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Lo que se pretende es eliminar al castellano, la segunda lengua más hablada en el mundo, de Cataluña

Manuel Álvarez de Mon Soto
Lo que se pretende es eliminar al castellano, la segunda lengua más hablada en el mundo, de Cataluña
Manuel Álvarez de Mon Soto, ha sido magistrado, fiscal y funcionario de prisiones. Actualmente es letrado del Colegio de Abogados de Madrid. alvarezdemon@hotmail.com. Foto: Carlos Berbell/Confilegal.
21/12/2021 06:47
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Actualizado: 22/12/2021 23:00
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El problema de la enseñanza mínima del 25 % en castellano en las escuelas públicas de Cataluña, conforme a lo resuelto judicialmente y con arreglo a la ley, no es sólo una cuestión jurídica –que lo es– sino, que es, sobre todo, el reflejo de un grave conflicto político y social.

El caso del niño de Canet de Mar, cuyos padres pidieron el ejercicio de su derecho al cumplimiento de la sentencia que garantiza el 25 % de las clases en castellano, ha puesto de relieve el gran enfrentamiento que existe en la sociedad catalana por la lengua.

Cataluña está, más o menos dividida, al 50%, en lo que a lengua materna se refiere, entre el catalán y el castellano.

Los dos son idiomas oficiales, de acuerdo con al artículo 3 de la Constitución y el Estatuto de Autonomía .

En la práctica, sin embargo, para la Administración Pública catalana el único idioma es el catalán que, además, se establece, de hecho, como la única lengua vehicular habitual de la enseñanza pública. Obviando, incluso, la parte legalmente reservada al castellano, como se ha podido visualizar con el conflicto de Canet.

¿QUÉ HAY DETRÁS DE ESTE CONFLICTO?

La intención de buena parte del sector de habla catalana –que no tiene mayoría social pero sí política–, de que esta lengua sea la única del territorio, con el objetivo evidente de crear una identidad diferente que sea la base de la reivindicación de la independencia política para el futuro.

Se solía decir al principio de la Transición, tras la dictadura, que con el uso oficial y prioritario del catalán lo que se buscaba era protegerlo.

Y ahora se dice, una vez conseguido, que lo que hay que hacer es “normalizar” su uso social. Algo falso, porque normalizarlo sería compartirlo, a medias con el castellano, de acuerdo con el número de hablantes.

Lo que, de verdad, se quiere decir con lo de normalizar es imponer el catalán, arrinconando y eliminando al castellano. Esa es la verdadera finalidad.

Detrás de todo esto yace latente el sentimiento clasista, y de seguridad, de la burguesía catalana, auténtica derecha económica que, en ocasiones, se disfraza de falsa izquierda política.  

Es un hecho evidente que la lengua que habla la inmensa mayoría de la población obrera es el castellano. De ahí el clasismo supremacista que encierra el tratamiento lingüístico que se aplica en Cataluña.

Y hablo de supremacismo porque es evidente que cuando la mitad de habla catalana, contando con el poder político, quiere imponer su idioma sobre la mitad de habla no catalana, no hay otra forma de describirlo.  

Se decía en el Imperio Romano que el esclavo habla la lengua del amo.

Lo que resulta incomprensible es que los sindicatos catalanes, en teoría defensores de la clase obrera, estén aliando con la burguesía económica, con sus enemigos de clase. Lo que puede obedecer a tres factores: o están subvencionados o tienen un complejo de inferioridad social. O las dos cosas a la vez.

Por burguesía hay que entender las clases medias, medio altas y altas, que tienen el catalán como lengua materna, salvo excepciones.

De otro lado, los castellano hablantes son, en general, las clases económicamente bajas; los emigrantes y sus descendientes.

Sin embargo, hay algunos sectores de la burguesía que tienen el castellano como lengua materna y, de otro lado, parte de la clase obrera de lengua castellana, también por un complejo de inferioridad social, se unen a ese deseo de inmersión total en lengua catalana , como por ejemplo algún conocido político.

EL CASTELLANO LO HABLAN 492 MILLONES DE PERSONAS, EL CATALÁN 9,1 MILLONES

Es el mundo al revés. El castellano es una lengua que en el mundo hablan 492 millones de personas. Es la segunda del mundo, después del chino mandarín, con 918 millones de hablantes, por delante del inglés –la lengua franca de nuestro tiempo–, con 379 millones y el hindi, con 341 millones de hablantes, de acuerdo con la base de datos Ethnologe.

El catalán ocupa el lugar número 88 en la clasificación de las 100 lenguas más habladas del mundo, con un total de 9,1 millones de personas que afirman saberlo, según la Secretaría de Política Lingüística de la Generalitat.

Es decir, un niño catalán que domine el castellano bien cuando sea adulto podrá encontrar trabajo no solo en el resto de España. También en cualquiera de los 22 países de habla hispana de América o África.

Si, por el contrario, al niño solo se le forma en el catalán, como pretenden muchos padres, se estará limitando de forma muy grave su futuro. Porque solo podrá trabajar en Cataluña, Baleares, Valencia y Andorra.  

Aprender catalán y castellano no es excluyente. Y también el inglés, ¿por qué no?

Esto lo entiende muy bien la burguesía catalana, que lleva a sus hijos a colegios privados o concertados donde enseñan el castellano en la medida necesaria para dominarlo bien. O como es el caso de algunos de muchos de los más relevantes políticos independentistas que, por un lado, llevan a sus hijos a colegios privados donde aprenden el castellano, el inglés e incluso el alemán, mientras que ordenan la aplicación del “todo catalán” en la enseñanza a las clases bajas. Que tienen que acudir ineludiblemente a la escuela pública y no quieren dejar que aprendan el suficiente castellano que significa ese mínimo 25 % de horas mientras llevan a sus hijos a colegios privados.

EL ORIGEN DEL PROBLEMA

Hay que decirlo con toda la claridad: La burguesía catalana posee –todavía– un evidente complejo de superioridad económica por la riqueza que acumuló tras la unificación del Reino de Castilla y la Corona de Aragón, nada menos que a partir de 1715, por los decretos de Nueva Planta de Felipe V, el primer rey de la dinastía Borbón.

A cambio de la perdida de identidad política, común a ambos reinos, para ser ya jurídicamente el Reino de España (con la excepción del Reino de Navarra hasta 1841), el Condado de Barcelona, o sea Cataluña, que formaba parte de la Corona de Aragón, tuvo grandes beneficios económicos al desaparecer las fronteras interiores.

Por lo que pudieron, por ejemplo, pescar en Galicia o proteger a la industria textil catalana frente a la competencia externa, gracias al régimen arancelario. Sin olvidar el gran beneficio que reportó poder comerciar libremente con los territorios americanos que, hasta entonces, solo pertenecían a la Corona de Castilla.

Un nombre este, el de Castilla, por cierto, tiene la misma raíz etimológica que Cataluña. Tanto Castilla como Cataluña quieren decir lo mismo: “Tierra de castillos”.

Por otra parte, el abyecto comercio de esclavos africanos y su explotación laboral en Cuba y Puerto Rico favoreció mucho al enriquecimiento de bastantes empresarios catalanes, del que son recuerdo las canciones de habaneras de tanta raigambre popular.

Cataluña, además, recibió ingentes ayudas e inversiones públicas, sobre todo desde la época de Carlos III. Y así hasta el franquismo, que invirtió grandes sumas en detrimento de otras regiones, como Andalucía, Extremadura, Aragón, etcétera.

Muchos de sus habitantes tuvieron que emigrar a Cataluña donde el Estado invertía y creaba trabajo, como pasó durante la dictadura, por ejemplo, con la Seat.

Esa emigración contribuyó a hacer grande a Cataluña y a que el bilingüismo fuera, durante muchos años, una realidad social, pacífica. Barcelona se convirtió en una ciudad cosmopolita, en un ejemplo y referente de modernidad y de progreso.

Ya no es así. El hecho de que una mitad de la sociedad quiera imponer el catalán a la otra mitad es lo más parecido a un suicidio social colectivo del que solo se benefician las élites independentistas que ostentan y disfrutan del poder autonómico.  

El horizonte que persiguen es la creación de una identidad única catalana, eliminando todo lo español, empezando por los toros.

Esto ya lo explicó muy bien en la Transición el entonces líder de la Esquerra Republicana de Catalunya, Heribert Barrera, que no lo ocultaba.

Ese era también el objetivo del exhonorable expresidente de la Generalitat Jordi Pujol, que lo disimulaba más mientras cobraba el 3 %. Una de sus eslóganes electorales fue “Farem més ia mes farem Catalunya” (Haremos más y, además, haremos Cataluña).

Pujol siempre se cuidaba de utilizar dos formas de hablar. Una en Cataluña, en clave de construcción de país, y otra en el resto de España, como Comunidad Autónoma colaboradora de la gestación de la nación española. Algo que hizo con la complicidad de los gobiernos de Felipe González y de José María Aznar.  

Pujol fue el hombre promovido para Aixecar (levantar)  Cataluña y llegar antes, o después, a la independencia .

Cuando llegaron al Gobierno Mariano Rajoy y, después, Pedro Sánchez, la situación social en Cataluña se enconó por el abandono del Estado en Cataluña, que pasó a manos del radicalismo secesionista de la burguesía.  

El problema de los partidos de izquierda fue que en la Transición el Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) y el PSOE se vieron colonizados por nacionalistas catalanes.

El colmo del entreguismo fue la fusión del Partit dels Socialistes Catalans Reagrupament  (PSC) con el PSOE, de base obrera emigrante y castellano hablante, de Felipe González. Entonces mayoritario en Cataluña. El PSC-R tenía como líderes a dirigentes que, como Joan Raventós, Josep Pallach y otros, pertenecían a la burguesía catalana.  

La base obrera castellano hablante se quedó prácticamente marginada sin partido propio salvo el malogrado intento, de la presencia del Partido Socialista de Andalucía-Partido Andaluz (PSA-PA), que llegó a tener 2 escaños pero que carecía de apoyo económico para poder establecerse. Además de sufrir el frontal ataque institucional y del hándicap de su vinculación a un partido de otra base territorial .

Algunos políticos de izquierda se dieron cuenta, por fin, del problema de esa política de la burguesía catalana separatista.

Uno de ellos fue Josep Borrell, convertido en voz de la España unida en las manifestaciones de 2017 contra el independentismo. Otro fue Francesc Frutos exlíder del PSUC y el fiscal jubilado, Carlos Jiménez Villarejo, convertidos en ejemplos paradigmáticos de la compatibilidad de ser catalán y español

El Museo Nacional de Finlandia, en Helsinki, explica muy bien la peculiaridad lingüística como base del nacionalismo independentista, como bien pude comprobar hace unos meses, durante el viaje que hice.

Ahí se dice que un idioma, en este caso el finés, por muchos préstamos que tenga de otros, como el sueco, es el signo identitario de un pueblo que sirve para diferenciar a “nosotros» de «ellos». Y es la base de la independencia. Lo que no impide que el sueco, hablado por una pequeña minoría, sea el idioma oficial en el sector finanzas en Finlancia.  

Además de permitirse la enseñanza en ese idioma, también se puede hacer en variantes lingüísticas locales, sin rango de idiomas oficiales. Todo de acuerdo con la decisión mayoritaria de los padres de los hijos afectados en una escuela o territorio.  

Una cosa que hacen en ese mismo sentido, los países Bálticos, Estonia, Letonia y  Lituania, que también he estudiado.

Pero aquí, a diferencia de Cataluña, si hay respeto por la enseñanza en ruso de las minorías ruso hablantes. Es algo que se hace con normalidad. Los alumnos aprenden la lengua oficial de cada país, también el ruso, aquellos que lo solicitan, el inglés y el castellano, por cierto, una de las más demandadas.

¿Por qué limitarnos a enseñar a nuestros hijos solo un idioma cuando pueden aprender tres o cuatro? Su futuro será más fácil cuantos más idiomas hablen, piensan los gobiernos de esos países bálticos.

España es también un ejemplo de convivencia lingüística y de inteligencia práctica. El sistema educativo vasco ha hecho de Euskadi un territorio pionero en la educación y la convivencia lingüística.

Los problemas emergen cuando se trata de laminar la diversidad lingüística, como está ocurriendo no solo en Cataluña, también en Baleares y en la Comunidad Valenciana, donde gobierna el PSOE con partidos radicales. O en Galicia, mi tierra de origen, donde un PP peculiar, liderado por Alberto Núñez Feijóo, a veces se adopta un comportamiento próximo al sectarismo educativo catalán.

No hay una solución simple a este problema. Sólo si se deja de utilizar el idioma como arma arrojadiza, de “supremacismo nazi” social o si se tiene la inteligencia práctica de los países que he citado.

El bilingüismo es un lujo y una riqueza colectiva. Debería imperar el sentido común, el respeto mutuo, la tolerancia y la voluntad de las familias. Deberían enfriarse las pasiones. Y recuperarse el famoso –y desaparecido en el combate– “seny” catalán. Un signo de identidad de ese maravilloso territorio que es Cataluña.

Permítanme acabar con unas palabras en catalán : “Cal tornar, a que la llengua sigui un mitja de relatio humana i mai una eina de lluita i discriminació social. Aíxo, no te cap sentit i a més a mes, caldrá, algúna vegada anar de nou, tots junts catalano i castella parlants a fer una Catalunya rica i plena, millor si es posible amb la resta de pobles del Estat. Ho crec posible, tanmateix qui reconec que no hi es bufar i fer  ampolles. ¿Quand s’assolirá aquest moment ? (Hay que volver, a que la lengua sea un medio de relación humana y nunca una herramienta de lucha y discriminación social. Una Cataluña rica y llena, mejor si es posible con el resto de pueblos del Estado. Lo creo posible, sin embargo reconozco que no es coser y cantar. ¿Cuándo se logrará este momento?).

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