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Cartas desde Londres: Anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses (III)

Josep Gálvez
Cartas desde Londres: Anécdotas y curiosidades de los tribunales ingleses (III)
La Reina Victoria era una mujer de gran carácter que exigía que todo nombramiento judicial pasara por ella, lo que dio pie a una anécdota muy curiosa de la que fue protagonista el Lord Canciller, Hardinge Giffard QC, quien quería nombrar un nuevo juez, de confianza.
28/6/2022 06:49
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Actualizado: 28/6/2022 01:04
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Como recordarán de la semana pasada, Hardinge Giffard QC (1823-1921), primer conde de Halsbury, era un tipo dotado de gran inteligencia, virtud que suele estar estrechamente unida al ingenio (‘wit’ en inglés), es decir, la rapidez en la argumentación, pero sobre todo la capacidad de expresar algo complejo de forma simple y divertida.

De hecho, el Dr. Samuel Johnson (1709-1784), –“el más grande de todos los críticos literarios”, según dijo Harold Bloom–  definió el ingenio en su famoso diccionario como «la cópula inesperada de ideas«, es decir, su unión imprevista.

Seguramente por este motivo, el gusto inglés por el ingenio es una constante en los grandes nombres de su abogacía y, en particular, de jueces y ‘barristers’, acostumbrados al uso de las palabras, a la argumentación en el foro, por muy serio y sesudo que sea el caso.

RUIDO DE AVIÓN SOBRE LOS TRIBUNALES INGLESES

De hecho, esto sigue siendo así a día de hoy.

Por ejemplo el pasado día 20 de junio en la «Court of Appeal» se reanudó la audiencia por el caso ‘Mackenzie v AA PLC & anr’ –por cierto en formato híbrido dado que Lord Justice Popplewell asistió a la vista mediante videoconferencia.

Pues bien, como pueden ver en este enlace, al inicio de este juicio por incumplimiento de contrato y tras las solemnidades habituales, para sorpresa de todos los asistentes, un sonido estridente y en formato ascendente se apoderó de la sala, dejando a todos algo boquiabiertos durante unos segundos, hasta que el ruido desapareció lentamente del tribunal.

En ese mismo instante, se escucha a Lord Justice Stuart-Smith, decir con sorna:

Es parecido a un Concorde o a una aspiradora”, (‘sort of a Concorde or a hoover’).

 Como es natural, las risas entre ‘barristers’ y jueces no se hacieron esperar y el abogado de la defensa, James Laddie QC con gracejo contesta a su vez:

Estoy impresionando que Su Señoría lo haya restringido a esos dos tipos de ruidos (‘I’m impressed that Mylord narrowed it down to those two types of noises’)

En fin, sonidos aeronáuticos o aspirativos aparte, volvamos a finales del siglo XIX con Hardinge Giffard QC, quien nos traeará alguna anécdota más, siempre con el ingenio que le caracteriza.

UNA SOLUCIÓN INGENIOSA PARA NO ENFADAR A LA REINA VICTORIA

Como es sabido, la Reina Victoria era una mujer de carácter fuerte y, según cuentan, exigía que cualquier nombramiento judicial pasara previamente por Palacio para su visto bueno antes de que fuera conocido publicamente en el país, siendo bastante quisquillosa con esta prerrogativa.

Total que en 1882, tenemos a Hardinge Giffard QC, quien había sido nombrado Lord Canciller, con prisa por nombrar como nuevo juez a alguien de su confianza para dicho cargo.

El problema está en que este candidato se encontraba durante esos días de vacaciones en Irlanda, con las consabidas dificultades de comunicación de la época, por lo que este hombre no podía ni siquiera saber que había sido propuesto para el nombramiento.

A ello se añadía que en Irlanda no había ninguna oficina de correos que garantizara la entrega de una carta y, si Hardinge optaba por enviarle el mensaje por telégrafo, la noticia sería sabida públicamente antes que la Reina Victoria, lo que supondría un cabreo regio y el más que probable rechazo a consentir el nombramiento.

Pero como cuenta su ‘cleck’, F.W. Ashley, en “Sesenta años en el Derecho” (‘My Sixty Years in the Law’), de 1936, Hardinge no era precisamente un tipo dado a envainársela, por lo que decidió optar por una solución inteligente e ingeniosa.

Pues efectivamente, con la intención de que ningún empleado del telégrafo pudiera conocer el contenido del mensaje antes que la Reina y puesto que emisor y receptor tenían formación jurídica clásica, optó por enviar la siguiente comunicación al candidato judicial.

Hardinge Giffard QC, Lord Canciller, actor de la anécdota que relata Josep Gálvez.

Un mensaje que, sin duda, nunca antes se había recibido por tierras irlandesas:

‘Iudes rude donatus petit quietem volo Reginae petere te nominare sedi vacanti opportet respondere quia mensibus proximis novus judex munere fugatur. Cancellarius’ (Quiero pedirle a la Reina que le designe para el puesto vacante porque en los próximos meses se nombrará a un nuevo juez. El Canciller).

Según parece el candidato recibió el telegrama con absoluta perplejidad y como no llevaba su diccionario de latín, no acababa de entender qué narices ponía en el mensaje, por lo que tuvo que ser su hijo, recientemente graduado en la muy prestigiosa y elitista Harrow School, quien tuviera que ayudarle a desentrañar a duras penas el contenido del telegrama.

Se los pueden imaginar a los dos intentando descifrar el texto enviado por Hardinge, tratando de declinar correctamente la terminación del vocativo, como en aquella famosa escena de “La vida de Bryan” y que, sin duda, evoca a una experiencia casi universal que une a sufridas generaciones de estudiantes de la lengua de Roma.

Pero cuenta F.W. Ashley que hicieron más.

Sin duda envalentonados por haber traducido exitosamente el documento, padre e hijo se las ingeniaron entonces para contestar al telegrama del mismo modo, es decir, en latín y en tales términos que hicieron reir tanto al propio Lord Canciller que incluso “las lágrimas le caían por las mejillas” (‘to laugh so much that the tears rolled down his cheeks’).

Para que después digan algunos que el latín no sirve para nada.

CENAS DE ‘BARRISTERS’ Y JUECES

Y no dejamos el tema del latín, con la última anécdota de esta semana.

Cualquiera que se acerca al mundo jurídico de los ‘barristers’ se sorprende de las llamadas ‘dinners’, esas cenas protocolarias y que, lejos de ser un aspecto meramente social, tienen un contenido de formación importantísimo para la profesión.

Tanto es así que, para la debida cualificación como ‘barrister’ de Inglaterra y Gales se exige además de los consabidos exámenes de acceso al ‘Bar’, que los licenciados en Derecho asistan al menos a una docena de estas cenas formales con el resto de miembros de los ‘Inns’.

Esto es así precisamente porque el origen de los actuales cuatro “colegios” de ‘barristers’ fueron posadas, y de ahí el nombre que siguen ostentando como “Posadas de los tribunales” (‘Inns of Court’).

De hecho, si se encuentra por la zona del Temple de Londres durante esas semanas, observará a los aspirantes a ‘barristers’ entrando a las cenas tan propias de esta particular jurisdicción para tomar contacto con los séniors del lugar, ‘barristers’,  jueces y ‘QC’ para escuchar sus experiencias, ya que forma parte de ese conocimiento transmitido oralmente a quien pronto se verá ante los tribunales de Su Majestad.

En fin, que ‘barristers’, jueces y cenas son conceptos casi indisolubles, como se imaginarán.

La cuestión es que, en una ocasión, el Juez ‘Mr Justice’ Swift tuvo que asistir a un juicio fuera de Londres, en los antiguamente llamados ‘Circuits’ por lo que fue invitado por uno de los ‘barristers’, Herbert Du Parcq QC (1880-1949) para que asisitirera a una cena con la comunidad jurídica del lugar.

Du Parcq, en su condición de QC tuvo que presidir la mesa y tenía la obligación protocoloaria de dar una bendición a los presente con la expresión latina “Benedictus benedicat” previamente al ágape y “Benedicto benedicatur” al final, estando todos los ‘barristers’ en pie y copa en mano.

Total, que sabiendo esto, el Juez Swift se acercó Du Parcq y le pregunto:

– ¿Cree usted que el Todopoderoso se enfadará conmigo si no me levanto cuando diga su bendición?

A lo que Du Parcq le contestó divertido:

– Oh, Señoría, no lo creo en absoluto; únicamente creerá que usted no tiene ni idea de latín.

Hasta la semana que viene.

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