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¿Cuánto vale una persona?

Fernando Pinto es magistrado, titular del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción nº 3 de Mahón (Menorca), doctor en Derecho y académico c. de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.
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Hace más de mil años, Al-Juarismi daba clases de matemáticas en la Casa de la Sabiduría de Bagdad.

Cuenta la leyenda que un estudiante le preguntó al sabio persa cómo se calculaba el valor de una persona. Al-Juarismi llevaba años reflexionado sobre un nuevo método para abordar problemas que aparentemente no tenían solución.

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Gracias a sus conocimientos de geometría y del sistema decimal inventado en la India allá por el siglo VI, el sabio sentó las bases de una nueva disciplina matemática: el álgebra.

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Cuando el estudiante le hizo esa pregunta, el sabio reflexionó unos instantes.

¿Cómo puede calcularse el valor de una persona?

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Al-Juarismi se dirigió al joven estudiante y le dijo: “Si tiene ética, entonces su valor es = 1. Si además es inteligente, agréguele un cero y su valor será = 10. Si también es rico, súmele otro 0 y será = 100. Si, además de las cualidades anteriores, es una bella persona, agréguele otro 0 y su valor será = 1000. Sin embargo, si pierde el 1, que se corresponde a la ética, perderá todo su valor, pues solamente le quedarán los ceros”.

¿Puede determinarse el valor de una persona a través de una ecuación?

¿Qué variables habría que introducir para que ofreciera un resultado fiable?

¿Cómo se resolvería?

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Las palabras de Al-Juarismi nos recuerdan que existen muchos factores que influyen en la consideración que tenemos de los demás.

Cuando pensamos en la amistad, buscamos a una persona que comprenda nuestras inquietudes, nos haga reír y ayude en los momentos difíciles.

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En la familia, buscamos el apoyo necesario para desarrollar nuestros proyectos.

Cuando seleccionamos a alguien para un trabajo, buscamos experiencia y capacitación profesional.

Cuando buscamos un líder (ya sea para dirigir el país, una empresa o una comunidad de vecinos), nos centramos en sus ganas de trabajar, su lealtad y su capacidad para buscar soluciones.

Sin embargo, por encima de todas estas cualidades, queremos a personas que tengan un compromiso ético.

Da igual cuáles sean sus otras cualidades pues –como decía el sabio persa- si no tienes ética, tu valor es igual a 0.

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“La Ética es saber la diferencia entre lo que tienes derecho de hacer y lo que es correcto hacer”, decía Potter Stewart, magistrado de la Corte de Suprema de Estados Unidos.

A pesar de su importancia, la Ética no está de moda

La educación en los colegios y en las Facultades está centrada en la adquisición de conocimientos.

El mercado laboral sirve –con mucha suerte, por cierto- para poner en práctica esos conocimientos y adquirir experiencia para resolver mejor y más rápido los problemas que se plantean en el trabajo.

Sin embargo, la historia ha demostrado que el conocimiento y la experiencia no son suficientes para la construcción de un mundo más justo, libre e igualitario. Con un poco más de ética, habríamos evitado el desastre financiero que abocó a una crisis mundial sin precedentes.

Un poco más de compromiso moral habría frenado las intenciones de quienes, amparándose en un cargo público, han expoliado las arcas públicas en su propio beneficio.

Con una pizca más de ética, tendríamos un mercado laboral más comprensivo con quien ha tenido menos oportunidades en la vida.

Unas gotas de moral habrían salvado a muchas personas de morir ahogadas cuando huían de la guerra, el hambre y la desesperación.

La Ética no se puede reducir a una fórmula matemática.

Es una forma de vivir centrada en la virtud.

No basta con aprender las enseñanzas que, durante siglos, han aportado los filósofos a esta rama de conocimiento.

Es una asignatura viva y que se practica a diario.

Al igual que los músculos se fortalecen en un gimnasio, las palabras amables, las buenas intenciones o los proyectos basados en la generosidad no son fruto del azar ni de la improvisación. Responden a una voluntad decidida de tener un compromiso ético que ponga valor a nuestras acciones.

Es una apuesta decidida por el futuro pues –como recordaba el filósofo Erich Fromm– “vivir correctamente ya no es una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano”.