rescoldos de la guerra de Irán, un continente echando cuentas de cuántas brigadas podrá alinear en 2030.
Y, más cerca, ve un alquiler que se come el sueldo, un piso que no será suyo y la certeza tranquila de que ganará menos de lo que ganaron sus padres a su edad. La escalera mecánica sigue ahí. Pero ahora baja. Y hay que correr hacia arriba solo para no perder el sitio.
Entre esos dos pares de ojos no median sólo cincuenta años. Media el final de un mundo. Y conviene decirlo cuanto antes, porque la tentación de leer esto como nostalgia —cualquier tiempo pasado fue mejor— es justo el error que impide entenderlo.
Un mundo que ha dejado de ser legible
No se trata de que el mundo se haya vuelto peor. Se trata de que ha dejado de ser legible y de que ha retirado una promesa que nunca fue gratuita.
Los años setenta no fueron idílicos. Hubo crisis del petróleo, inflación de dos dígitos, terrorismo, colas y miedo. Sobre todo, hubo una bomba: dos superpotencias se apuntaban con miles de cabezas nucleares en alerta permanente.
Aquel mundo era, en rigor, mucho más peligroso que el nuestro; una sola mañana podía terminar con la civilización. Y, sin embargo, se vivía con una extraña sensación de seguridad.
La razón la formuló Kenneth Waltz: la bipolaridad, paradójicamente, era el sistema más estable que cabía imaginar, porque dos actores con capacidad de aniquilación mutua comparten un interés absoluto en no cruzar la línea.
El sistema se autocontenía por miedo. Era terrible. Pero era legible.
Legible significaba que había un enemigo claro, un bloque propio y una dirección. Para el joven occidental, esa dirección apuntaba hacia arriba: más derechos, más consumo, más Estado de bienestar.
Para el joven español apuntaba, además, hacia afuera. De la dictadura a la Constitución de 1978; de la Constitución a la Comunidad Europea en 1986. La biografía individual y la biografía colectiva ascendían juntas.
El miedo —la bomba— era abstracto, lejano, congelado. La promesa —el «más»— era concreta, cercana, personal. Y entre el miedo y la promesa, ganaba siempre la promesa.
Esa promesa se ha retirado, y los números no admiten discusión. El joven español de hoy cobra, en términos reales, alrededor de un 20 por ciento menos de lo que ganaban sus padres a su misma edad. No es una impresión generacional: lo certifican los sindicatos y lo confirma el Banco de España, cuya Encuesta Financiera de las Familias dibuja un desplome patrimonial sin disimulo.
La cohorte nacida hacia 1960 acumulaba más de 200.000 euros de riqueza neta mediana al llegar a los 45 años. La nacida hacia 1980 apenas supera los 107.000. La mitad, en una sola generación.
El resto se deduce solo.
La cuna pesa más que el esfuerzo
La emancipación juvenil ha caído del 37,5 por ciento en 2015 al 27 por ciento en 2025: casi tres de cada cuatro jóvenes de entre 16 y 34 años viven hoy con al menos uno de sus padres, no por apego sino por aritmética.
La OCDE lo resume sin piedad en su informe de septiembre, Tener y no tener: para quien nació después de los setenta, las barreras para progresar son más altas que las que encontraron sus padres, y en España el origen familiar explica más de un tercio de la desigualdad de ingresos.
La cuna pesa más que el esfuerzo. Es, exactamente, la frase que el liberalismo prometió enterrar.
Durante dos siglos rigió en Occidente una regla tácita: cada generación viviría mejor que la anterior. Los abuelos mejor que los bisabuelos, los padres mejor que los abuelos.
Esa flecha se ha invertido. La generación más formada de la historia será, probablemente, la primera en mucho tiempo que viva peor que la que la engendró.
La escalera que el joven de 1975 sólo tenía que pisar hoy desciende, y el de 2026 sube corriendo para quedarse donde está.
Una sociedad puede soportar la desigualdad. Lo que no soporta indefinidamente es la sospecha de que el esfuerzo ya no se traduce en ascenso, de que el código postal y el apellido pesan más que el mérito.
Esa frustración no se queda en la economía: emigra a la política. Es el caldo de cultivo del que se alimentan, en toda Europa, los populismos —de extrema derecha y de extrema izquierda— que prometen devolver un pasado que no volverá.
El joven que ha dejado de creer en el futuro es, históricamente, materia inflamable. Y un continente entero de jóvenes que han dejado de creer en el futuro constituye un problema muy serio.
Y mientras la escalera baja, el continente se rearma. No es una metáfora. El gasto en defensa de los aliados europeos de la OTAN creció un 20 por ciento en un solo año, el mayor salto desde el final de la Guerra Fría; la cumbre de La Haya comprometió en junio un objetivo del 5 por ciento del PIB para 2035; Rusia dedica ya el 7,5 por ciento del suyo a sostener una guerra, e instituciones nada dadas a la alarma escriben que Moscú podría poner a prueba a un país de la Alianza en tres años.
El servicio militar obligatorio vuelve a la mesa de debate
El servicio militar obligatorio, que parlamentos enteros habían dado por enterrado, vuelve a debatirse sin rubor.
La diferencia con los setenta no está en la cantidad de peligro. Está en su forma. La bomba que temía aquel joven era abstracta y no figuraba en ningún mapa.
La guerra que mira este tiene coordenadas: Ucrania, el estrecho de Ormuz, acaso Groenlandia, donde el protector se ha convertido en pretendiente.
Aquel mundo tenía un enemigo; este no tiene bloques claros, tiene un aliado que ya no es de fiar y un mapa que ha dejado de leerse. El miedo de entonces era legible. El desasosiego de ahora no lo es. Y un peligro que no se entiende angustia más que uno mayor que sí se entiende.
Hay además un vértigo nuevo que el joven de 1975 jamás tuvo que imaginar. Entonces, el protector era el protector. Hoy, una proporción notable —y creciente— de los europeos ha empezado a ver en Estados Unidos no un escudo, sino una amenaza.
Cuando el aliado de setenta años reclama Groenlandia, insinúa que la OTAN es papel mojado y trata a los socios como morosos de un protectorado, el mapa mental con el que Europa se orientó durante tres generaciones deja, sencillamente, de funcionar.
España, conviene decirlo, ha pedido quedarse al margen.
El Gobierno dice haber negociado una excepción que mantiene su gasto en torno al 2,1 por ciento y lo declaró «suficiente».
Se puede leer como prudencia presupuestaria o como cálculo de quien confía en que otros paguen su seguridad; en cualquiera de los dos casos no resuelve nada, sino que aplaza una decisión que la disolución del orden acabará imponiendo.
Dos crisis que realmente son una
Y el aplazamiento, como la deuda, lo hereda el mismo de siempre: el joven que todavía no ha podido marcharse de casa de sus padres.
Aquí está el nudo, y es donde la sociología se vuelve geopolítica.
El ascensor descendente y el continente que se rearma no son dos crisis distintas. Son una sola, vista por dos ventanas. Porque el «más» que disfrutó el joven de los setenta —el bienestar, la movilidad, la escalera que subía— no fue un don natural del progreso.
Fue el dividendo de un orden. La Pax Americana, Bretton Woods, un Occidente que necesitaba demostrar que la prosperidad era el mejor argumento contra el comunismo. El Estado de bienestar fue, entre otras cosas, un arma de la Guerra Fría. Y las armas se retiran cuando termina la guerra para la que se fabricaron.
Sostuve hace unos meses, al describir el tránsito del orden internacional a la anarquía multipolar, que aquel orden se apoyaba en mecanismos de coerción que la multipolaridad está disolviendo, y que el saldo serían décadas más oscuras: menos crecimiento, más desigualdad, menos bienestar. Aquello era análisis macro. Esto es su rostro.
La disminución de las cotas de bienestar que entonces se enunciaba en abstracto tiene hoy nombre y edad: es el chico de veinticinco años que no puede independizarse. El final del orden no se lee solo en los presupuestos de defensa. Se lee también en la hoja de un contrato de alquiler.
Gramsci escribió que el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer, y que en ese claroscuro surgen los monstruos.
La cita ha circulado tanto que conviene devolverle el filo: el original hablaba de «síntomas morbosos». La precariedad de una generación entera es uno.
El rearme de un continente que durante 70 años subcontrató su defensa es otro. Y el regreso de la guerra a las fronteras de Europa, el mayor de todos. Vivimos en el interregno; y el interregno, por definición, es el tiempo en que la promesa antigua ya no vale y la nueva todavía no se ha escrito.
Zweig terminó El mundo de ayer en el exilio brasileño (Petrópolis), envió el manuscrito a su editor y, al día siguiente, en febrero de 1942, se quitó la vida.
Tenía razón sobre la catástrofe y se equivocó sobre el remedio: entendió el desastre, pero ya no podía actuar sobre él, y eligió el tiempo pasado.
El joven de 2026 conserva algo que a Zweig se le había agotado: el tiempo presente. Al de 1975 le entregaron el horizonte hecho —Europa, la democracia, el peldaño— y solo tuvo que caminar hacia él. A este le tocará construirlo.
Y el horizonte vuelve a llamarse Europa, pero una Europa que esta vez decida por sí misma, financie su propia defensa y deje de esperar a un protector que se ha vuelto pretendiente.
Porque la escalera mecánica no es un fenómeno de la naturaleza. Es una máquina. Alguien la construyó, alguien la dejó pararse y alguien tendrá que volver a ponerla en marcha.
El joven de 1975 miraba por una ventana un mundo que prometía crecer. El de 2026 mira en una pantalla un mundo que se prepara para defenderse. La diferencia no está en el miedo. Está en a quién le toca fabricar el mañana. A aquel se lo dieron hecho. A este le toca hacerlo —y hacerlo, por primera vez en mucho tiempo, sin que nadie le sostenga la escalera.