Poner la mano en el fuego por algo o alguien en la antigüedad era algo literal
Grabado de una Ordalía o «juicio de Dios», que consistía en introducir la mano en agua hirviendo; cómo quedara el estado del miembro determinaría la inocencia o culpabilidad del encausado.

Poner la mano en el fuego por algo o alguien en la antigüedad era algo literal

1 / 01 / 2022 00:40

Actualizado el 01 / 01 / 2022 00:43

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Cuando decimos que ponemos la mano en el fuego por algo o por alguien queremos expresar nuestra total y absoluta seguridad en lo que estamos diciendo o nuestra completa confianza en la persona sobre la que hablamos. Que respondemos al ciento por ciento por ella.

Esto que, en apariencia, parece una figura metafórica en el pasado no lo era. Era literal.

En el pasado, nuestros antepasados creían que vivíamos regidos por las leyes de dios o de los dioses, dependiendo de la zona o región de la tierra en que se encontraran.

Dios, o «los dioses», nos dictaban las leyes a través de aquellos a los que había elegidos para dirigirnos, que solían ser los reyes o monarcas.

Se creía que Dios, o los dioses, se expresaban mediante actos cuasi milagrosos.

Uno de ellos era, precisamente, el llamado juicio de Dios u Ordalía. Una institución jurídica medieval que, literalmente, obligaba a poner las manos en el fuego al acusado para demostrar su inocencia. 

Sus principales orígenes más conocidos son, por supuesto, paganos.

En concreto, germánico, pero podemos encontrar claros antecedentes en Asiria, Babilonia, Grecia y, por supuesto, en Roma, donde era conocida la leyenda de Mucio Escévola, de quien se dice que se dejó quemar la mano ante sus enemigos etruscos para probar que decía la verdad.

En la Biblia hay una referencia a un juicio de Dios para demostrar si los celos de un marido eran fundados o infundados A la esposa, supuestamente adúltera, se le hacia ingerir un brebaje de agua y ceniza conocido como “agua amarga de la maldición”.

“Si no ha dormido contigo ninguno y si no te has descarriado, no has sido infiel a tu marido, indemne seas del agua amarga de la maldición; pero si te descarriaste y fuiste infiel, contaminándote y yaciendo con otro, Yahvé te maldice, entre esta agua de maldición en tus entrañas para hacer que tu vientre se hinche y se pudran tus muslos”, decía el sacerdote a modo de fórmula sagrada.

HABÍA DIFERENTES MODALIDADES

La Ordalía, en el mundo germánico tenía diferentes modalidades.

La más conocida obligaba al acusado a meter ambas manos en el fuego durante un corto espacio de tiempo. 

Una segunda modalidad obligaba al acusado a andar descalzo sobre seis u ocho rejas de arado al rojo vivo.

En una tercera se preparaba un guantelete de armadura, también al rojo vivo, en el que se debía meter la mano. 

En una cuarta versión se obligaba al acusado a sostener en las manos un hierro candente de un peso determinado y a dar nueve pasos con él encima. 

Si el acusado superaba la prueba sin sufrir apenas quemaduras entonces se decidía que “Dios había hablado” y que lo consideraba inocente, decretando entonces su puesta en libertad. 

Si, por el contrario –y era lo más normal-, presentaba las quemaduras lógicas, entonces se deducía que “Dios” consideraba que era culpable y se le ejecutaba. 

En un antiguo códice hindú se dice que “aquél al que la llama no queme debe ser creído”.

Y es que esto del juicio de Dios no era sólo cosa del orbe occidental, pagano o cristiano.

EN TODAS LAS CIVILIZACIONES

Prácticamente en todas las civilizaciones se pueden encontrar modalidades locales de este llamado “juicio de Dios”.

Los tribunales de la Inquisición hicieron mucho uso de este juicio divino, sobre todo en los casos en los que era vital demostrar la acusación de brujería contra alguien.

En muchas ocasiones se utilizaba una variante de la prueba del fuego, que era la prueba caldaria. Consistía, como su nombre indica, en la preparación de una caldera hirviendo.

El acusado debía introducir la mano en el agua hasta la muñeca durante unos segundos, si la acusación era simple.

Si, por el contrario, era compleja, estaba obligado a sumergir el brazo hasta el codo. Al sacarlo, se envolvía el miembro y se dejaba que pasaran tres días. Trascurrido dicho periodo se comprobaba si se habían producido quemaduras.

De ser así –y era la mayoría de las veces- se consideraba que el acusado era culpable de brujería y se le ejecutaba, principalmente quemándolo en la hoguera.

Aquél fue un periodo histórico negro para la humanidad. Un periodo de ignorancia y de oscuridad que, sin embargo, no debemos olvidar, desde nuestra era de democracia y de libertad.

Un periodo cuya herencia es una simple frase: «poner la mano en el fuego», que está tan viva como entonces.

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