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Papiniano, el hombre que dijo al emperador “es más fácil cometer parricidio que justificarlo”

Emilio Papiniano, el número uno de los juristas romanos de la antigüedad, cuya estatua se halla en la fachada principal del Tribunal Supremo, fue ejecutado por orden del emperador Caracalla. Confilegal.
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Si alguna vez pasan por la Plaza de la Villa de París, que es donde tiene su sede el Tribunal Supremo de España, fíjense en las estatuas que flanquean la entrada a una altura de unos cinco metros.

Y más concretamente en la de la izquierda. Es la estatua de Papiniano. Posiblemente su nombre completo –Emilio Papiniano– no les diga nada, pero está ahí por varias razones, todas de peso y, la principal, como reconocimiento público.

Papiniano, que vivió entre el siglo II y III de nuestra era, fue el número uno de los grandes juristas de la antigua Roma.

Los datos biográficos que tenemos sobre su origen son escasos. Los historiadores suponen que nació en Siria, provincia romana, en el año 150.

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Sus obras más importantes fueron los Quaestiones, formadas por 37 libros, que fueron escritas antes de 198, y las Responsa, elaboradas entre 204 y la fecha de su muerte.

Además redactó dos obras, de adulteriis, dos libros de Definiciones y un texto en griego en el que expuso las obligaciones de los magistrados y de los funcionarios de la policía urbana de aquellos tiempos.

El respeto que le profesaron los romanos fue explicitado en la Ley de Citas del año 426, que regulaba cuáles eran los autores que se podían citar en juicio.

Cuando no hubiera unidad en la doctrina o hubiese empate entre él y otros juristas de peso como Gayo, Julio Paulo, Domicio Ulpiano y Herenio Modestino, en dicha Ley se establecía que era la opinión de Papiniano la que debía prevalecer sobre el resto.

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INDEPENDENCIA DE OPINIÓN

Entre sus cualidades como jurista siempre se destacan su independencia de opinión y el afán por la búsqueda de soluciones equitativas.

Pero fue precisamente esa independencia de opinión lo que le llevó a la muerte.

Papiniano era amigo de un general romano, Septimio Severo, que se proclamó emperador tras un cruento golpe de Estado.

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Severo apreciaba y confiaba tanto en este reconocido jurista que le nombró prefecto pretoriano, lo que equivalía a viceemperador.

Severo tenía dos hijos, Caracalla y Geta, que no se llevaban nada bien. Temiéndose lo peor, Severo arrancó a Papiniano la promesa de que mediaría entre los dos, una vez que él hubiera muerto, para evitar una guerra fratricida.

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Pero Papiniano no pudo cumplir la palabra que le había dado a Severo.

Caracalla acabó antes con la vida de su hermano y se proclamó nuevo emperador.

SE NEGÓ A SEGUIRLE EL JUEGO AL EMPERADOR

Caracalla pasaría a la historia por dos cosas: la primera, por el Edicto o Constitutio Antoniniana, del año 212, por el cual extendió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres de las provincias.

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Dicha medida, aconsejada por el deseo de acrecentar la unidad política del Imperio y de elevar los ingresos fiscales, dio un gran impulso a la romanización.

La segunda, por ordenar la ejecución de Papiniano.

Al emperador se le antojó copiar a Nerón, que también había matado a su hermanastro Británico.

Para justificar el crimen, Nerón le pidió a su principal asesor, Lucio Anneo Séneca, famoso filósofo de origen cordobés, que redactara una defensa del asesinato para defenderlo ante el Senado, orden que Séneca cumplió.

El emperador Caracalla ordenó la ejecución de Papiniano porque este se negó a justificar públicamente el asesinato que Caracalla había cometido en la persona de su hermano. Wikipedia.
El emperador Caracalla ordenó la ejecución de Papiniano porque este se negó a justificar públicamente el asesinato que Caracalla había cometido en la persona de su hermano. Wikipedia.

Sin embargo, en este caso, la respuesta que Papiniano dio al emperador Caracalla fue diametralmente opuesta.

En la propia cara el nuevo emperador le expetó una frase que pasó luego a la historia: “Es más fácil cometer parricidio que justificarlo”.

Sabía que, pronunciándola, dictaba su pena de muerte. Pero lo hizo.

El emperador, tras escucharlo, lo miró fríamente a los ojos y ordenó su ejecución inmediata.

Papiniano era, como les dijimos, un hombre de principios hasta las últimas consecuencias.