Hay que reconocer que el Gobierno guardó en secreto hasta el último momento su gran decisión: la convocatoria de elecciones autonómicas en Cataluña el próximo 21 de diciembre.
Un giro inesperado a este culebrón que ya se estaba convirtiendo en una versión real de la película «El día de la marmota», protagonizada por Bill Murray.
La decisión de convocar elecciones ese día precisamente, después de que los «indepes» de Junts pel Sí y la CUP declararan en el Parlamento Autonómico la independencia de la república catalana, tiene implicaciones ideológicas y políticas muy profundas para ellos. Porque los ponen en un dilema: concurrir o no concurrir.
Lo lógico, y lo consecuente, sería que no concurrieran por eso, precisamente, porque al proclamar la república han abrazado un marco jurídico distinto al «español».
El suyo.
Presentarse a las elecciones autonómicas del 21 de diciembre supondría desdecirse de todo eso y volver a aceptar las reglas de juego de lo que ellos denominan el «Estado español».
¿Cómo lo explicarían a sus seguidores, sin parecer inconsecuentes, su giro ideológico?
«¿No nos habíamos ido?», les preguntarán. «Teníais un plan, ¿no?».
FUENTE DE FINANCIACIÓN
Su fuente principal de financiación es el dinero que reciben por la representación parlamentaria que consiguen a través de las elecciones. Es la «gasolina» que precisan para que su coche siga funcionando.
Si no se presentan, el «buga» se queda sin «gasofa». De cajón. Lo ve hasta un niño de 4 años.
Sin «gasofa» y sin poder alguno. Fuera de las instituciones.
A nadie se le escapa la convocatoria de huelga general y de su capacidad de convocar a las masas. Van a apostar fuerte por ello.
Paralizar Cataluña.
Pero la convocatoria de elecciones, un periodo tan corto como ese, pone muy difícil el éxito que buscan. El mantra de la «ocupación española» no cuela. Al contrario.
No van a ser 6 meses, ni 4.
Tan sólo 2.
Y ahora, ¿qué van a hacer? Fuera del poder hace mucho frío.
¿Apuestas? Se inventarán otra mentira.
Una más.