El poder de los silencios en los juicios

El poder de los silencios en los juicios
El columnista, José María Garzón, socio director de Garzón Abogados, explica lo evidente, lo que nadie ve hasta que alguien lo explica con claridad: el poder de los silencios en manos de un abogado en los juicios. La imagen fue tomada en la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.

2 / 11 / 2021 06:48

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Hace tiempo que venía pensando escribir sobre esto, sobre el poder de los silencios en los juicios. Y lo llamo poder porque eso es precisamente lo que es. Pero mis colegas no se dan cuenta.

En las vistas públicas de los juicios en los que solemos actuar muchos se empeñan en tratar de decir demasiado en un corto espacio de tiempo ante el tribunal, en especial en los informes finales.

En ocasiones hasta pierden la capacidad de vocalizar de lo rápido que van.

Y cuando terminan, respiran profundamente, tranquilos.  Como si hubieran puesto un huevo.

Convencidos de que el tribunal y el resto de las partes han captado la esencia y profundidad de su planteamiento, cuando suele ser lo contrario.

Porque no conocen el poder de los silencios, tanto en los interrogatorios como en los informes.

No son pocos los grandes pensadores y escritores los que se han referido a ello.

Recuerdo a Mark Twain, de forma especial: “La palabra precisa tal vez sea efectiva, pero ninguna palabra jamás ha sido tan efectiva como un silencio precioso”.

Y es cierto.

El silencio de pocos segundos durante un interrogatorio a alguien o durante un informe tiene un “poder nuclear”.

Porque aumenta el poder de las palabras pronunciadas, de las contenidas en su interior, haciendo reflexionar a los escuchantes como ninguna otra cosa que se le pudiera asemejar, aumentando, en el proceso, su atención.

Recuerdo muy bien la primera vez que lo utilicé.

Fue hace 22 años cuando lo descubrí. Yo era mucho más joven y el caso era de máxima trascendencia pública; un triple asesinato en el que, además, había cámaras de televisión.

Actuaba como acusación particular.

El presidente de la Sala, con el claro ánimo de amedentrar a este letrado para que cambiara el curso del juicio, se dirigió directamente a mi persona en un tono muy displicente: “La Sala no entiende la estrategia procesal del letrado, no continúe por ese camino”, me dijo.

Sentí el impacto pero contuve los nervios.

EN JUEGO ESTABA EL RESPETO A MI PERSONA

Intuitivamente supe que tenía que contestar con la mayor contundencia posible.

En juego estaba el respeto hacia mi persona. Al menos yo lo entendí así en aquel momento.

No hice nada. Me quedé mirando fijamente a los ojos del magistrado presidente.

Se produjo un «silencio estruendoso» en la Sala. Un oximorón que contribuyó, sin duda a elevar la expectación entre los presentes.

De un lado, estaba el tribunal, formado por tres magistrados con experiencia de «mil años» administrando justicia, y del otro, un joven abogado que tenía entre sus manos el primer caso más importante de su carrera profesional.

Esperé quince largos segundos.

Después contesté con toda la tranquilidad del mundo que pude aparentar, vocalizando bien, con una velocidad menor de lo que en mí era costumbre: «Con todo respecto, señoría, ¿desde cuando la estrategia procesal ha de señalarla la Sala? Como usted sabe muy bien, el ejercicio de una acusación particular es un ejercicio de responsabilidad».

Añadí: «Y si, para acusar, hemos de fijar los hechos como sucedieron, y a la Sala le parece que actuamos más próximos a la defensa, eso no debe conducirla a error, pues sólo intentamos conocer la verdad material de los hechos. De lo que ocurrió, con el fin de que se haga justicia».

Hice una brevísima pausa y agregué: «Porque una vez que se hayan fijado esos hechos podremos ejercer la acusación con rigor, como nos corresponde».

El magistrado presidente no contestó y con un gesto me permitió seguir por «el camino» que segundos antes me había vedado.

Me gané su respeto.

Fue aquella intervención la que se recogió en los telediarios y en la prensa.

Si hubiera contestado atropelladamente lo que hubiera llamado al atención, con toda probabilidad, habría sido el pretendido rapapolvo que había tratado de echarme.

Nunca olvidé aquella lección. Siempre la tengo presente.

Y cuando tengo oportunidad, porque el caso y el momento lo precisan, vuelvo a emplear el poder de los silencios.

Un poder que siempre ha estado ahí. Como un secreto a la vista de todos sobre el que, sin embargo, pocos reparan o reflexionan.

Y cuando lo descubren, como me pasó a mí, es como si subieran uno de los escalones más importantes de este oficio de la abogacía.

Un poder que sigue estando ahí. Disponible para cualquiera que quiera y se atreva a utilizarlo.

Nada es tan poderoso y habla tan alto y tan fuerte por una causa, en el desarrollo de un juicio, como un silencio “estruendoso”, bien utilizado por un abogado, cuando es el momento preciso.

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