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Antonio Luna García, profesor legendario: “Señores, ¿el hombre es naturaleza o historia”

Facultad de Derecho, donde daba clase Antonio Luna García.
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En esta pequeña referencia de maestros de la Facultad de Derecho de los que tuve la fortuna de disfrutar deseo invocar hoy la figura de Don Antonio Luna García que en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid profesaba la Cátedra de Derecho Internacional Público.

Y subrayo que en los tiempos a que se refieren mis recuerdos de estudiante era el Internacional Público la materia de la cátedra que ejercía precisamente don Antonio pues que con anterioridad y en las Facultades de las Universidades de otras ciudades el profesor Luna había profesado el Derecho Natural y aun la Filosofía del Derecho.

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No es ni mucho menos irrelevante destacar ese hecho pues es innegable que la formación filosófica del Derecho estaba a la base del modo de saber acerca del mismo, también del Derecho Internacional Público, que el maestro Luna se aplicaba a transmitir a los alumnos en sus amenas clases.

Porque el maestro sabía hacer sus clases amenas, consiguiendo que nos olvidásemos o dejásemos de tener en cuenta su voz de mesosoprano como con su gracejo granadino él se refería a ella alegándolo como motivo que le permitiría comprender la ausencia de alumnos a sus clases.

Con ello indudablemente reforzaba su simpatía que hacía sus clases todavía más estimables por si no lo fueran además porque el carácter ágrafo de Don Antonio se unía a la carencia de textos fiables a que poder atenerse para el aprendizaje de la disciplina.

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Debe notarse que en los tiempos a que me refiero se estaba saliendo prácticamente de la Segunda Gran Guerra y tratando de dar forma a un nuevo sistema de orden mundial centrado básicamente en la O.N.U.

Por estas razones no parece posible exagerar el valor de una fundamentación al derecho capaz de poner orden, un orden jurídico, a las nuevas estructuras de relación que se estaban alumbrando.

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Y una mañana, nada más tomar asiento el maestro Luna en su mesa del Aula lanzó, parece que lo estoy oyendo, con su vocecilla la pregunta: “Señores, ¿el hombre es naturaleza o es historia?”

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Y la pregunta quedó colgando desde luego porque Don Antonio no la formuló para que se respondiera, pero, sobre todo, porque nosotros los alumnos quedamos un poco desconcertados con la pregunta y el modo de formularla, y no diré yo que además sin saber a ciencia cierta cómo debíamos responder.

Pero, y aquí reside la almendra del asunto, sin embargo los alumnos sí sabíamos en términos generales, qué era lo que había detrás de la pregunta de marras.

Pero por cierto que para razonar sobre ello y en relación con los temas que nos tocaba tratar en Derecho Internacional Público necesitábamos recibir los comentarios del profesor, que ya nos exigían -¿recuerdan la recomendación  del profesor d´Ors?- ponernos de puntillas.

La referencia a la naturaleza y a la historia como puntos decisivos del ser personal no era para nosotros en modo alguno ningún jeroglífico indescifrable porque en nuestro venturoso Bachillerato –tan soberbio y, claro está, seguramente por eso mismo tan lejano- estudiábamos filosofía, y lo hacíamos de modo suficiente para saber del sentido de la dicotomía referencial a que me refiero.

Es claro que, al subrayar el aspecto histórico, hablando de Derecho se rechaza de hecho la concepción racionalista del derecho natural de la modernidad; pero de idéntica manera, al destacar la naturaleza del hombre se acepta la existencia en éste de lo que podríamos llamar un invariante natural.

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Si en virtud de lo primero es innegable la mutabilidad de lo jurídico al compás de los cambios a que, entre otros factores, da lugar la acción del hombre, en virtud del invariante natural existe también respecto del hombre un invariante jurídico (como existe igualmente un invariante moral).

En razón de ese invariante se hace posible seguir considerando al mismo sujeto al que corresponde el cambio.

No es el momento de extenderse en lo que representa un concepto del Derecho como el que he querido dejar dibujado con lo que acabo de decir, porque lo que me interesa es subrayar que el maestro Luna enseñaba el Derecho en su conexión ininterrumpida con el hombre a cuyo servicio se encuentra y de cuya vida era función.

Lejos se encontraba aquella pedagogía jurídica de limitarse a dar cuenta de textos y más textos llamados legales o internacionales sin más que intentar desentrañar el sentido de las palabras.

El Derecho, incluso en la apreciación de la rama correspondiente a las estructuras de relación entre naciones, que entre bromas y veras se decía inexistente todavía por el profesor Luna, se presentaba por éste ante todo como el cauce por el que debía discurrir la vida personal justa, y ello cualquiera que fuese la posición o condición en que la persona se considerare en razón de relaciones más o menos voluntarias, incluso en razón de la comunidad nacional cuya organización llamamos Estado.

Comprendo que este modo de ver las cosas es irreconciliable con la necesidad de conocer las normas del Ordenamiento que en cada caso y según sus propias reglas están dirigidas a la ingeniería social diseñada por el Poder político, que, dejémonos de engaños, no puede ofrecer, como de hecho, no ofrece sino ribetes más o menos incoados o acabados odiosamente totalitarios.