Firmas

Cartas desde Londres: Anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses (y V)

Josep Gálvez
Cartas desde Londres: Anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses (y V)
Josep Gálvez, abogado español y "barrister", concluye, con esta quinta columna, su serie sobre anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses.
12/7/2022 06:48
|
Actualizado: 11/7/2022 22:00
|

En la biografía de F.E. Smith escrita por su hijo, el segundo Conde de Birkenhead, se cuenta la excelente relación que este exitoso ‘barrister’ mantuvo con los jueces que presidieron sus juicios.

Y si bien incluso recibió muchos elogios de Sus Señorías por las defensas realizas de sus clientes, también es cierto que existieron numerosos encontronazos, hasta convertirse en una fuente casi interminable de anécdotas durante toda su vida e incluso después.

Pero lejos de ser un abogado broncón y descortés, Smith únicamente se enfrentó a los jueces cuando fue preciso, de forma ingeniosa y siempre en los más estrictos términos de defensa de los intereses que le habían sido encomendados.

Así, en una ocasión, cuando F.E. tenía que dirigirse al jurado en un proceso ante el juez Mr Justice Ridley,  de forma inesperada este le advirtió:

– Bien señor Smith, he leído sus alegaciones y no creo mucho en su caso.

Sorprendido por el comentario del juez en ese preciso momento, Smith le contestó:

– Por supuesto, Señoría. Y aunque siento escuchar eso, pronto Su Señoría se sorprenderá que, cuanto más escuche sobre el caso, más creerá en él

Finezza’ procesal en su estado más puro, no me lo negarán.

Pero si hubo un juez que sacó de sus casillas al futuro Lord Canciller, ese fue sin duda el juez Willis.

EL CASO DEL ‘POBRE NIÑO CIEGO’ ATROPELLADO

De entre todos los jueces que participaron en los juicios de F.E. Smith, Mr. Justice Willis, destaca tanto por el calibre como por la cantidad de choques con nuestro ‘barrister’.

En efecto, las respuestas más vitriólicas de Smith estaban reservadas para el juez Willis, un dignísimo juez, quien trataba de forma condescendiente a todos los que intervenían ante su tribunal del condado (‘County Court’).

Y esta es seguramente la anécdota judicial más famosa de todos los tiempos, siendo conocida generalmente por toda la profesión desde el siglo pasado.

Cuenta su biografía que F. E. Smith había sido contratado por una compañía de tranvías, que había sido demandada por daños y perjuicios por las lesiones sufridas por un niño atropellado accidentalmente.

La defensa para la compañía era que la ceguera del chaval había llevado como resultado al accidente.

Ya en sala, el juez Willis se sintió profundamente conmovido por la historia de la joven víctima y dijo:

– Pobre chico, pobre chico ciego. Póngalo en una silla para que el jurado pueda verlo.

Seguramente esta situación a muchos les recordará el inicio de esa gran película llamada “Civil Action”.

Frederick Smith, conde de Birkenhead, Lord Canciller, sobre quien trata esta columna. Foto: Colección Parlamentaria de Arte.

Y como F.E. Smith no era tonto, advirtió inmediatamente el efecto devastador que tendría para su defensa semejante puesta en escena, por lo que se dirigió fríamente al juez:

– ¿Tal vez Su Señoría quiera que antes se pasee al niño ante el jurado?

Visiblemente enfadado, Mr Justice Willis le contestó:

– Ese es un comentario muy impropio, señor Smith.

Y el joven ‘barrister’ le soltó:

– Fue provocado –dijo–, por una sugerencia muy impropia.

En aquél instante se produjo un espeso y tenso silencio en la sala, que rompió Mr. Justice Willis:

– Señor Smith, ¿ha oído alguna vez un dicho de Francis Bacon -el gran Francis Bacon- que dice que la juventud y la discreción son malas compañeras?

A lo que Smith contestó con otra andanada:

– En efecto, lo he oído, Su Señoría; y ¿ha oído Su Señoría alguna vez un dicho de Francis Bacon -el gran Francis Bacon- que dice que un juez muy hablador es como un instrumento mal afinado?”

El juez Willis al oír la respuesta de F.E. Smith contestó ya furioso:

Es usted extremadamente ofensivo, joven.

Lejos de callarse, Smith contestó de nuevo al juez Willis:

– De hecho, los dos lo somos; la única diferencia entre nosotros es que yo intento serlo y usted no puede evitarlo. He sido escuchado con respeto por el más alto Tribunal del país y no he venido aquí para que me amedrenten«.

Pero esa no fue la única ocasión en la que F.E. Smith y Mr Justice Willis chocaron, como veremos.

LOS DESIGNIOS INESCRUTABLES DE LA DIVINA PROVIDENCIA

En otra ocasión, los dos coincidieron en otro pleito y, como se imaginarán, las chispas no tardaron en saltar entre ambos.

No obstante, hay que hacer una aclaración terminológica previa para evitar confusiones.

A diferencia de España, donde el “banquillo” se refiere tradicionalmente al lugar donde se sientan los procesados en un juicio penal, en Inglaterra y Gales el “banco o banquillo” (‘bench’) indica el lugar de la sala donde se sienta el juez o el tribunal.

De hecho, se asocia el término ‘bench’ a los miembros del poder judicial o a los jueces de un tribunal concreto, como el ‘Queen’s Bench’, por ejemplo.

Hecha esta aclaración, vamos con la anécdota.

Según cuenta la leyenda, en otra ocasión el juez Willis ya harto de una larga discusión que mantenía con F. E. Smith sobre una cuestión de procedimiento le preguntó:

– ¿Pero oiga, por qué cree usted que estoy en el “banco”, señor Smith?

Y el ‘barrister’ le contestó:

– No me corresponde a mí, Señoría, tratar de descifrar los inescrutables designios de la Divina Providencia.

Señalan los biógrafos de F.E. Smith que, seguramente, la gracia del personaje era el uso en sus intervenciones de un puño de hierro en guante de seda, aunque en el caso de Mr. Justice Willis eran “auténticas alambradas con púas envenenadas”.

UNA MENTE PRIVILEGIADA Y UNA LENGUA AÚN MÁS AFILADA

Aunque se ha dicho que la carrera de éxito como ‘barrister’ se había beneficiado de su posición como miembro del parlamento, lo cierto es que F.E. Smith fue un reconocido profesional como barrister y que, al mismo tiempo, también hizo carrera como político.

Es más, el hecho de que alcanzara cierta reputación como miembro de la Cámara de los Comunes es muy posible que le impidiera obtener asuntos de ‘solicitors’ a los que no les gustaban los políticos o simplemente de otras tendencias ideológicas.

En cualquier caso, las anécdotas sobre las intervenciones procesales de Smith son constantes, mostrando una extraordinaria rapidez en sus respuestas, como aquella que tuvo lugar durante una vista ante un tribunal y uno de esos jueces le dijo:

– He leído su caso, señor Smith, y no soy más sabio ahora que cuando empecé.

A lo que Smith respondió:

Es muy posible que no, Milord, pero seguro que estará mucho más informado.

Se cuenta que 1907 tuvo otra colisión con su viejo amigo Mr. Justice Willis en el Tribunal del Condado cuando, durante el transcurso de una audiencia, el juez rechazó una pregunta formulada por Smith a un testigo.

El ‘barrister’ le contestó:

Si Su Señoría tuviera la bondad de no interrumpirme.

Y el juez Willis le respondió:

– Le interrumpiré a usted y a cualquier otro ‘barrister’ siempre que sea necesario.

Como se imaginarán, F.E. Smith no se pudo callar y le dijo:

Por su comportamiento, deduzco que probablemente lo hará.

EL CASO DEL BRAZO DEL NIÑO LESIONADO POR UN ACCIDENTE DE AUTOBÚS

Recordemos que estas áridas intervenciones, chascarrillos anotados en las transcripciones de los juicios, representan únicamente algunas situaciones excepcionales de F.E. Smith durante toda su actividad ante los tribunales y no muestran la profundidad de sus argumentaciones.

Por el contrario, la práctica de este gran procesalista se distinguió por la excelencia profesional en la defensa de sus clientes y una excelente relación con el ‘bench’, lo que le llevaría posteriormente a las más altas instancias judiciales del país.

De hecho, el aspecto de F. E. Smith que más impresionaba a sus contemporáneos era la ágil astucia con la que actuaba, evidentemente fruto del estudio del caso y la facilidad para acreditar sus alegaciones.

Esta destreza mental quedó bien ilustrada cuando compareció en defensa de una compañía de autobuses que había sido demandada por los padres de un niño cuyo brazo derecho había quedado lisiado en un colisión.

En la demanda contra la compañía de autobuses se alegaba que, como consecuencia del siniestro, el niño no podía levantar el brazo por encima del nivel del hombro y que, por tanto, ya no podía trabajar, por lo que se solicitaba una cuantiosa indemnización a la compañía.

Ya en la vista judicial, cuando le tocó interrogar al chaval, Smith se mostró simpático y se esforzó en tranquilizar al chico.

Así, llegado un momento del interrogatorio, le preguntó:

¿Nos puede enseñar a qué altura puedes levantar el brazo ahora?

Con una cara contorsionada por el dolor, entonces el chico levantó lentamente el brazo hasta que llegó al nivel del hombro, visiblemente afectado.

– Muchas gracias –dijo F.E.,

A continuación, le dijo:

Y, ¿quieres mostrarnos ahora a qué altura podías levantarlo antes del accidente?

Para sorpresa de los presentes, el niño elevó entonces el mismo brazo con soltura por encima de su cabeza.

Evidentemente, la demanda se desestimó en el acto

Según coinciden sus biografías, el éxito de F.E. en usar esta estrategia contra la reclamación fue empañada al pensar en la paliza que le darían al niño cuando llegara a casa.

UN FINAL COMPLICADO PARA UNO DE LOS MÁS BRILLANTES ABOGADOS DE SU GENERACIÓN

Como sucede a muchos grandes personajes, F.E. Smith llegó demasiado pronto a la cima, siendo nombrado Lord Canciller, una de las más alta instancias judiciales del país, con tan solo 46 años de edad, para luego caer en la amarga frustración y en el olvido.

Así, nos dice Sydney Aylett en el excelente libro “Under the Wigs (“Bajo las pelucas”):

“Para mí F.E. es un ejemplo de lo que puede ocurrirle a un hombre que alcanza la cima del éxito cuando es demasiado joven. […] Y no hay duda de que puede contarse entre nuestros grandes Lords Cancilleres, pero con un cambio de gobierno, a la edad de 50 años le dejó, como dijo The Times, “impotente, inquieto, casi solo”.

Y es que, para su desgracia, la ley no le permitía volver a ejercer la abogacía, su pasión y, aunque aceptó el nombramiento de secretario de Estado para la India en 1924, este cargo no le trajo satisfacción ninguna. Bien al contrario.

“Para entonces, su extravagante vida privada llenó cada vez más el vacío dejado por la ambición insatisfecha, y se convirtió en el blanco de las críticas de amigos y enemigos por igual.

«Su aspecto cambió notablemente; sus rasgos se volvieron rápidamente toscos y la vestimenta de un hombre que antes era tan dandi se volvió informal, casi descuidada”, nos dice Aylett.

Aunque F.E. Smith murió en 1930 con tan sólo 59 años, seguramente las maderas de los tribunales que le vieron siguen manteniendo el eco de sus brillantes intervenciones.

Hasta la semana que viene.

Otras Columnas por Josep Gálvez:
Últimas Firmas